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La vida, ese pequeño detalle sin importancia

Biografías selectasROSARIO PÉREZ CABAÑA | Errar es un prodigio de verbo. En su polisemia habita cierto capricho sustancial: vagar, sí, pero también fallar, equivocarse…; y, claro está, divagar: ese perfecto itinerario para los que esperan siempre la sorpresa en el recodo del camino. Dudo que esta cuestión, al menos la meramente semántica, le importara mínimamente a Thomas De Quincey, todo un artista en el arte de convertir el tema en excusa, el asunto en trasunto, el texto en pretexto, el objetivo en coartada; un maestro del funambulismo capaz de irse por las ramas con los ojos vendados; en definitiva, un razonador curtido en el hábito de hablar de esto para hablar de aquello. Y esa capacidad de errar sin errar es prodigiosa.

Tal vez sería un rasgo de decencia por mi parte reconocer mi gusto personal por este estilo temblante y nómada en el ensayo (y en algunas novelas), ya lo dejé dicho en las palabras que dediqué a las Prosas reunidas de Szymborska. A menudo, se ha atribuido este estilo errático de De Quincey a su condición de opiómano, como si ello contribuyera a la capacidad de divagar en la escritura como en los sueños. El autor, sin embargo, ya en 1821 parecía atisbar esta atribución en Confesiones de un inglés comedor de opio y señalaba algo que parece estar muy relacionado con una defensa de ese estilo disperso-filosófico: “Si un hombre que ‘sólo habla de bueyes’ se convirtiera en comedor de opio, lo más probable (a menos que sea demasiado obtuso para soñar) es que sueñe con bueyes, mientras que en el caso que tiene el lector ante sus ojos encontrará que el comedor de opio se jacta de ser un filósofo”. Al margen de sus obras más célebres, entre las que recordamos, aparte de la ya mencionada, Suspiria de profundis o Del asesinato considerado como una de las bellas artes, De Quincey escribió una numerosísima obra ensayística que publicó en diversos periódicos y revistas de la época. Su interés se posaba tanto sobre los temas y personajes más notables o sobresalientes como en los más leves asuntos del mundo. Precisamente en el idéntico tratamiento que dio a esos asuntos radica, en palabras de Andrés Barba, su radical modernidad. Pero su profusión y prolijidad dentro del género ensayístico destacó en la biografía. Fueron célebres sus semblanzas, fundamentalmente, las de sus contemporáneos.

En la selección que Ediciones UDP (Universidad Diego Portales, Chile) ha realizado en este volumen, se reúnen seis esbozos biográficos: los artículos sobre Goethe, Shakespeare y Schiller que realizó el autor para la Enciclopedia Británica a partir de 1838; los de Coleridge y Carlomagno, que aparecieron en la Blackwoods’s Magazine en 1832 y 1854 respectivamente; y el de Milton, que apareció impreso por primera vez (sin firmar) en el volumen II del compendio biográfico Distinguished Men of Modern Times de 1838. Todos los textos recogidos en esta edición permanecían inéditos en castellano, excepto el dedicado a Goethe, que Borges incluyó en una antología de textos del autor. Precisamente, en Los últimos días de Emmanuel Kant y otros escritos, recopilados por el argentino en la Biblioteca personal que realizara para Hyspamérica, ya dejaba clara la admiración que sentía por él: “A nadie debo tantas horas de felicidad personal”, escribía. Porque De Quincey era un maestro del invento, de aquel admirable recurso que el argentino llamó la “memoria inventiva”. Y qué otra cosa es la memoria. Las repeticiones no son cosa de hombres ni de mujeres corrientes. Ese género lo trabaja otro tipo de máquinas. Y puestos a escribir de otros, la invención da paso a la digresión; o lo que es lo mismo, el arte de escribir biografías donde la vida de los personajes es ese detalle que a veces se nos escapa. Y si eso no es arte, díganme qué es.

Si es cierto que toda biografía estatuida que se precie debe aportar una contextualización del lugar, el tiempo, la cultura, los acontecimientos y las condiciones en que vivió el retratado; también lo es que De Quincey en esto es un absoluto ortodoxo. Otra cosa es la sucesión, el equilibrio, el peso del entorno sobre (contra, de, desde, en…) el personaje. Porque el escritor maneja a su antojo la barra de volatinero y la báscula para realizar sus semblanzas. Verbigracia, antes de contar algún detalle sobre la vida de Goethe (aspecto, dicho sea de paso, que no parece interesarle demasiado, tal vez porque… ¿por qué iba a hacerlo?, ¿por el mero hecho de que está escribiendo la biografía del excelso escritor alemán?, no parece excusa suficiente); como decía, para relatarnos algo sobre la vida del autor alemán, debemos pagar (gustosamente digo yo) peajes en varios cruces de caminos: por ejemplo, en las diferencias naturales entre las dictaduras absolutas y relativas; en la influencia que ejerció el gran terremoto de Lisboa de 1755 en la formación del carácter moral alemán; en la importancia de las torres de las catedrales dentro de las ciudades con catedrales; en la fisonomía de la ciudad de Frankfurt y en sus costumbres; en el carácter de los padres del biografiado o en la Guerra de los Siete Años. Claro, nos relata alguna anécdota familiar de la que, eso sí, el joven Goethe queda excluido; algún detalle legendario sobre el nacimiento del escritor o unas breves noticias sobre su vida en Weimar y la relación con el Gran Duque. Y sobre estos hechos, una soterrada animosidad que no llega a malquerencia; pero estas noticias se las reservo al lector (bueno, vale, solo diré, por no desvelar demasiado, que en la semblanza dedicada a Schiller nos dice sobre este que en Alemania se le consideraba el segundo mejor escritor en su lengua. Pero “para nosotros, que no somos alemanes —añade—, Schiller es el máximo representante del intelecto alemán”. Y poco más. Y nada menos).

