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La verdad indestructible

My favorite things. Conversaciones con John Coltrane
John Coltrane
Alpha Decay, 2012. Colección «Alpha Mini»
ISBN: 978-84-92837-50-2
108 páginas
9 €
Traducción de Isabel Núñez

Edición de Michel Delorne

Manolo Haro
Con el vals “My favorite things” que Rodgers y Hammerstein compusieron para Sonrisas y lágrimas consiguió John Coltrane en 1960 colocarse en una de las extrañas y paradisiacas islas que raramente conocen los músicos de jazz: vender 50.000 copias en un año. En una gira por Europa, cuando Coltrane tenía claro que seguir formando parte del grupo de Miles Davis lo limitaba como cosmonauta de la música y que habría de surcar solo los círculos concéntricos que lo llevarían a explosionar como instrumentista, Miles le regaló un saxo soprano, el mismo que suena en este tema y que Coltrane utilizaría junto al tenor a lo largo de su carrera. Un presente que a modo de emblema marcaría el final del mítico sexteto de Davis (Miles, Coltrane, Cannonball Adderley, Evans, Chambers y Cobb) y daría paso de alguna manera al “Classic quartet” con el que Coltrane iba a revolucionar su música, el concepto de cuarteto y la sinuosa historia del jazz. Con McCoy Tyner (piano), Elvin Jones (batería) y Jimmy Garrison (bajo) consiguió un ventajoso contrato con la compañía discográfica Impulse! y sacar así de su magín lo que algunos críticos consideran sus mayores obras.
Con el prometedor título de My favorite things. Conversaciones con John Coltrane la editorial Alpha Decay rescata las palabras del músico en tres entrevistas fechadas en el momento mágico del “Classic quartet”, cuando sus más grandes andanadas estaban logrando desestabilizar los principios del jazz. Él es consciente de, tal como deja dicho en una de estas conversaciones, que “el punto en el que nos encontramos en el momento presente marca el final de esa primera fase. Tal vez ha llegado el momento de otro abordaje” y ese abordaje resultó ser el cabo del que tirarían estos entrevistadores para intentar discernir hacia dónde dirigía sus pasos un estilo musical que seguía dando coletazos para no dejarse agarrar por las modas ni por las convenciones. Michel Delorme, Jean Clouzet y Claude Lenissois se acercan a un Coltrane de viaje por Europa en el primer lustro de los 60 con la mirada fascinada del que pregunta a un oráculo de carne y hueso que es juez y parte de lo que está creando en ese instante.
El libro muestra un Coltrane complaciente, sin poses. Cuando le preguntan si se siente cómodo bajo la etiqueta del “New Thing” con la que la crítica lo había emparentado con Eric Dolphy y Ornette Coleman contesta que sí. También admite que se adaptaría a los planteamientos rupturistas de Dolphy y Mingus, así como reconoce el valor del entusiasmo de Art Blakey y sus Jazz Messengers. Uno de sus entrevistadores le pregunta acerca de la gran piedra de toque del concepto político y comprometido de Coltrane: ¿músicos negros o blancos? Para él no hay preferencia alguna; se trata de un problema de individualidades, no de colores. Sobre su prodigioso trío McCoy-Garrison-Jones deja clara su preferencia por este porque le brinda una posibilidad de expresión que no había conseguido nunca con otras combinaciones. “Si conservo un bajista quiero que toque sin restricciones, es decir, que no se quede prisionero de una línea rítmica inmutable”. Miles Davis, cuando Coltrane ya se estaba yendo, aún alcanzó a meterlo en el estudio para grabar el saxo de Someday my prince will come con Hank Mobley mirando desde atrás del cristal. Mobley seguía la línea rítmica como un pollo tras el rastro de grano; Coltrane escarbaba bajo el grano. La “fase acordes” de su Giant steps estaba convirtiéndose en la “fase modal” que cristalizaría, uniéndose a lo que él mismo denominó más tarde “extensiones tonales”, en el A love supreme, iniciada, como el mismo músico reconoce aquí, por la influencia de Ravi Shankar. “Quisiera aportar a la gente algo que se parece a la felicidad”, admite, pero las reacciones hacia los modos de Coltrane fueron desde la euforia a una contenida frialdad. En en el Festival de Antibes de 1965 la única reacción que sacó del público fue un mosqueo importante tras tocar sin descanso las cuatro partes de A love supreme. Coltrane ya había llegado bastante lejos entre el 63 y el 65: Live at Birdland, Impressions, Crescent y A love supreme. El camino de vuelta era difícil, aunque siempre dejó entre sus temas de directo estándares cercanos al blues de los que había bebido y aún bebía su música (basta con escuchar con atención el Crescent), pero esa primera noche en Antibes no era día para regresiones.
John Coltrane, como Charlie Parker, pertenece a la estirpe de Orfeo, que baja al Infierno y busca entre las ascuas el sonido extraño de las profundidades. El orfismo, con su componente de cifra y magia, es posiblemente la esencia de una música que para su público se hacía cada vez más oscura y para ellos más luminosa. En la última sección del libro, una carta a Don Demichael del 2 de junio de 1962, Coltrane dice que está leyendo un libro sobre la vida de Van Gogh que le hace reflexionar sobre la “urgencia creadora”, la misma que sintió él cuando se desamordazó y le puso música al descenso imparable de su alma. Librito interesante para los «coltranianos» de pro, pero nada comparable con oír la voz de Coltrane en sus discos. Es ahí donde está la verdad y, como él mismo admitía, “la verdad es indestructible”.

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