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Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul

Serie especial de reseñas de verano: nos estamos dedicando a rescatar el volumen más destrozado que tenemos en nuestras respectivas bibliotecas. Y he aquí una historia más.

lolitaJOSÉ MARTÍNEZ ROS | El libro que me acompaña desde hace más años, y quizás también el más maltratado tras un sinnúmero de relecturas completas o parciales, es Lolita de Vladimir Nabokov. En la portada aparece el cartel de la adaptación dirigida por Adrian Lyne dos años antes –una película no demasiado destacable, pero engrandecida, a mi juicio, por la soberbia interpretación de Jeremy Irons, un actor más que ideal para interpretar a Humbert Humbert-. Acabo de comprobar que es la novena edición de bolsillo de los “compactos” de Anagrama de febrero de 1999: lo leí por primera vez cuando tenía diecisiete o dieciocho años; algunos detalles se han difuminado a través de la niebla del tiempo, pero estoy bastante seguro de que lo adquirí gracias a los vales que recibí tras ganar el primer premio de poesía y el segundo de relato (o viceversa) del instituto; el importe eran unas 2500 o 3000 pesetas, lo que, en aquella época, era suficiente para adquirir un par de libros de bolsillo en una librería local.

Los había ganado igualmente los dos años anteriores –sí, probablemente fuera un adolescente repelente-, y de ese modo, adquirí buena parte de las que fueron, por así designarlas. Si no recuerdo mal, antes de Lolita, compré el Romancero gitano de Lorca (que leí tantas veces que me aprendí de memoria un buen número de poemas y que fue el culpable de que mis primeros, y muy ridículos, intentos de versificación estuvieran plagados de una ostentosa parafernalia lorquiana). El extranjero de Camus (un libro que sintoniza muy bien con el desarraigo inherente a la primera juventud, y que fue mi favorito durante varios años), Viaje a la Alcarria de Cela (una de mis mayores heterodoxias literarias es seguir creyendo que CJC era un grandísimo escritor, y hace poco escandalicé a un buen amigo al confesarle que, por ejemplo, prefería Mazurca para dos muertos a cualquiera de los muchos libros que he leído del recientemente difunto Philip Roth) y La peste, de nuevo otro Camus (aunque mucho más coñazo que el previo).

En 1999, le tocó el turno a La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, una novela estupenda que, en un primer momento, no entendí y abandoné a las pocas páginas –tuve un problema con el humor literario que me duró varios años, y que creo que me curó a mediados de la veintena una ingesta masiva de libros de Eduardo Mendoza-, y que tardaría en retomar; y el otro, como decía, fue Lolita. Esa misma edición, desde entonces, me ha acompañado a lo largo de diversas mudanzas, en las tres ciudades en las que he vivido desde que dejé la casa de mis padres; ha sido enterrado en cajas de cartón llenas de libros y exhumado más veces de las que puedo recordar, hay capítulos concretos que tal vez haya leído en diez o quince ocasiones.

Como todos sabemos, el fulminante éxito de la publicación semiclandestina de Lolita en París permitió a Nabokov dedicarse plenamente a la literatura –y ello nos deparó otras dos novelas llenas de maravillas: Pálido fuego y Ada o el ardor-, y pasar sus últimos años, en compañía de su adorada esposa, Vera, en un lujoso hotel suizo. También que desde el mismo instante de su publicación, se ha convertido en piedra de escándalo.

En los cincuenta, los aspirantes a censores profesaban una determinada ideología o fe o sistema de creencias que les hacía considerar que la más refinada y bella ficción narrativa de la segunda mitad del siglo XX era una obra abominable; los actuales, tienen una muy distinta; lo único seguro es que Lolita, convertida en un arquetipo universal, les sobrevivirá a ambos, y pervivirá como una de las más altas realizaciones de la imaginación humana mientras se siga practicando el sencillo y subversivo acto de leer. También, quizás como reacción a los censores, se han multiplicado las interpretaciones “morales” de la novela de Nabokov. Su autor se rió de antemano de todas ellas en el prólogo atribuido al doctor John Ray Jr, en el que la punzante ironía de su autor resuena de aquí a San Petersburgo, como mínimo.

He comprobado, al hojearlo con motivo de este pequeño texto, que unas cuantas páginas ya se han desprendido totalmente. Voy a intentar encolarlas y ponerlas en su sitio, pues espero que me pueda acompañar otros veinte años, al menos.

Lolita (Anagrama, 1999), de Vladimir Nabokov

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