Y así, en la biografía de Schiller se detiene por extenso en la historiografía de la intelectualidad alemana desde el siglo XVI; más brevemente en cierta intuición sobre la infancia feliz del poeta (por la escasez de detalles anecdóticos lo infiere —aclara— del mismo modo que los países felices dan poco trabajo al historiador) y en su gloriosa rebeldía ante el auspicio del Duque de Würtemberg, quien le prohibió que siguiera escribiendo tras la publicación de su “revolucionaria” y temprana obra Los bandidos; y, ¡oh!, puesto que los detalles siempre se agradecen, al final de su artículo conviene en recordar que “en persona fue un hombre alto, fuerte y de estructura no musculosa, sino más bien sorprendentemente delgada. Su frente era suave, su nariz aguileña y su perfil de una belleza griega…”. Bueno es saberlo.

De todos los textos, el dedicado a la figura de Shakespeare es el más extenso, con diferencia. De él destacaría el trabajo de historiografía literaria más que biográfico. El recurso que utiliza para trazar la semblanza del insigne autor de cuya vida, misteriosamente, se desconoce tanto, es desdecir las mentiras que de él escribieron sus biógrafos, especialmente Steevens y Malone. Un delicioso ensayo repleto de innumerables datos “antibiográficos”, reflexiones, intuiciones, interpretaciones y alegorías en torno a alguien de quien se sabía tan poco que pareciera que algo “hubiese ido borrando todos los pasos que dio el poeta en el mundo de los vivos”. No dejen de pasar y leer los pasajes en los que De Quincey se detiene, tal vez en el uso de su “memoria inventiva”, en los asuntos del mundo del dramaturgo, los asuntos mundanos, quiero decir.

En “Coleridge y el opio”, dirige su flecha envenenada al corazón de James Gillman, el gran amigo médico que acogió en su casa a Coleridge desde 1816, cuando su salud y su adicción al opio empeoraron. Bueno, para ser justos, su sarcasmo no ataca directamente a Gillman, a quien llega a tratar incluso con cariño (huélase el humor también en esto) por la paciencia y bondad con la que cuidó de Coleridge, sino a la biografía que el amable doctor escribió sobre este. Y es que cuatro años después de la muerte del poeta, Gillman publicó Vida de Samuel Taylor Colerigde (London, William Pickering, 1838) que se presentaba como el primer volumen de una serie biográfica, que, dado hasta donde alcanza mi conocimiento, nunca llegó a completarse. Y Thomas de Quincey se hace en 1845 la siguiente pregunta: “¿Quién es el muerto más muerto de todos los muertos? Todo el mundo responderá al instante y sin tardanza: Judas, ‘estás más muerto que Judas’. Pero hay algo que está todavía más muerto que Judas; a saber, el volumen I sobre Coleridge del señor Gillman”. En fin, imperdonable le resulta esta obra sobre alguien tan inmenso, de quien llega a decir, a tenor de la sospecha de malignidad o misoginia que en ocasiones cayó sobre él: “Por nuestra parte, no podemos evitar ponernos del lado de Coleridge. La malicia no siempre proviene del corazón; hay una malicia también de entendimiento y capricho”. Y si hay algo que a mi juicio destaca muy especialmente en este bosquejo son los pasajes autobiográficos, basados en la adicción al opio compartida por ambos, y que ya había tratado por extenso en sus Confesiones. Aquí son memorables las descripciones de las necesidades que inclinan al hombre a ese “elixir color rubí” capaz de alejar el dolor y algo “mucho más terrible que el dolor”: el ennui, la tristeza de la vida humana. Dolor o voluptuosidad, esto es bellísimo.

Y para terminar, no puedo dejar de mencionar los textos sobre Milton (quizá la más canónica de todas las semblanzas) y sobre Carlomagno (constantemente agarrado a la mano de Napoleón Bonaparte). Aunque, por no alargarme, diré, tomando prestadas las palabras del autor: “De este tema es preferible no decir nada antes que decir demasiado poco”. Porque, al fin y al cabo, quién sabe, quizá la vida de los grandes hombres acaso no sea más que un pequeño detalle sin importancia.

Biografías selectas (Ediciones Universidad Diego Portales, 2017), de Thomas de Quincey | 296 páginas | 18 euros | Traducción y prólogo de Andrés Barba

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