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Llorar en limusina

Maquetación 1

 

Un hombre enamorado

Karl Ove Knausgård

Anagrama, 2014. Colección “Panorama de narrativas”

ISBN: 978-84-339-7891-2

632 páginas

24,90 €

Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

 

Coradino Vega

Segundo tomo de los seis que conforman «Mi lucha», la extensa novela autobiográfica mundialmente aclamada de Karl Ove Knausgård, Un hombre enamorado cuenta la llegada a Estocolmo de su protagonista-autor después de dejar en Noruega a su primera esposa, cómo comenzó su relación con la posterior madre de sus hijos, y el tipo de vida que llevará junto a ella conforme van naciendo los niños. Vista la obra en su conjunto, asombra la magnitud del empeño literario de Knausgård. Y, en efecto, resulta admirable la ambición de escribir su vida tan pormenorizadamente, consecuencia también de la pretensión de dar fe de lo que los expertos y algunos escritores contemporáneos llaman enfáticamente el espíritu de los tiempos. Knausgård narra con igual minuciosidad la conversación de tres parejas treintañeras en Nochevieja, que las vacaciones en casa de la suegra, que una fiesta de cumpleaños con los compañeros de guardería de su hija, que una discusión íntima con su mujer, que el proceso emocionante y odisíaco de un parto; por lo que a cualquiera que tenga entre treinta y cuarenta años, y viva en el mundo occidental de ahora, no le quedará más remedio que sentirse identificado, máxime si tiene hijos pequeños y veleidades literarias. Como si la novela se escribiera al tiempo que deviene la vida, sumergirse en ella es zambullirse de lleno en la realidad, ya sea por aquello del mal de otros consuelo de tontos, ya por toparse de bruces con un retrato tan cercano que bien podría tratarse del propio.

El estilo de Knausgård es además fluido, clásico en estructura y moderno en su sintaxis, quizás a veces demasiado enunciativo, convencido explícitamente de que “la literatura no es sólo palabra, la literatura es aquello que las palabras despiertan en el que la lee (…), no los excesos formales en sí, como creen muchos”. Sin embargo, junto a las largas digresiones ensayísticas y los amplios saltos en el tiempo que Knausgård combina con soltura, la narración incurre en ese puntillismo inocuo tan propio de lo que uno de los actuales valedores del escritor noruego, el crítico estadounidense James Wood, llamó hace tiempo realismo histérico. A Knausgård parece no gustarle mucho la elipsis y sí ese tipo de adjetivación anglosajona —al menos por lo que se puede inferir de la versión española traducida— que, con su profusión de epítetos, se está extendiendo al resto de lenguas como una epidemia: un lenguaje ‘light’ y no muy preciso que refleja cierto estado mental del presente caracterizado por una mezcla de lasitud expresiva, complejos psicológicos y cultura de la queja: “Me enrollé la bufanda alrededor del cuello, me abotoné la chaqueta azul que me había comprado la primavera anterior en Paul Smith, en Estocolmo, me puse en la cabeza el gorro comprado en el mismo sitio, me agaché frente al calzado colocado junto a la pared y busqué un par de zapatos negros, marca Wrangler, con cordones amarillos, que me había comprado en Copenhague cuando estuve allí en la feria de literatura; no me habían gustado nunca, ni siquiera cuando los compré, y ahora estaban teñidos del desagradable recuerdo de lo catastróficamente mal que me fue en dicha feria, incapaz de contestar con sensatez a una sola de las preguntas que me hizo la entusiasta y competente entrevistadora sobre el escenario”.            

