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La pluma del pavo

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Manolo Haro | Un cielo índigo con toques de un Poussin caribeño contrasta en la última tarde de verano con las chiringas [cometas] que zigzaguean al antojo del aire. Sus colas flamean y tremolan como las hojas de un jagüey colorado batido por el viento del Oeste. Así fue la vida de Pavo Real. Plástico inflamado por la vacua voluntad de trepar a toda costa, incluso a costa de mí misma.

Con este párrafo impostadamente lírico remata la biografía escrita por Yen Bon sobre la vida y obra del que fuera su pareja durante años, Silvestre de León, más conocido en el mundo de las artes  como Pavo Real. Adentrarse en esta semblanza biográfica sobre una leyenda de la intelectualidad boricua, compuesta por una ex-pareja despechada y con poca credibilidad,  podría considerarse como tiempo perdido si no fuera porque este Estado Crítico. Posturas e imposturas de un pavo real ofrece un excelente fresco de lo que ha sido la vanguardia artística en los últimos 30 años en Puerto Rico y en el mundo hispánico. Sobre todo, si el lector logra hacer un vaciado de las sandeces y mentiras que recorren las páginas de Bon. Para quitar el velo que ensucia tanto sesgo falaz, el lector tiene la oportunidad de contrastar este Estado Crítico con el libro que a principios de 2014 publicó William Ríos con el nombre de El fin de la arquitectura cultural: el adosadismo de Pavo Real, donde el catedrático de la Universidad de Caguas exponía la tesis de que de León debía su exitosa carrera a poner en práctica toda una teoría basada en la obra El arte de medrar de Maurice Joly, periodista, escritor, abogado y suicida que vivió en la Francia de Napoleón III y que Pavo admiraba en secreto como tótem de una suerte de vida posible. La propia Yen Bon muestra en el álbum fotográfico que cierra su obra una imagen del torso desnudo de su ex-pareja donde se observa al supuesto Pavo (no se ve la cabeza) con una estrella de ocho puntas tatuada en la espalda en la figuran los principios que defendía Joly en su ensayo y que, según Ríos y la propia Yen Bon, alumbraron la carrera del biografiado: azar, oportunidad, ambición, disimulo, padrinazgo, intrigas, vanidad y fama.

Yen Bon, nacida para el mundo como Yaritza Cárdenas, forma parte de un grupo de intelectuales reunidos al calor de las tertulias en el Lampedusa de Santurce, un autocine especializado en películas de Arte y Ensayo y del cual Pavo supo hacerse con la dirección (la quiebra fue rotunda, pues, tal como se cita en la obra, el 95% de la joven intelectualidad dentro del área metropolitana no tenía coche propio y sólo podían asistir al Lampedusa cuando sus papás no iban a cenar a los hoteles de lujo de El Condado, cosa que pasaba casi todas las noches). La joven Cárdenas siempre soñó con introducirse en el laberíntico mundo de la cultura para salir de la costra gris de su vida como administrativa en una farmacéutica; Pavo, en lugar de su Ariadna, fue un Virgilio egoísta y chaquetero que únicamente la bajó a los infiernos de todo lo que oliera a élite cultural para beneficio propio. Bon se convirtió en una cartera llena de posibilidades y de pasta para un cabrón con buena planta (hasta que le duró, tal como afirma la autora, pues “el canapé de las presentaciones engorda más que el grano de corral”). La sombra de Pavo Real, por lo tanto, ha sido más ancha que alargada, pero lo suficientemente grande como para eclipsar a su pareja-mecenas, la cual solo fue reconocida momentáneamente cuando en pleno discurso de inauguración de una exposición sobre Basquiat en la isla –que comisariaba su amado y en la que el propio Pavo había colado sus lienzos a modo de contraste parafrástico– gritó desde el fondo de la sala del Museo Nacional “¡eres un comemiellllda, Pavo de la pinga!”. Como ella misma explica en Estado Crítico, la bronca venía porque en los vinos de confraternización inicial el intelectual la invitó a que bajara un momento al coche para recoger unos cuantos ejemplares de su último libro con el fin de regalarlos. La intención de Pavo era doble: por un lado, quitarse de en medio a Bon para flirtear con “un afamado anciano editor homosexual californiano” (el sintagma de Bon figura de esta guisa en la biografía) al que quería colocarle una versión inglesa de sus cuatro tomos de poesía fecal (escrita, según el poliartista, durante sus descargas de vientre); por otro, aprovechar que, conociendo a los gorilas de la puerta (dos negros que hacían mudanzas de electrodomésticos en chanclas), podía pedir que ambos homínidos le cerraran el paso a Bon con la consabida pregunta de “¿Usted de parte de quién viene?”. La joven pudo zafarse dramáticamente de los guardianes hasta llegar a la puerta de la exposición y soltar la perla del exabrupto caribeño citada arriba.

Estado Crítico. Posturas e imposturas de un pavo real está estructurado en cinco bloques que recorren los 63 años de la vida de Silvestre de León: su vida de muchacho de barrio deglutiendo todo lo que cayera en sus manos y oliera a cultura; la adolescencia de pose suicida en la que hubo muchos conatos pero poco fruto (Pavo se dedicaba al simulacro suicida efectista copiando las muertes que veía en el cine: radios desenchufadas en la bañera, inhalación de humo de habano dentro del coche de su tía, ahorcamientos con cuerdas elásticas, etc.); la juventud de sablista y amigo momentáneo de casi todos las luminarias de la isla; la madurez exitosa y metafórica, apoyado en unos zapatos con alzas que mandó confeccionar al no soportar el no poder mirar por encima del hombro a cualquier artista del momento (sobre esto la maliciosa Yen Bon apunta que Pavo, hasta la llegada de los citados zapatos, desarrolló unos gemelos prodigiosos al auparse sobre sus puntas para observar desde lo alto a cuantos fueran blanco de sus intereses); y la vejez de retiro en la isla de Culebra, a la cual consiguió que el Gobierno Federal le otorgara la condición de “reserva cultural” para  becados bajo el auspicio moral del anciano artista y el auspicio económico de los Estados Unidos de América.

