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Libros, alcohol y desconsuelo

Rumbo al mar blancoJOSÉ M. LÓPEZ | En los años cuarenta del pasado siglo, Malcolm Lowry vivía junto a su segunda esposa, la actriz americana Margerie Bonner, en una pequeña cabaña en la costa del Pacífico de Canadá. Pasaba sus días bebiendo y escribiendo con intensidad. En 1944 la choza salió ardiendo y, mientras el novelista iba a buscar ayuda, su mujer logró salvar del fuego el manuscrito de Bajo el volcán. Cuando este regresó, se acordó de algo, y se adentró en la casa aún en llamas. Iba en busca de unos papeles que contenían una novela que estaba escribiendo. Lowry no consiguió su propósito, pues, al salir, sus manos sólo contenían un puñado de cenizas. Pero esta trágica historia no podía terminar así. En los años ochenta –ya llevaba el autor británico casi treinta años muerto- su primera esposa, Jan Gabrial, comenta que Lowry dejó en los años treinta un ejemplar sin terminar de dicha novela. Jan parece sacar a la luz este hecho una vez muerta la segunda esposa del autor, quizás para evitar engorrosos problemas con los derechos del libro. El texto que presenta está levemente retocado por ella y sin acabar. Es este texto el origen de la edición en español de Rumbo al mar blanco, que Malpaso acaba de editar. Huelga decir que las circunstancias que han rodeado la aparición de este libro son realmente extrañas, y que si quisiéramos poner reparos a la fidelidad del mismo poseeríamos una infinita red de argumentos a los que agarrarnos; sin embargo, prefiero hoy centrarme en el innegable valor de una novela que ya fue apreciada por aquellos que en su tiempo la leyeron mientras esta crecía. Por ejemplo, el poeta Conrad Eiken, mentor y rival de Lowry, dijo de ella, según la contraportada: “Estoy leyendo la novela de Malcolm (…); es extraña, profunda, laberíntica, increíblemente jugosa ¡Dios, vaya genio! ¡Qué maravilla! (…) ¡Qué delicia sumergirse en su extraordinaria belleza, en la densidad táctil de su prosa!”

Repito, por tanto, que nadie podría hoy día corroborar al cien por cien la integridad del texto que nos entregó la ex mujer del escritor, pero, independientemente de estas incógnitas, y centrándonos en un exclusivo análisis de su prosa, podemos afirmar que el libro es Lowry en estado puro. ¿Que a qué me refiero? Pues a que estamos ante una novela autobiográfica, donde la convivencia del lirismo simbólico con la profusión de citas cultas termina edificando un texto escarpado y difícil de escalar. Debo reconocer que con el autor de Bajo el volcán me pasa como con algunos otros grandes genios. Llega un momento en que se me van, se me escapan y siento que no soy capaz seguirlos hasta las alturas que me proponen. Aun así, los disfruto con humildad hasta donde soy capaz de alcanzar. Y Rumbo al Mar Blanco es una novela que a veces se me escabulle, quizás por la densidad de la que hablaba Aiken, pero que he disfrutado enormemente, a pesar de, o debido a las cicatrices que me ha dejado. Es cierto que su prosa no es asequible, pero sí natural, y totalmente desprovista de pedantería. Lowry es un poeta que escribe novelas, y en esta encontramos un lenguaje que parece no haber sido escuchado nunca antes, la misteriosa y genial palabra de un iluminado. Es un profeta cuyo capacho siempre está repleto de libros y alcohol. Y no me parece gratuita esta última afirmación, ya que estoy convencido de que sus lecturas y el permanente estado de embriaguez en el que se encontraba son dos circunstancias que marcaron su escritura. Sin embargo, este continuo nirvana etílico no afecta a la precisión de su frase, siempre elegante, sino a la febril simbología que plaga su párrafo. Como consecuencia, cada página de Rumbo al Mar Blanco posee un extraño onirismo, fruto de un genio borracho que sale a la calle con los ojos entornados, y que ve, como decía Rimbaud, cosas que otros no pueden ver. Si a esta consistencia añadimos un sinfín de citas, más o menos veladas, de los autores favoritos del escritor nacido en Liverpool, sobre todo de Melville, el resultado es una novela cuya lectura no podríamos calificar de sencilla.

El libro está formado por una sucesión de estampas casi teatrales, donde los diálogos se enmarcan en un Liverpool comercial de entre guerras, con sus muelles, sus cantinas, su ambiente industrial y picaresco: “En las esquinas de las calles, a lo largo de los raíles, a la entrada de bares aún cerrados, deambulaban los parados, escrutando con mirada vacua la niebla que se iba despejando con ojos como piedras que perdieron sus gemas” (280). Las conversaciones que cada escena comprende encierran todo el dolor del mundo. Dolor de unos personajes en crisis que continuamente cuestionan sus propios valores o ideologías: la fe, el progreso, el comunismo, el nazismo incipiente. Sigbjorn es el personaje que vertebra la novela: un joven de clase alta, afectado por una crisis vital del tamaño de un trasatlántico, y que sufre por las desgracias y las vilezas propias y ajenas. Intenta agarrarse a un bote salvavidas, a un asidero que se esfuerza en llamar fe, o en el amor a Nina, una chica igualmente quebrada que ha terminado abrazando las ideas comunistas para escapar de su spleen. Las escenas de (des)amor y despedida entre ellos son lo mejor del libro. Pasajes bellos y dolorosos, protagonizados por dos jóvenes inteligentes, orgullosos y heridos, que son conscientes de que solo separados podrán eludir el inevitable hundimiento de sus vidas: “Y tiempo después de que el barco se hubiera desgajado del vientre gris del muelle, Sigbjorn seguía allí, buscándola, mirando desde esa orilla en que el alma rompe angustiada con el mar” (206).

En cuanto a la edición, debo decir que, aunque no he leído el original en inglés, no puedo pasar por alto la, en apariencia, brillante traducción de Ignacio Villaro, que sabe plasmar en nuestra lengua el singular lirismo del autor británico. Las innumerables notas a pie de página, sin embargo, me sobran. No todas son imprescindibles, y terminan rompiendo el ritmo de la lectura. En definitiva, y más allá de las ya comentadas reflexiones acerca de la génesis del libro, la lectura de Rumbo al Mar Blanco puede suponer un proceso indigesto y delicioso, el disfrute de un extraño bocado que parece contener en su interior todo el dolor y la belleza del universo. Lowry murió trece años después del incidente del incendio de la cabaña. Durante ese tiempo no hizo nada por recuperar ese manuscrito perdido en casa de su primera suegra. Más bien prefirió lamentarse por la pérdida de esta novela que supondría la tercera pata de su particular “Divina comedia”. El alcohol y las drogas acabaron con el genio. Su obra parece que, contumaz, le sobrevive a él y a las llamas de su fatídico destino. Bienvenida sea.

Rumbo al mar blanco (Malpaso, 2017) de Malcolm Lowry | 384 páginas | 24 euros | Traducción de Ignacio Villaro

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