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La yo más potente

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ALEJANDRO LUQUE | Una amiga me invitó hace poco a la presentación de su libro, una serie de entrevistas con escritoras españolas de hoy. Oficiaba como maestra de ceremonias otra amiga, a la sazón escritora española de hoy. Al término del acto se animó el debate, en el que tanto las protagonistas como varios espontáneos del público opinaron sobre cuáles son los grandes obstáculos para la igualdad actualmente, qué habría que hacer para vencerlos lo antes posible, cosas así.

Confieso que volví a casa dándole vueltas al tema, pero con más preguntas que respuestas. Y pensando que vivimos un momento un tanto agitado, en el que se percibe cierta prisa –seguramente legítima– por sacar conclusiones, por recuperar el tiempo perdido y dinamitar de una vez el dichoso patriarcado. Ojalá fuera tan fácil, me dije, pero en cambio hay fundados temores de que esa precipitación puede llevar a errar el tiro, o dejar que ciertos intereses espurios usurpen la lucha justa, o a vaciar ésta de contenido, reduciéndola a una serie de consignas y lugares comunes. No sé. Ya digo que volví a casa más pensativo que otra cosa.

Lo único que he sacado en claro de mi reflexión posterior es que este no es quizá –no aún– el tiempo de las certidumbres. Pero sí hay algo que podemos empezar a hacer, si no lo hemos hecho ya, sin dilación alguna: escuchar a las mujeres. A las amigas, a las hermanas, a las amantes, a las compañeras de trabajo, a las madres y cómo no, a las abuelas. Entender qué han vivido, qué las ha hecho sufrir y también gozar, descubrir sus frustraciones y sus ambiciones, sus desvelos y sus sueños. Y si no tenemos a mano a amigas, madres o compañeras, podemos escuchar a gente como Annie Ernaux, que hace bien poco recibió el Premio Formentor.

Su voz lleva muchos años haciéndose oír a través de sus libros. Una voz que, al menos por la media docena que llevo leídos, remite invariablemente a la propia experiencia (con todas las sospechas y reticencias que esto pueda levantar), de manera que juntos sumarían una suerte de autobiografía fragmentaria: aquí está el vacío de la mujer teóricamente realizada, aquí los celos viscerales, allá una suerte de diario, acá la pérdida de la virginidad, la dependencia de un amante, la relación con los padres, un aborto clandestino…

Paso a paso, Ernaux ha ido componiendo una geografía de su intimidad (literaria) que producía, sin duda, el yo o la yo más potente de las letras europeas actuales –Knausgard incluido–, y al mismo tiempo una invitación a reflejarse en ella, a que las lectoras y quizá también los lectores se identificaran con sus dramas personales.

Tal vez por eso me sorprendió que en su último libro traducido al español, Los años, la propuesta siguiera siendo contar la propia vida, pero desde los acontecimientos históricos que la acompañaron. ¿Un libro diferente de la Ernaux, un descanso de la primera persona para hablar del flujo del tiempo y la disolución del individuo en la masa social? Veamos.

Confieso que el arranque me desconcertó un poco, con ese tono a lo Blade Runner y esos momentos que se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Le sigue una sucesión de recuerdos caprichosos que me sacó de Philip K. Dick para enviarme en brazos de George Perec, un Je me souviens que se prolonga lo justo para servir como pórtico al libro propiamente dicho. La vida de Ernaux desde su nacimiento hasta hoy, contada a través de hitos más o menos trascendentales o cualquier otro asidero de la memoria, canciones, películas, prendas de vestir, flashes que vuelven del pasado para obnubilarnos.

Un libro aparentemente distinto a lo que la autora de Lillebonne nos tenía acostumbrados, aunque no tanto. Muy pronto vamos a darnos cuenta de que el yo sigue ahí, aunque encajado en su contexto temporal, menos ensimismado que en otras ocasiones, y desde luego tan activo como siempre en el juego de ir hacia el nosotros y regresar a su singularidad, como ir del pasado al presente y vuelta; no hablar en nombre de nadie, no caer en el error de creer que la gente es algo homogéneo, pero sí hacer ver que, en el fondo, experiencia más experiencia menos, no somos tan diferentes. De vez en cuando, con genialidades como esta:

(Ir a la ciudad, masturbarse y esperar, resumen posible de una adolescencia en provincias)

La guerra de Argelia, ese gran trauma colectivo que se vivió a ambos lados del Mediterráneo, y sus heridas todavía por cicatrizar. Los cambios de costumbres, la inversión de los valores. La gente estaba completamente convencida de que llevaba una existencia mejor gracias a las cosas. El descubrimiento del sexo. El Noveau Roman y LeClézio. La fe en que la robotización mejoraría la vida de la gente. De Gaulle, mayo del 68. Los posters del Che y de la niña quemada con napalm en Vietnam. La fe en la generación que estaba por venir. Las películas porno de Canal +, Wojtyla, Le Pen, la fatua contra Rushdie, la guerra limpia y sus armas inteligentes…

Annie Ernaux, ya decimos, no deja en ningún momento de contarnos su vida, todo es visto desde su prisma, y sin embargo es imposible leer Los años sin preguntarse dónde estaba uno cuando todo eso ocurría, en qué momento traicionó qué convicciones o compromisos, cuándo empezó a sentir, como siente la autora conforme el libro avanza, que la vida se acelera y nos conduce a esta existencia demencial que acaso todavía no haya alcanzado su punto máximo de velocidad suicida. No es nostalgia comercial, no es Cuéntame. No es la autocomplacencia que caracteriza, sin ir más lejos, a mi generación, que la lleva a venerar derroches autorreferenciales tipo Stranger Things.

También, como ocurre con todos los libros de la escritora, nos permite inquirir sobre el mundo característicamente femenino y ese otro que, a veces sin que sepamos reconocerlo unos ni otras, compartimos para bien o para mal hombres y mujeres. No hay respuestas lapidarias, no hay recetas mágicas ni mapas del tesoro en estas obras. Ernaux no le dice a nadie cómo debemos actuar, qué hacer para llevar a buen puerto las revoluciones pendientes. Nada de eso.

Y sin embargo, con el simple hecho de escucharla, es decir, de leerla, hacemos lo que se llama reconocer al otro, en este caso a la otra. Y sentimos que algo empieza a cambiar, dentro de nosotros y tal vez en nuestro entorno. ¿Será ese el camino?

Publicado anteriormente en la revista digital M’Sur.

 

Los años (Cabaret Voltaire, 2019) | Annie Ernaux |336 páginas | 20,95 euros| Traducción de Lydia Vázquez Jiménez

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