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La vida de prestado

170920 Manual del exilioEDUARDO CRUZ ACILLONA | Cuentan las crónicas que, el 27 de abril de 1977, una multitud aguardaba en el aeropuerto de Barajas el aterrizaje de un vuelo procedente de Roma. Dentro de ese avión viajaba uno de los referentes de la Generación del 27. Cuando Rafael Alberti pone pie en tierra, y ante la algarabía que se forma a su alrededor, apenas acierta a decir: “Sólo soy un poeta…”

Quince años más tarde, un desertor del ejército bosnio consigue burlar su detención y exiliarse en Rennes (Francia). Allí, con un conocimiento del idioma patrio que no supera las tres palabras (“Jean”, “Paul” y “Sartre”), el joven soldado Velibor Čolić reivindica su estatus de poeta ante sus compañeros en el centro de acogida, dos rusos que amenazan con arrancarle la cabeza si vuelve a repetir semejante exclamación. La gente se dirige a él a través de gestos o gritando (que es la manera universal que tenemos los seres humanos para comunicarnos con nuestros semejantes extranjeros convencidos de que así, y sólo así, entenderán nuestro idioma), la gente le mira con extrañeza y, lo que es peor, con abierta desconfianza. Él intenta explicar que es escritor, novelista, no un cualquiera sin recursos, que tiene oficio, aunque no beneficio todavía. Pero le contestan que allí, en el exilio, comienza una nueva vida. De cero. Ya no es él. Es otro. En proceso de construcción –disculpen las molestias– y, seguramente, sin los materiales adecuados para hacer un buen trabajo. Se siente “crispado, asustado ante mi nueva vida sin mañana”. Tanto, que llega a definirse como “un perro mojado de olvido en una larga noche sin alba, una cicatriz pequeña en el rostro del mundo”.

Manual del exilio es un viaje alrededor del propio autor. Un viaje complicado en busca de un hueco en el mundo. Sus diferentes “yoes” (el soldado, el desertor, el exiliado, el poeta…) buscan al “Yo” con mayúscula, al autor que quiere ser, al pirandelliano modo. Y Čolić lo cuenta balanceándose entre el lirismo y el humor negro, entre la autobiografía y el sueño, entre la soledad y la bebida en bares repletos de extraños. A veces, cuando está sereno, se cree Hemingway o Bukowski; poco después, cuando ya está borracho, reivindica que es Jacques Dutronc. Alterna el alcohol con el aprendizaje del francés y la compulsiva y obsesiva tarea de rellenar libretas con apuntes, frases, argumentos. Poco a poco, su vida va encontrando acomodo. Se siente a gusto entre colchones que, aun no teniendo la horma de su cuerpo, le permiten dormir sin pesadillas. Dos años después de su llegada a Francia, la editorial Le Serpent à Plumes le publica su primer libro, Los bosnios, una auténtica joya que también publicó en España la editorial Periférica hace cuatro años y que rinde homenaje, a través de breves relatos, a todas las víctimas de la guerra de los Balcanes.

Tras la publicación de su novela, y gracias al Parlamento de Escritores francés, es invitado a una cena donde comparte mesa con prestigiosos escritores como Salman Rushdie y Toni Morrison. En el capítulo siguiente es sábado, son las ocho de la mañana y se levanta para trabajar como empleado de almacén.

El libro, de una sencillez tan brillante y sincera como apabullante, contiene párrafos tan directos como un epitafio (“Estoy demasiado gordo para sentirme Jesús, soy demasiado blanco para ser negro y tengo demasiado acento y demasiada guerra para considerarme verdaderamente europeo”), frases disfrazadas de aforismos (“La escritura sin estilo es burocracia”) o reflexiones tan lúcidas como cuchillos afilados (“Ser extranjero es una cuestión de idioma. Es la lengua (…) la que nos convierte en extranjeros”).

Esta autobiografía fue escrita en francés. Quizás, reconoce el propio autor, sólo pudo ser escrita en francés, asegurándose una distancia salvífica con respecto al idioma natal, al pasado, como si fuese otro “yo” quien la escribiera. No hablamos de autoficción sino de muda de piel, de superación de etapas: “Y, como cada día hacia las cuatro de la tarde, posponer el suicidio para el día siguiente”.

Manual de exilio (Periférica, 2017), de Velibor Čolić | 240 páginas | 18,40 euros | Traducción de Laura Salas Rodríguez

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