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Las aventuras de un buen vasallo

RAFAEL ROBLAS | En el mundillo literario, hay quien, más que lectores, atesora una legión de incondicionales groupies alrededor de su pedestal. Aunque no hay que olvidar que toda moneda se acuña con su cara y con su cruz, y que, por la simple ley del contrapeso, este tipo de autores suele también coleccionar enconadas fobias que estallan al solo conjuro de sus nombres. En torno a la figura de Arturo Pérez Reverte hay mucha tela que cortar. Así, adhesiones fervorosas y animadversiones furibundas se enfrentan cada vez que un nuevo título suyo alcanza el lugar más privilegiado de nuestras librerías. Y también se leen críticas en los medios y blogs. Muchas críticas. Algunas de ellas bastante justificadas y otras no tanto.

            Digamos que la penúltima batalla perezrevertiana se libró durante el postrer trimestre del pasado 2019 –¡quién regresara ahora!–, cuando vio la luz Sidi. Un relato de frontera, una revisión muy sui generis del legendario Rodrigo Díaz de Vivar, tal y como indica el autor en la advertencia previa del volumen (“hay muchos Ruy Díaz en la tradición española, y éste es el mío”), apartando así de un manotazo posibles acusaciones de infidelidad histórica. Porque, abundando en dicha anotación, confesémoslo ya sin rodeos, el novelista cartagenero escribe la misma historia de siempre, es decir, la suya propia: la del héroe que, con todos los claroscuros de su condición humana a cuestas, afronta la paradoja existencial de habitar un mundo que le es ajeno porque no comprende sus códigos ni comparte su integridad. De este modo, el Cid, Alatriste, Falcó, Max Costa, Lucas Corso o, incluso, quién sabe si el mismo Arturo Pérez Reverte, se unen en un abrazo fraterno.

            La historia, por ya conocida, es lo de menos. Comienza con Ruy Díaz de Vivar siendo desterrado de su tierra por el rey Alfonso. En la narración ondean los jirones que explican el motivo: una muerte, una desconfianza, una jura en Santa Gadea. Lo cierto es que la hueste del Cid sale de Burgos abandonando familias y haciendas, resultando el de Vivar una injusta víctima del rigor del rey. Doña Jimena y las hijas se encierran en el monasterio de San Pedro de Cardeña y delante de los ojos del héroe queda la implacable estepa castellana donde el sol achicharra los cuerpos de la tropa, revestidos por armaduras y yelmos. En este inicio del trayecto es significativo que Pérez Reverte haga aparecer a la inocente niña que, negándole a los guerreros el agua de su pozo, inspirara uno de los mejores poemas de Manuel Machado (“Idos. El cielo os colme de venturas… / ¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!”). Cuestión de contrapeso dramático y de lirismo narrativo. Sin embargo, la voz del novelista no permanecerá anclada en lo poético durante mucho tiempo. Pronto surgen las escaramuzas, los saqueos, las razias, donde no se escatima ni un ápice de crueldad en cuanto a lo escabroso de las descripciones:

            “…De lejos parecían muñecos rellenos de paja como los que se vendían para los niños en el mercado. De cerca eran dos ancianos canos y flacos, y a uno le colgaban las tripas. Antes de ponerlos allí les habían cortado las orejas y la nariz: los tajos y vísceras estaban negros de moscas».

            Mas no es una morbosidad gratuita la que alimenta dicha querencia, pues, con este realismo casi gore, Pérez Reverte consigue subrayar los contradictorios caracteres de una época muy compleja, donde cualquier valor positivo del ser humano cabalga al mismo tiempo junto a sus miserias más insondables. ¿Acaso no subtitula Alfaguara su portada como “Un relato de frontera”? Quién mejor entonces que el Cid Campeador para simbolizarla. Rodrigo Díaz de Vivar, un infanzón castellano que se mimetiza con la morería para sobrevivir y ganar el prestigio suficiente a fin de regresar al lado de su señor natural, Alfonso VI, por más que el rey no esté a su altura. Y también un Ruy Díaz que destaca por su sentido del deber; que es cruel y justiciero a partes iguales; que, siendo padre y esposo modélico, naufraga en el pecado de la infidelidad tentado por la voluptuosidad de la carne (véase el episodio con Raxida en Zaragoza). En definitiva, el Cid como una metáfora de la que se vale el novelista para retratar un tiempo que no se deja aprisionar bajo la perspectiva maniquea del blanco o del negro excluyentes. Por si esto no quedara claro, el mismo rey Mutamán se lo resume al protagonista –y al lector– tras la victoria en la batalla de Almenar:

“Eres un jefe extraño, Ludriq. Puedes ser temible con los enemigos, implacable con los indisciplinados, fraternal con los valientes y leales… Tienes la energía y la crueldad objetivas de un gran señor. Eres duro y justo. Y lo que es más importante: puedes mirar el mundo como un cristiano o un musulmán, según lo necesites”.

