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Las tesis de Ayaan

9788416252749ILYA U. TOPPER | Los refugiados somalíes en Holanda tiran la basura al suelo, y los holandeses mantienen la acera limpia. Por consiguiente, islam y cristianismo son esencialmente diferentes.

En esta caricatura se podría resumir el libro de Ayaan Hirsi Ali, si le echamos suficiente mala voluntad al asunto (más o menos la mala voluntad que inspiró a Oriana Fallaci en su última obra y que inspira hoy a millones de europeos afiliados a la ultraderecha en Europa). Afortunadamente, la reflexión de la basura es sólo un párrafo desafortunado dentro de un libro no sólo muy valiente, sino  también valioso.

Dejemos claro esto de entrada: es un libro muy valiente. Afirmar que el islam no solo no es la mejor de las religiones (y la única verdadera) sino que da cobertura a una serie interminable de crímenes, puede ser un acto gratuito de “Y tú más” si lo hace un europeo con firme credenciales cristianas, pero es un acto heroico cuando viene de parte de alguien que nació como musulmán: le considerarán traidor. Pero cuando una, además, deja claro que lo del Corán eterno e inmutable es un montaje (casi nadie lo dice ni en las universidades europeas, siendo obvio) y hay que tratar este libro como lo que es, una fabricación de mil piezas diversas elevada al rango de divinidad, entonces se convierte en apóstata, además de traidor.

Mahoma y el Corán” sea probablemente el capítulo más valioso del libro, porque exige sentar unas bases de debate racional, que ni siquiera Adonis quiso o supo sentar en su reciente opúsculo (escrito de forma mucho más azarosa que la bien estructurada obra de Ayaan): lo que creemos saber del nacimiento del islam y la composición de su texto sagrado no es más que una leyenda dorada, y para entenderlo debemos asumir este hecho histórico.

Para llegar hasta ahí, Ayaan Hirsi Ali (Mogadisho, 1969) no lo ha tenido fácil: nacida en Somalia se crió en Arabia Saudí, y luego en Kenia, donde se afilió, adolescente, a una secta islamista. Aprovechó un viaje a Alemania para huir de un matrimonio concertado, pido asilo en Holanda y fue dejando las creencias en el cajón, desde donde pasaron algún día al cubo de la basura mental. Pero diez años más tarde –en 2011– se dio cuenta de una cosa: que aquella secta islamista que le intentó comer el coco cuando era una cría le ha comido el coco ya a medio mundo y se ha convertido en el islam oficial. Sobre todo en Holanda, y en Estados Unidos, donde ya no se puede opinar sobre el islam en una universidad sin que te salga un qatarí, un kuwaití o una egipcia para corregirte. Y cuando empieza a haber atentados suicidas a granel, y los jeques de Azhar y cualquier otra mezquita que se precia condenan la violencia, pero nunca la ideología que la inspira (como si sólo les diera rabia la competencia), la conclusión es obvia: así no hay quien viva.

Hay que reformar el islam, propone Ayaan Hirsi Ali. Para llegar a este diagnóstico, divide el total de los musulmanes en tres partes: los de toda la vida, que viven la religión como algo espiritual, sin meterse en la vida del vecino, los fanáticos, que intentan imponer sus normas a todos, y los reformistas. A los primeros los llamaremos –sugiere– “los de La Meca” y a los segundos “los de Medina” (los terceros son, esencialmente, ella misma). Algo no del todo coherente, si luego se nos revela que esencialmente toda la leyenda de creación del Corán, con prédica espiritual en la primera fase (La Meca) y ánimo legislador en la segunda (Medina) es un invento.

A partir de ahí empiezan a fallar más elementos. La necesidad de reforma se basa en que el islam, tal y como está ahora, justifica la violencia. A partir de la segunda mitad del libro, una retahíla de episodios terroríficos lo va subrayando: atentados suicidas, Estado Islámico, persecución de apóstatas y homosexuales en Arabia Saudí, Sudán, la Iraq destruida por las milicias ultrafundamentalistas o los fanáticos guetos de inmigrantes en Inglaterra o Estados Unidos… Sí, siempre los mismos. Parece que para la autora, “el islam”, el único, el verdadero, es el “de Medina”. El violento. El otro no cuenta.