Si todo lenguaje supone, se pretenda o no, un posicionamiento ante el mundo, puede que esta forma de escribir —unida al yo-escritor como héroe de la novela de nuestra época y a unos diálogos que, de tanto forzar la jovialidad y la inteligencia, suenan a teleserie norteamericana— muestre la precariedad del individuo y los discursos que, buscando justo lo contrario, acaban resultando más un síntoma que un diagnóstico crítico del tardocapitalismo, por usar uno de esos términos tan del gusto de quienes se perciben como oprimidos por las abstracciones (no en vano, Knausgård reconoce haber leído con gusto a Derrida y Foucault, entre otros autores presuntamente radicales). Pero las verdaderas víctimas nunca se comportan de forma victimista. Y lo que hace Knausgård en este libro, básicamente, es no parar de quejarse: “Yo era un desgraciado” (p.43), “viéndome a mí mismo como ese hombre atado y débil que era y que vivía en el mundo de las palabras” (p.44), “¡ay, qué indigno era!” (p.49); lamentos cargados de autocompasión que alcanzan el paroxismo en las flagelaciones de las páginas 147 o 475, por ejemplo. ¿Y por qué, se preguntarán, es tan desdichado Karl Ove Knausgård? Pues, a tenor de lo que él mismo nos confiesa, porque es escritor y sólo se siente feliz cuando escribe; porque detesta la uniformidad de la clase media sueca y siempre está deseando vivir en otra parte, estar y no estar, cuidar a sus hijas y no hacerlo; porque se toma la vida como una carga, y quiere ser una buena persona, y quiere ser libre, y quiere que le quieran, y se deprime aún más cuando se dice que debería ser feliz con su familia y en cambio se descubre cada vez más deprimido. Ante este comportamiento de adolescente tardío, uno puede sentir empatía (cuando no puede evitar complacer a todo el mundo y subordina sus deseos a los de los demás, o no es capaz de hacer una reclamación en un restaurante o describe los aspavientos de la paternidad en el siglo XXI), pero también irritación (cuando se defiende contando todo lo que se ve obligado a hacer, trasluce su sacrificio mal llevado por mucho que lo revista de altruismo, o muestre su ridículo complejo de feminidad cada vez que arrastra un carro).

Considera Karl Ove Knausgård, incardinándose en la tradición de pensadores antiliberales cercanos al cinismo, que el consenso socialdemócrata asentado por la generación de sus padres no da respiro al instinto ni la irracionalidad, confunde igualdad con homogeneidad y cercena la libertad interna. “No es que nazcamos iguales y las condiciones de vida hagan nuestras vidas diferentes —postula—, sino al revés, nacemos diferentes y las condiciones de vida igualan nuestras vidas”. Ya en el primer volumen de su obra Knausgård narraba la relación tormentosa que tuvo con su padre; el refinamiento cultivado que se encuentra al llegar a Estocolmo le agrada y repugna a la vez porque es semejante al de su madre; incluso llega a reconocer que su desprecio por los modales y el igualitarismo sueco puede llegar a ser una proyección del odio por sí mismo, comparándose con su compatriota Knut Hamsun. Al mismo tiempo, muestra su admiración por la virilidad y el honor que su amigo Geir ve aún en el boxeo, reflexiona sobre el nihilismo y Dostoievski, y lo que James Wood ve como el idealismo de la lucha contra la conformidad de la vida burguesa contemporánea, a otros puede parecer algo naif, una conversación de ‘beautiful loosers’, una desinhibición repleta de arrepentimiento y vergüenza y pensar, como dice Geir, que en su literatura Knausgård “llora en una limusina”, puesto que ni se tiene que ganar la vida con un oficio ajeno a la literatura ni deja de disfrutar de las ventajas sociales del sistema político que le da tanto asco.

