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La temeridad en poesía

parraJOSÉ M. LÓPEZ | En la vanguardia siempre se sitúan aquellos soldados que, temerarios, arriesgan su vida para allanar el terreno más inhóspito y peligroso. Tras ellos, ya pueden ir avanzando las tropas de retaguardia y, al final, los desvergonzados y barrigudos oficiales. La labor de estos chiflados es ingrata y pocas veces se ve reconocida, no sólo porque normalmente no viven para contarlo, sino también porque sus acciones tienen poco de heroicas, y suelen estar escasamente sujetas a las normas de la ética: para acabar con la primera línea enemiga, la más férrea, deben valerse de atrocidades que avergonzarían a todos aquellos que, detrás, se aprovecharán de sus actos réprobos. En este sentido, el arte de vanguardia es más valioso por lo que supone que por lo que es. Es innegable, por ejemplo, la influencia de Breton en toda la poesía del siglo veinte, pero leer al autor francés es, en ocasiones, una tarea insufrible. Sin embargo, hay artistas, poetas como Nicanor Parra (1914-2018), que no pasarán a la historia tan sólo por su reconocida labor destructiva, que, efectivamente, cambió radicalmente el rumbo de la poesía en español de la segunda mitad del siglo veinte, sino que también lo harán por conseguirlo a través de unos textos que, setenta años después, conservan plena vigencia. El último apaga la luz es una antología de la poesía del maestro chileno que, ya desde sus inicios a mediados del siglo pasado, hacía explotar textos de un enorme descaro y rebeldía, impregnados todos de una enorme falta de respeto hacia la lírica imperante en ese momento, cuyos patrones habían sido fijados por los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Textos que terminan, por cojones, abriendo las puertas a un nuevo lenguaje muy alejado de la sonrojante sensiblería nerudiana.

La antología es extensa, y en ella hay libros que se recogen enteros, como La cueca larga, Hojas de parra, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, o el imprescindible e iniciático Poemas y antipoemas (1954). Sesenta años después de su publicación el poemario se mantiene igual de insolente y fresco. En él encontramos poemas míticos como “Soliloquio del individuo”, “Epitafio”, o su impactante e incómoda “Advertencia al lector”, que recoge la vertiente lúdica y nihilista que todo poema debe, según él, contener. El libro supuso una patada en la espinilla a la poética del momento, y el comienzo de nuevo camino lírico que ya era imposible desandar. Y Hojas de parra (1985) es el ejemplo de que, treinta años después, el poeta ya maduro no tiene por qué perder un ápice de frescura o insolencia. Ni de calidad, y por ello nos regala otra catedral de la poesía de vanguardia. Encontramos aquí poemas de una negra ironía como “Memorias de un ataúd”, otros en los que el chileno se atreve a mezclar con insolencia lo verbal y lo aritmético (“Misión cumplida”), o el imprescindible “Desvalijemos a este viejo verde”, en el que, siempre combativo, y riéndose de su propia senectud, no se resigna a dejarse humillar por los jóvenes. Es un poemario que huele por igual a verso libre y a romance, a tradición y a una vanguardia que, cuando creíamos que no podía avanzar más, nos golpea de nuevo en nuestras narices con “Los cuatro sonetos del apocalipsis”:

Los 4 sonetos del Apocalipsis (1)

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Sermones y prédicas del Cristo del Elqui (1977) debe también recogerse entero, ya que en él aparece la voz de ese insolente predicador, trasunto del poeta, que sirve al autor para, a través de la suplantación de una voz ajena, crear textos nuevos. La cueca larga (1958) recoge la vena más neopopular y costumbrista de Parra, donde Chile y su folklore adquieren gran protagonismo.

Del resto de los libros del maestro chileno encontramos una generosa selección. En Versos de salón (1962) encontramos al poeta que, tras sus primeros éxitos, posee autoconsciencia de su propio hito, de su proeza lírica, y reflexiona con lucidez e ironía sobre ello; pero no se resigna a dejar de hablar en voz alta de otros temas como la muerte, a través de la típica bajada a los infiernos que todo poeta con mayúsculas ha realizado alguna vez. El chileno sigue manteniendo el nivel de calidad en Canciones rusas (1967). Aquí encontramos, junto a la sonrisa socarrona del poeta de vanguardia, la dolora mueca del dolor del vate finisecular. En este poemario el autor se encuentra especialmente creativo, aportando a la página originales sinestesias y juegos de palabras o tipográficos nada gratuitos. Por otro lado, en Obra gruesa (1969) encontramos una selección de textos realizada originalmente por él. Son poemas, si cabe, más cínicos y dolorosos, que proyectan cierta mirada de desprecio hacia el ser humano. Pero el sentido del humor ácido también tiene cabida, debido a la aparición de unas extrañas greguerías en las que no se deja títere con cabeza, desde la religión, hasta su patria, pasando por la sacralización de la propia labor poética:

A diferencia de nuestros mayores
-Y esto lo digo con todo respeto-
Nosotros sostenemos
Que el poeta no es un alquimista
El poeta es un hombre como todos
Un albañil que construye su muro:
Un constructor de puertas y ventanas

(De “Manifiesto”)

Mención aparte supone la inclusión de varios monólogos y un par de diálogos de su traducción del Rey Lear. Una versión sui generis en la que transforma el verso blanco isabelino en un endecasílabo sin rima. Aquí un Parra anciano se identifica con ese viejo engañado por sus hijas, y su verso feroz se ve atemperado por la elegancia del clasicismo shakespeariano. Del mismo modo, muy interesante me parece la aparición de uno de sus Discursos de sobremesa (1991), que escribió cuando obtuvo el Premio Iberoamericano Juan Rulfo. Un texto lírico-ensayístico en el que al Parra, riéndose del tono solmene y de las pautas textuales que este tipo de acto exige, se vuelve a mostrar socarrón y rebelde, a la vez, eso sí, que rinde pleitesía hacia el autor de Pedro Páramo.

La antología termina con Calcetines huachos, los últimos poemas de Parra recogidos en diferentes publicaciones. Aquí observamos a un tipo de más de cien años que sigue manteniendo el descaro, la mala leche y, sobre todo, el deseo de perpetua experimentación, como observamos en su rap “La Sagrada familia”. Y es que hay tipos indomables, insurrectos, locos, predestinados a morir en la vanguardia. Y detrás de él que vengan los poetas panzudos a seguir escribiendo.

El último apaga la luz (Lumen, 2017), de Nicanor Parra | 460 páginas | 21,90 euros

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