En esta enumeración llega a extremos difícilmente perdonables: como cuando intenta explicar los atentados suicidas en Israel con la fe islámica, apoyándose incluso en una cita de la racista Golda Meir que atribuye a “los árabes” (“a los musulmanes” prefiere Ayaan) amar más la muerte que a sus propios hijos. Ocultando que la organización palestina que durante una década fue considerada la “más violenta” era el FPLP, marxista, laica, fundada por un cristiano, y que la técnica kamikaze (una palabra japonesa) la populizaron budistas en Ceylán. Obviar las circunstancias políticas que llevan a la violencia y atribuir todo a la religión no sirve en absoluto para entender qué está pasando hoy en el mundo.

Y es poco sincero el truco narrativo que se repite capítulo tras capítulo: desgranar la obsesión con el infierno, el paraíso, la inferioridad de la mujer o la homosexualidad como algo genuinamente islámico, basado en las escrituras sagradas, y al final –cuando ya nos preguntamos si en el cristianismo no se promete un paraíso, nunca se ha atemorizado a los niños con los castigos del infierno, no se subyuga el cuerpo de la mujer y no se demoniza a los homosexuales– añade un breve párrafo admitiendo que en el cristianismo hay conceptos similares “pero no son comparables” porque nadie los lleva a la práctica hoy día. Callando que en todos los países donde la Iglesia tiene suficiente poder, sí se intentan llevar a la práctica, sea la cadena perpetua para gays en Uganda, sea la muerte antes que el aborto en Irlanda.

Porque la Iglesia, y esto es el punto ciego de Ayaan que invalida todo su libro, nunca se reformó. La rebeldía de Lutero, que cita con profusión como un ejemplo a seguir, no llevó en absoluto hacia una fe más tolerante: llevó a Calvino y sus hogueras, llevó a las Iglesias protestantes cuyos adherentes emigraron a América donde pusieron los fundamentos del ‘Bible Belt’, aquella zona de Estados Unidos donde el fundamentalismo mantuvo la homosexualidad criminalizada hasta 2003. No fue una reforma de los dogmas lo que acabó con la imposición dracónica de las leyes divinas de Moisés y San Pablo: fueron la Revolución Francesa y la Ilustración, que separaron Iglesia y Estado. Fue la República en España y la muerte del dictador Franco, tardíamente.

Y si sólo Arabia Saudí, Sudán, países en guerra civil y guetos absorbidos por el wahabismo, sirven para ilustrar los crímenes del islam, no es porque Marruecos, pongo por caso, haya realizado una reforma de la fe: simplemente no ha sufrido lo que Ayaan llama “islam de Medina”. La ley penal marroquí no tiene referencias a la charia (la penalización de la homosexualidad o del adulterio con varios meses de cárcel corresponde a lo habitual en la Europa cristiana hasta la segunda mitad del siglo XX). Pensar que los marroquíes, por ser musulmanes, se quedaban menos en shock que los londinenses o neoyorquinos cuando unos chicos de Casablanca montaron el primer atentado suicida, es simplemente falso.

Eso no quiere decir que Marruecos, y todos los demás países similares, no necesiten una reforma: la necesitan, y de forma urgente. Pero lo que debe reformarse no es el islam. Es la legislación. Porque las víctimas de ese islam “de Medina” que denuncia con tanta valentía Ayaan Hirsi Ali no son los europeos atemorizados ante un nuevo atentado: el terrorismo no es nada nuevo en Europa, que incluso inventó la palabra. Son los millones de musulmanes que ven como esta nueva religión “medinense” va recortando sus libertades. Oponerse a ella, y oponerse a sus ¿bienintencionados? sicarios europeos afiliados a la palabra de moda, “islamofobia”, es necesario, es vital. Pero para ello no se necesita convencer a un conciliábulo de jeques barbudos pagados desde Riad que busquen nuevas interpretaciones: basta con frenar la contrarreforma que está en marcha y mantener el “islam de Meca” de toda la vida, a la vez que se sigue con el proceso histórico de desvincular fe y Estado. Como se hizo en Europa. Pretender que no es en el Parlamento sino en las facultades de teología donde se ha de luchar es entrar al juego del enemigo. Y es incluso un desprecio al concepto de la democracia.

Porque esta es la trampa en la que ustedes no deben caer cuando lean este valiente libro: creer que los musulmanes son una raza aparte que sólo funciona por la fe. Si ustedes llegan a esta conclusión, los fanáticos ya habrán ganado.

Reformemos el islam (Galaxia Gutenberg, 2015) de Ayaan Hirsi Ali | 286 páginas | 19,90 € | Traducción de Iván Montes, Irene Oliva y Gabriel Dols

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