Más que un atentado contra la decencia, la buena educación y las convenciones, Un hombre enamorado es el tratado psicológico —un escrutinio doméstico reproches a la pareja incluidos— de quien no acepta las consecuencias de haber tomado una decisión para la que nadie le puso una pistola en la cabeza. “Era como si sólo existiera mi interior”, repite de una u otra forma. Y el egoísmo, la frustración, el resentimiento, la ira y el aburrimiento de la crianza de los hijos resultan de lo más reconocible para cualquiera que haya pasado por esa situación aunque, más que incomodidad, produzcan indignación al abusar tanto de la jeremiada. Eso no es un modo de inocencia, como parece que se nos quiere hacer ver, una verdad lacerante, una forma retorcida de bondad metafísica. Cuando uno habla de malditismo literario ya no se refiere a Rimbaud ni a tres o cuatro bohemios bebiendo hasta destrozarse el hígado: el malditismo literario es también creerse único, especial, acreedor de algo, con prerrogativas sobre el resto; pensar, como decía Cyril Connolly, que no hay mayor maldición para un joven escritor que un carrito con un bebé llorando en la puerta del cuarto de trabajo. “Yo no pedía más de la vida que eso. Quería estar en paz, quería escribir.” Y ésa es una lucha que quizás no debería culpar a las circunstancias del contexto. Cualquier padre de familia sufre igual o más que Knausgård y no escribe una novela de seiscientas páginas para pregonarlo. Tal vez su anhelo por fundirse en la naturaleza, su contemplación de los fiordos noruegos, su deseo infructuoso de detenerse a observar las cosas concretas en plan Hölderlin o Lucrecio, y desterrar a la inteligencia de la vida cotidiana, sea incluso la manera que tiene Karl Ove de reconocerlo. La novela gana cuando se adentra por ahí, cuando sale del ensimismamiento y se atreve a mirar con los ojos del otro, pero rápidamente lo vuelve otra vez todo hacia dentro, y uno tiene la sensación de que, a diferencia de David Foster Wallace, que tampoco salió nunca de su espiral, en esa autoconsciencia que se pretende tan inteligente lo que falta precisamente es inteligencia: inteligencia emocional; inteligencia para dejar de estar deprimido y hacer feliz a los otros. La lucha de Knausgård es tan de este mundo que no dice nada que no se sepa; de hecho, es la misma lucha de cualquier escritor, albañil o ginecólogo; y tampoco su mirada es muy singular, que digamos. Desde luego, nadie podrá restarle mérito al coraje privado de ponerla por escrito, aunque tampoco réditos. Pero Un hombre enamorado es una buena novela con momentos que trascienden de su prosaica tónica general. Que a mí me haya recordado mucho a la teoría del pony de mi amigo Recaredo Veredas, me haya parecido la justificación de quien se ahoga en un vaso de agua y me haya disuadido de leer el resto de libros de la saga, no le resta capacidad de conectar, sino todo lo contrario, con el lector contemporáneo. Su pulsión terapéutica —más propia quizás del diario íntimo, la consulta del psiquiatra o el hombro de un amigo—, unida a su exhibicionismo vendido como autenticidad sin freno, están de hecho garantizando su éxito. Ya decía V. S. Naipaul que para ser un escritor grande de verdad había que sacrificarlo todo. La empresa de Knausgård ha sido avalada además por el paraguas del superagente literario Andrew Wylie y por escritores como Zadie Smith o Jeffrey Eugenides. Por su parte, la crítica la ha comparado en su exageración habitual con la obra de Marcel Proust. Quizás olvidan que cuando Proust publicó En busca del tiempo perdido casi nadie le hizo caso.

admin

13 comentarios

  1. Una crítica muy interesante. No obstante, me parece que las mayores pegas que le pones son de índole filosófico o moral o ambas cosas y no literarias (tal vez estoy equivocado). Me recuerda a una charla que tuve con un amigo mío al que le gustaba Lost in Translation, pero odiaba María Antonieta (las dos de Sofia Coppola), porque le parecía inmoral hacer una película sobre la Revolución francesa en la que el pueblo estuviera completamente ausente. Yo le repliqué que en María Antonieta el pueblo no existía, como tampoco existían en realidad los japoneses en Lost in traslation, pero las virtudes estéticas de ambas películas son similares…. Bueno, a lo que iba: no me ha quedado claro si no te ha gustado cómo escribe este señor o lo que no te ha gustado es sobre qué escribe.

  2. Me da que Coradino, más que cuestionar a Knausgård (que también), le está pegando una colleja a la industria del libro y de paso a los lectores «borregos»…