            A estas alturas del relato regresan a mí las palabras escritas por el ínclito Menéndez Pidal en un ya clásico estudio titulado Los españoles en la literatura, cuando se refiere al realismo que caracteriza a la épica medieval patria en contraposición a otras literaturas nacionales, como la francesa o la inglesa. Y es que, según el mayor conocedor que nunca ha tenido el Cantar de Mio Cid, nuestro héroe contrasta con todos los demás al presentar rasgos humanizados y descender varios escalones en lo fantástico de sus hazañas. Medito las palabras del sabio coruñés y pienso que otro de los méritos de Arturo Pérez Reverte ha sido presentarnos a Rodrigo Díaz de Vivar en un estadio aún más próximo, mucho más cercano al lector y más auténtico, en tanto en cuanto comparte con el receptor un considerable hatillo de contradicciones comunes. ¿O acaso no es nuestro mundo contemporáneo una nueva versión –ampliada y en continua revisión– de aquel inestable territorio fronterizo medieval?

            Y aún sigo pensando más, llegando a la conclusión de que otro de los méritos considerables de Sidi hay que atribuírselos a la técnica de su autor. Porque a Pérez Reverte podrán achacársele múltiple defectos, pero nunca que no posea un extraordinario dominio de un oficio que ha ido depurando a lo largo de los años gracias a las atentas lecturas que ha realizado de los más grandes narradores del XIX. Y también, sobre todo, debido a las muescas con que la vida le ha ido marcando las cartas a partir de su propia experiencia, que las guerras dan para mucho. Por eso, ya no resulta nada original reseñar el extraordinario sentido del ritmo narrativo de sus historias, donde clímax, anticlímax, elipsis y paráfrasis se barajan con maestría absoluta; ni tampoco el inmenso trabajo de investigación que subyace tras todas y cada una de sus novelas (mención aparte merecen aquí la relectura efectuada, no ya solo del mencionado Cantar de Per Abat, sino también de La leyenda del Cid de Zorrilla y de otras fuentes cidianas; o el magnífico estudio que se realiza sobre la indumentaria medieval y sus aparejos de batalla). Sí, en cambio, quiero resaltar en este punto ese Pérez Reverte mucho más desconocido, artífice también de hermosísimos giros líricos que, quizás por contraste, destacan en esta obra más que en ninguna otra y que desmienten esa fama de prosista descuidado y grosero con que alguna crítica lo machaca desde tiempos inmemoriales. Sirva para ello un solo ejemplo: la sinestésica –al par que efectiva– descripción de un anochecer en el campamento cristiano. Que sea el propio lector el que juzgue:

“El horizonte ya no existía a levante, donde había oscuridad y cada vez más estrellas. Por el lado de poniente quedaba una estrecha franja mortecina comprimida entre tierra y cielo, que viraba despacio del ámbar al azul oscuro.  Y contra la negrura, salpicándola de puntos rojos, brillaba una infinidad de fogatas. […] La última franja de claridad se había extinguido en el horizonte y la bóveda celeste parecía acribillada de minúsculos alfilerazos de plata”.

            Dejamos a nuestro Cid exhausto y cansado tras las casi cuatrocientas páginas de aventuras y de duro batallar. Y nos sabe a poco. Conociendo a Pérez Reverte y a la potencialidad de la historia, no creo que pierda la apuesta si ya acierto a imaginarme a Mio Cid cabalgando con su tropa camino de Valencia en una continuación de esta entrega. Y a fe que tampoco será mala novela si sigue los pasos de este Sidi. Relato de frontera, un libro que está muy bien escrito, que hace pasar un buen rato y que descubre al lector una apasionante etapa histórica cuyos condicionantes conviene revisar desde una perspectiva moderna y nada prejuiciosa. Luego, que sea el tiempo –y no la crítica literaria– el que estipule si Arturo Pérez Reverte se estudiará en los colegios como uno de los principales novelistas del siglo XX. No obstante, eso bien poco que le importa al inocente lector medio (ese que ni es groupie ni es un “silbador mosquetero”), al que le basta abrir un libro para disfrutar y entretenerse con él.

Sidi. Un relato de frontera (Alfaguara, 2019) | Arturo Pérez Reverte | 374 páginas | 20.90 euros

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