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¿Lennon o McCartney?

9788490566282FRAN G. MATUTE | Seguir a estas alturas insistiendo en que Carlos Zanón es un escritor de novela negra me parece tan acertado como afirmar que los Beatles hacen pop y los Rolling Stones hacen rock, u otra chorrada por el estilo. El chiquillo en las entrevistas no se cansa de decirlo, pero el sistema parece haberlo engullido. No es que la etiqueta de autor ‘noir’ tenga nada de malo (salvo, por lo visto, para Sánchez Dragó), pero creo que en su caso termina siendo muy reduccionista. Ya va siendo hora de que se lea a Zanón de otra forma. De la forma correcta. Y la publicación de Marley estaba muerto me parece la excusa perfecta para hacerlo.

Personalmente me cuesta considerar esta última referencia de Zanón como un libro de relatos. Más que nada porque, de ser así, habría que asumir que algunos son (bastante) mejores que otros. Pero creo que el texto contiene una serie de elementos que permiten que la obra se pueda (se deba) leer como un todo. Una novela coral. Una novela fragmentaria. Llamadlo como queráis pero, desde esta perspectiva, la cosa funciona mejor. Mucho mejor.

Por las páginas de Marley estaba muerto deambula la tristeza. La de unos personajes que no saben vivir, que tan solo saben subsistir. Niños grandes, sueños rotos, callejones sin salida. De fondo, una Barcelona salpicada por las luces de Navidad y los rancios villancicos callejeros. Una Barcelona asaltada por sucios y borrachos Papa Noeles que mendigan con las ilusiones de los que todavía creen. Porque los personajes de Zanón aún lo hacen: creen en la Navidad, que es como creer en que las cosas irán a mejor, en que las cosas pueden cambiar. La Navidad representa así la inocencia, pero también la inconsciencia. Es un recordatorio de los tiempos en los que todo era posible. En los que uno no había empezado todavía a cagarla en la vida. Sí, es una Navidad que quiere ser como la de ¡Qué bello es vivir! Pero es que esa Navidad si se cuenta bien, sin cinismos, duele mucho más.

Todo está al revés en los textos de Zanón, nada parece haber salido como estaba previsto: Romeo sale con Ofelia, no con Julieta. Y no hay que ser muy listo para darse cuenta de que todo gira aquí en torno a una única cosa: el amor. ¿Qué cursi, verdad? Pues no. Porque es el amor más triste del mundo: el del que quiere ser amado cuando aún no ha aprendido a amar. ¿Cómo puede uno exigir lo que no es capaz de dar? Y así es como se termina sintiendo verdadera pena por los personajes de Zanón: balas perdidas, roqueros trasnochados, eternos Peter Pan. Culpables de su suerte, víctimas del hedonismo inherente a esa eterna promesa incumplida: la vida no era rock and roll. Vaya, qué chasco. Y entonces llega la Navidad, con su felicidad impostada, no para curar las heridas, no para mandarte al ángel salvador, sino para hacerte sentir aún más miserable de lo que ya eres.

Me desgarra leer en “Armagedón” la confesión de un padre que no tiene dinero para comprar regalos para su hijo, de un padre que está sin empleo y ha tenido que volver a casa de su madre, a dormir en su cama de adolescente. Me incomoda enormemente el patetismo que recorre las páginas de “Tío Noel Loco”, una historia que estoy seguro le encantaría leer a Nick Hornby. Me abruma saber que hay vidas como la de la mujer de las uñas rosas en “Anoche soñé que alguien me amaba”… Lo reconozco, me conmueven sobremanera estos pequeños grandes dramas cotidianos. Me estremecen más que toda la sordidez (que no es poca) que baña algunas historias, que por extrema termina en ocasiones sonando algo teatral (pensé que ya nadie hacía chistes sobre los camellos de los Reyes Magos y las drogas). Es en esos rinconcitos del alma donde se encuentra uno al Zanón de verdad, al mejor Zanón, al que te mata con una frase, al que te hunde en el asiento. Al que te hace la pregunta más jodida del mundo: “¿Lennon o McCartney?“. Ya te aviso yo: respondas lo que respondas, Zanón te va a zurrar, te va a dejar hecho polvo.

Marley estaba muerto (RBA, 2015), de Carlos Zanón | 240 páginas | 12 €

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