  3. Yo, que sí he leído a Knausgard (aunque no este libro, sino el primero de la saga), creo entender a lo que se refiere Coradino aquí con mucho acierto. Cuando las pegas alcanzan esa «índole moral» a la que se refiere Martínez Ros, me temo que es porque el cocido literario no ha estado a la altura del personaje. Me explico: las vicisitudes del amigo Karl Ove son en realidad tan anodinas que sólo podrían sostenerse con una propuesta literaria de altísima calidad, con una mirada original (ya que la historia no lo es). Siempre pongo el ejemplo de Levrero, que en «La novela luminosa» nos regala páginas deliciosas de su observación de una paloma muerta en el patio interior de su casa, y las reacciones de las demás palomas ante el cadáver… en fin, una chorrada, pero contada de TAL manera, con tanta personalidad, que la anécdota se engrandece. En el caso de Knausgard, el relato de una vida plana aparece con una narración plana, llena de sobreescritura: la bufanda se enrolla al cuello, el personaje cierra la puerta al salir, el sillón está al lado de la ventana, le echa mostaza al perrito caliente, lo muerde, lo traga… Entonces el lector siente irritación, a qué viene todo esto, y la irritación se extiende al personaje. A mí me pasó algo parecido, aunque en «La muerte del padre» sí encontré valor en la última parte, donde sí hay, por fin, una historia y donde esa narración demorada encuentra su sentido.
    No sé si hablaría yo de lectores borregos, pero el fenómeno Knausgard, pegando fuerte en montones de países, es sorprendente. Quizá esa vida normal contada de manera tan plana hace sentir bien a los lectores, que se sienten indentificados. Pero para eso ya tenemos cada uno nuestra propia lucha, digo yo.

  4. Lamento no haber sabido explicarme mejor, Sr. Ros. Yo no creo que se puedan hacer distinciones entre la forma y el fondo: en mi opinión, el contenido es el continente y viceversa, de modo orgánico, indisoluble. Mis pegas no son «morales», si por morales entendemos una censura o denuncia inquisitorial. Cada uno puede escribir sobre lo que le parezca, con los límites que se ponga a sí mismo: allá cada uno con sus responsabilidades. A mí Knausgard lo que me parece es un quejica, y su lamento tiene su correlato en un lenguaje light, como me parece que se puede apreciar en el extracto que cito (lleno de explicaciones corporales innecesarias -como dice Sara-, epítetos estupendísimos y adverbios tremendistas). Ese lenguaje light conecta, creo yo, bastante bien con eso del «espíritu de los tiempos». Lo que ocurre es que, en vez de criticarlo u observarlo con una mirada original, se limita a reproducirlo convirtiéndose en un síntoma involuntario, bastante claro, de su lasitud literaria y su precariedad social y psicológica, o lo que es lo mismo, de su victimismo. De ahí quizás su éxito…

  5. Por alusiones, bien está matizar que el «borreguismo» al que hacía referencia no iba referido (valga la redundancia) al hecho en sí de leer a Knausgård sino al hecho de leerlo y no atreverse luego a confesar que no te ha gustado, por miedo a romper la tónica de la industria/crítica que viene diciendo que esto es lo más grande desde que se inventó el chicle. Por este motivo, valiente Cora, valiente Sara. Sois buenos borregos y os emplazo a un serranito el sábado.

  6. Una vez en la cocina, cogí el cuchillo de sierra que compraron mis suegros en el Bazar Victoria el invierno pasado. Era un buen cuchillo, porque rasgó perfectamente la blandura del bollo de ayer, olvidado al fondo de la panera entre migas duras. Toqué la sartén y estaba caliente, así que extendí el filete, lo salé y coloqué a su lado el pimiento verde más grande que encontré en la nevera. Mientras el aceite y la plancha hacían su labor, saqué del envoltorio dos lonchas de jamón serrano, no prestando demasiada atención a los separadores de plástico que delimitaban el inicio de una y el final de la otra.
    Cuando el aroma de la carne reveló que estaba en su punto, saqué con unas pinzas el filete de cerdo y lo coloqué sobre el medio bollo frío. Luego, lo cubrí con el pimiento, que había adquirido tonalidades grisáceas, y el jamón. Tapé el serranito con el otro medio bollo, cogí una servilleta y una cerveza y fui a sentarme al salón.

  7. Knausgård tiene cara y pose de gran fornicador. Es el Varoufakis de las letras. Y lo que tenéis ustedes es endivias.

  8. Para describir la impotencia del artista que no puede ejercer su arte por culpa de su familia ( y otros menesteres) no hacen falta 600 páginas, tan solo las 30 de ‘Jonas o el artista trabajando’, de Albert Camus.

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