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La razón y el más allá

portada_los-bosques-imantados_juan-vico_2016012713381LUIS MANUEL RUIZ | Una larga controversia en el mundo académico trata de dilucidar si el género policíaco es o no es vástago del fantástico o de terror. Varios indicios parecen sugerir dicha filiación: el gusto por lo macabro, por lo escabroso, por lo terminal; la descripción de caracteres patológicos, a menudo encarnados en monstruos de la carne o del alma; el hecho de que ambos compartan progenitor, en este caso el omnímodo Edgar A. Poe; el otro hecho, no menos recurrente, de que un gran número de ficciones fluctúe entre uno y otro ámbito sin llegar a decantarse por ninguno de ambos, abandonando en ocasiones al lector en una sugestiva tierra de nadie que se nutre de sus miedos y sospechas. Esta cualidad fronteriza es la que ha atraído, creo, a Juan Vico a la hora de armar su excelente novela de detectives, Los bosques imantados, un relato que juega con el análisis científico del crimen y el mundo nublado que comienza más allá de él.

Nótese que escribo novela de detectives, y no novela policíaca, o negra, o thriller, para no llamar a equívoco a nadie. El modelo que inspira a Vico no es el ‘hard boiled’ norteamericano, ni siquiera las peripecias juveniles de Sherlock Holmes y Arsenio Lupin, aunque se encuentre más cerca del último de ellos. Consciente en todo momento de sus antecedentes, el autor se ha decantado por una narración al mejor estilo del relato analítico de principios del siglo XX, donde escasean tanto los movimientos bruscos como los énfasis sin motivo: una estructura perfectamente geométrica, delimitada por unas coordenadas muy estrictas, un disciplinado ejercicio intelectual con enigma, flechas en una dirección y en otra y piezas que se superponen, y que irá a desembocar, a mediados de la década de los veinte, en el famoso subgénero del ‘fair play’ de Agatha Christie o S.S. Van Dine. Quizá el referente más manifiesto del artefacto de Vico sean los relatos de G. K. Chesterton, cualquiera de ellos: un crimen atroz, que aparentemente sólo se puede explicar por conductos sobrenaturales; una investigación minuciosa, tranquila, documental, con episodios de animación variable; un desenlace final en que lo sobrenatural queda desmontado y todo obedece a obvias razones lógicas. Sirva como ejemplo uno de los títulos maestros de Chesterton al respecto: “La forma errónea”, en El candor del Padre Brown.

La novela de Vico plantea un debate, a medias soterrado y a medias abierto, sobre la calidad de nuestras creencias y cuánto de ellas posee curso legal. Es la gran cuestión de fondo de toda filosofía y de toda novela de detectives: si el gran embrollo del mundo, si el laberinto enorme en que la existencia nos embosca a diario posee una pauta oculta, posible de descifrar, o si es un caos al que arrojarse sin remedio, esperando oír ecos o voces de aviso en el ruido de fondo. En este sentido, el autor se inclina por la primera opción, aunque, según es de recibo, ciertos interrogantes incómodos o atisbos sin respuesta queden flotando en el aire. Es decir: al cabo todo obedece a una cadena lógica de causas y es ridículo rebajarse a supersticiones sin fundamento, aunque sean más esas supersticiones las que nos mantengan vivos, nos hagan prosperar y contengan, aun en las sombras, lo verdaderamente valioso.

Muy cabalmente, la acción de Los bosques imantados discurre en el siglo del Positivismo: una Francia decimonónica, optimista, industrializada, patria de periódicos y ferrocarriles, que confía a ciegas en el progreso. En dicho contexto, la fe abracadabrante de un pequeño pueblo de provincias en los poderes de un místico llamado Locusto y los efectos salvíficos de un bosque magnetizado por un eclipse de luna exigen a gritos una denuncia: aquella misma a la que se arroja el periodista Victor Blum, discípulo del gran ilusionista Robert Houdin y campeón de la transparencia de la verdad en todas sus formas. Su periplo le llevará a descubrir, a través de su relación con hombres y, sobre todo, mujeres de carácter dispar que el fondo del cristal de la verdad no es tan puro y que puede verse empañado por diversas clases de vaho, como el de la envidia, el prejuicio, el amor, la falta de amor.

Los bosques imantados supone un espléndido aviso: que existe alguien que sabe escribir novelas de misterio sin dejarse asustar por las profecías y los remilgos posmodernos que cunden por todas partes, y que además sabe escribirlas bien. Así da gusto.

Los bosques imantados (Seix Barral, 2016) de Juan Vico | 224 páginas | 17,50 €

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