La suerte que ha corrido Pavo en nuestro país ha estado mediatizada por el fraude que cometió con la Universidad Complutense a raíz de un supuesto diario que Juan Ramón Jiménez dictó a su abuela por medio del sistema morse y que el artista boricua quiso vender a la institución madrileña. Al parecer, como la misma Yen Bon cuenta, la abuela de Pavo vivía en unos apartamentos a escasos metros del hogar del poeta moguereño en Río Piedras, sede de la Universidad de Puerto Rico donde impartía clase Juan Ramón. No se logra saber a ciencia cierta si lo que cuenta Bon sobre lo que le contó Pavo sobre lo que le contó un bedel (no su abuela, difunta ya cuando Silvestre de León llegó al mundo) está fundamentado en algo real; el caso es que el poeta descubrió en una tarde de primavera que “porculizar” a Zenobia, sentada con unas amigas en el jardín de la casa, con los reflejos que el sol producía en un espejo de mano le servía de inspiración para repulir algunos versos de su Antolojía última. La abuela de Pavo Real, sorprendida por la insistencia de la emisión de lo que ella creía mensajes codificados, tomó lápiz y libreta y completó el nada desdeñable número de 28 cuadernos de lo que ella supuso serían las llamadas de auxilio de un Juan Ramón intentando hacer llegar al mundo la verdad sobre su estado de salud. Yen Bon afirma que ella logró ver algunas libretas y que “el maricón” (sic) de Pavo le regaló el Cuaderno 21 antes de pedirle-estafarle 3000 dólares para hacer su primer viaje a Europa. Bon coloca en uno de los apéndices finales de Estado Crítico algunas de las frases que la anciana creyó entender a golpe de destellazo: Me gustan más los tostones de plátano maduro, aunque luego obre suelto. Un día cojo la […] puerta y no me paro hasta que llegue a un kiosko que he visto en la carretera de Loíza donde ponen un manjar inverosímil: pavochón [pavo relleno de cerdo]. Estoy hasta los huevos de pescado en blanco.

No hay nada en el libro que honre la memoria de Pavo Real, a pesar de haber sido, dice el mundo de la crítica entendida, la sombra que ha acompañado a cuanto de original ha habido en la cultura hispánica desde los 70 hasta ahora. Bon no encuentra límites a la hora de dejar en evidencia a Pavo, aunque sea a costa de la mentira y la invención. En uno de los pasajes más sonrojantes del libro, la anciana escritora se demora en componer un fresco de lo ocurrido en el encuentro de Silvestre de León  con la que sería su mujer hasta su muerte, Iris Segura, bailarina de danza contemporánea más conocida como “La Nijinska”. Dicho pasaje tendría que figurar en una antología de lo soez y lo anticlimático. Cuenta Bon que “La Nijinska” profesó en su juventud la pasión por la Madre Patria, la cual mezcló con un ferviente deseo de pisarla alguna vez (cosa que hizo Pavo a su costa, como siempre, antes que ella). Una noche asistió a una clase exprés de flamenco en la calle San Sebastián del Viejo San Juan. El elenco de artistas vio en Iris Segura un entusiasmo inusitadamente gitano para una chica de Bayamón. De aprendiz de calle pasó a formar parte de las cuatro bailaoras ibéricas que hacían tournées por la Isla. Pavo se la encontró una noche llorando en un chinchorro (antro de mala muerte) donde ponían carne frita. Compungida por ser relegada al banquillo de la flamencura, Pavo  le dijo: “Quítate los pantys [bragas] y enseña siempre la crica”. Ese detalle de pseudo-destape produjo que las primeras filas se llenaran de rijosos señores con guayabera que aplaudían a rabiar “el arco gitano” que Iris anunciaba a boca llena que iba a ejecutar. Entre las dentaduras postizas de octogenarios se apostaba todas las noches el bueno de Silvestre.

En las últimas páginas del libro, Yaritza Cárdenas coloca, según ella, un inocente comentario extraído de los diarios de Pepe Marín, aglutinador y catalizador de la cultura de la Península desde su Córdoba natal: “Para los que conocimos a Silvestre de León en su paso por España en los años que vino a promocionarse como puente cultural entre nuestro país y la América Hispana, como un Rubén Darío postmoderno, descubrimos en él una persona sensible, amigo de las barras de los bares y de la carcajada”. Bon lo usa como trampolín para clavar el aguijón final, sin lírica posible, de su invectiva contra la persona que amó por encima de sí misma: “Pero aún fue más amigo de las fundaciones, de las subvenciones, de los premios amañados, de la crítica paniaguada, del servilismo disfrazado de interés, del quítate tú que me pongo yo, de los cenáculos pontificados por él mismo, de la pose efectista y el comentario jocoso contra quien no fuera de su cuerda, de la amistad gaseosa, y del abrazo vacuo y exangüe. Esto es lo que fue realmente Pavo Real: un capón de Navidad que supo venderse como un pavo real”. La historia, queremos suponer, absolverá a alguno de los dos: o a la biógrafa o al biografiado. Amén.

Estado Crítico. Posturas e imposturas de un pavo real (Fondo de Cultura Económica, 2019) | Yen Bon (Yaritza Cárdenas) | 321 páginas | 24,50 euros

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