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Las pandemias son para el verano

EDUARDO CRUZ ACILLONA | No hay nada más ilusionante para un escritor que la realidad y la imaginación sean pilladas juntas en la cama. No hay nada más lucrativo para un editor que el argumento de una novela de su catálogo se mimetice con el contenido de todos los informativos del momento. Eso le ha pasado a Las palmeras, de Jimina Sabadú, un libro publicado en marzo de este año justo cuando las mesas de novedades empezaban a ponerse la mascarilla por culpa del coronavirus.

Las palmeras comienza un mes de junio con un brote, “El Brote”, que se contagia a través de mordiscos. Nace durante un partido de fútbol en el estadio y se va expandiendo de manera exponencial por todo el país. Los afectados, “los apestosos”, son un remedo de zombies y de protagonistas de la serie Walking Dead que deambulan por las ciudades con la única intención de morder a los humanos vivos y provocar la propagación de la plaga.

La realidad se cruza con la novela cuando alguien comienza a difundir por las redes sociales que el presidente del Gobierno ha plagiado su mensaje a la nación del discurso del Rey que aparece en el libro. El bulo se propaga a una velocidad infinitamente mayor que la propia pandemia y Las palmeras, que no puede estar en los escaparates de las librerías, está en las pantallas de todas las cadenas de televisión. Pasa poco tiempo hasta que se desmonta el bulo, pero el tsunami informativo, el escarnio y las risas ahí quedan, que para eso se inventó Twitter.

En realidad, Las palmeras no aborda tanto el tema de la pandemia y el contagio de “El Brote” como la actitud de una serie de personajes que prefieren vivir ajenos a él, porque es verano, porque todos los veranos hay una nueva “serpiente informativa” que nos alerta de los peores males por venir y porque todo queda en nada cuando llega septiembre cargado de rutina y de palabras extranjeras como jet-lag y rentreé.

Dos jóvenes, que han recibido la revelación de un fantasma de que el mundo se extinguirá “cuando se muevan las palmeras”, inicia una huida hacia adelante desde Madrid, con una lujosa merienda en el hotel Ritz y unos cócteles Mary Pickford (ron blanco, licor de marrasquino, granadina y zumo de piña) en el Cock, para posteriormente desplazarse hasta Barcelona y desde allí recorrer toda la costa mediterránea hasta la playa de Bolonia, junto al Estrecho, esquivando a los apestosos y huyendo de su constante amenaza.

Con un arranque un tanto dubitativo y confuso, cuando se avanza en la lectura se van despejando las dudas y la trama fluye con facilidad y ligereza, de manera amena y con el punto de intriga, no más, que puede pedírsele a este tipo de novelas, una “road trip” cañí y friki donde no faltan los karaokes, las pensiones de mala muerte, las discotecas garrafoneras donde no te dejan entrar si no llevas zapatillas deportivas y la gorra con la visera hacia atrás, el balconing,  presuntos personajes de la farándula nacional más caduca y tronistas casposos, valga la redundancia. Es el disfrute de un último verano antes de que llegue el anunciado Apocalipsis y todos se conviertan en víctimas, afectados o supervivientes. Es la novela para leer en verano, divertida, ácida en ocasiones y donde más de uno verá más de un plagio que no lo es, pues cuando se caricaturiza la vida no queda otra que rendirse a la evidencia.

Si busca usted una novela de zombies, como parece que puede resultar del argumento de la novela, ya le adelanto que no lo va a encontrar. En tal caso, le sugiero que lea a Joe Álamo y disfrute de su Tom Z Stone Omnium (Cazador de Ratas, 2017), una recopilación de las tres primeras novelas de un personaje tan particular y tan bien construido como el que da título al libro, mitad detective y mitad muerto viviente. Esa mezcla entre los géneros negro y zombie, constantemente salpicada de humor inteligente, resulta tan original y atractiva que las más de mil páginas del tomo le durarán menos que lo que tarda en contagiarse un virus. Ideal para, este verano, soltar carcajadas por debajo de la mascarilla.

Como muestra, le dejo aquí la presentación del protagonista en primera persona del singular. Sobre todo, singular. Disfruten como si no hubiera un mañana:

“Me llamo Thomas Z. Stone, pero puedes llamarme Tom. Nací en Gales en 1963 y estiré la pata en Valencia el 7 de agosto del 2012; ya sabes: el día del FR (Fenómeno Reanimación), cuando los muertos, algunos al menos, volvimos a la vida. Ese día, me reanimé y, sin nada mejor que hacer, fui a casa. Quise tomar una copa de camino, pero no llevaba un céntimo. Lástima que a nadie se le hubiera ocurrido colocarme una moneda bajo la lengua, aunque quizá me la hubiera tragado y vuelto a morir. (Si te parece malo el chiste, espera a conocer mis modales)”.

Las palmeras (Algaida, 2020) | Jimina Sabadú | 248 pags. | 19€

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