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Los reyes del espacio infinito

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CAROLINA EXTREMERA | Al principio de La Joven Frances, la protagonista se encuentra paseando con su mejor amiga, Vicky, y ella le recita unos versos de Hamlet: “Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme el rey del espacio infinito, si no fuera porque tengo pesadillas”. A Vicky la frase le recuerda a Frances porque padece insomnio. Pero en realidad esta cita resume todo lo que nos quiere decir Hartley Lin con su cómic y también es un punto de partida interesante para reflexionar sobre el trabajo, la vida social y la manera de sobrevivir en el mundo de hoy en el que cada vez más personas acuden al psicólogo porque no saben cómo lidiar con el estrés de sus empleos o con la ausencia de tiempo libre derivada de las obligaciones. Muchas veces vivimos en una cáscara de nuez y se espera de nosotros que, aún así, seamos los reyes del espacio infinito y acabamos sintiendo como un fracaso el no conseguirlo, el no lograr ser felices gracias a nuestra fuerza interior porque, al fin y al cabo, no estamos pasando hambre, no estamos en guerra, no tenemos enfermedades graves. No me extraña que algunos tengan pesadillas.

Para insertar

Frances Scarland es asistente administrativa en una enorme bufete de abogados y tiene muchas más obligaciones y responsabilidades de las que en principio entrañan su puesto y su sueldo. Además, tiene que mantenerse al día con la vida social de la empresa mientras trata de conservar a su mejor amiga que es muy diferente a ella, casi un agente del caos, pero con la que le une un vínculo entrañable e indestructible. Para compensar su estrés, intenta correr, cambiar su entorno de sueño o leer, pero nada funciona y no consigue dormir. Hasta aquí, la situación en la que se encuentra buena parte de la población mundial en los países desarrollados, sobre todo si se trata de personas jóvenes.

Sin embargo, el autor cuenta todo esto con un virtuosismo que no deja indiferente y convierte una historia muy común en algo especial, conmovedor. Cada personaje está trazado con precisión, no solo gráfica, sino también literaria:  la introvertida Frances, la alocada Vicky, el despiadado Nathan, Peter, que es como un ancla que mantiene las cosas en su sitio, la acosada Nina y, por supuesto, el jefe, Castonguay, que está representado por una figura enorme de cabeza pequeña con los ojos vacíos y está prácticamente desprovisto de sentimientos. El ambiente está plagado de correlatos como el trozo de revestimiento del edificio de la empresa que cae a plomo aplastando a un pájaro o el halcón solitario que se posa en los árboles de madrugada. Desde el punto de vista artístico lo más interesante es el manejo de los silencios. A veces, aparecen varias viñetas seguidas en las que se representan casas, calles, árboles, todo vacío, con apenas unos trazos paralelos, que crean un efecto de reflexión, de pureza. En general, todo el dibujo en La Joven Frances es tremendamente expresivo y muy conseguido, pero Lin utiliza solo trazos en blanco y negro. Asombra ver la variedad de gestos que puede obtener en las mismas personas, todos muy naturales, sin emplear sombras ni ninguna variedad del gris.

Aparte de los méritos narrativos, también se puede decir que este cómic aborda muchos temas importantes de la sociedad como el trato desigual para hombres y mujeres en la empresa, la maternidad, el vacío emocional del ambiente empresarial o la precariedad de jóvenes que fueron con Frances a la universidad y ahora limpian o atienden en supermercados. Y todo ello sin sermones ni aspavientos.

Todos hemos sido Frances alguna vez, sobre todo de muy jóvenes. Tal vez por eso llegue tan adentro esta historia de una joven introvertida que quiere cumplir con su trabajo, salir y participar en todos los concursos y asuntos corporativos pensando que si no lo hace perderá algo. Todos hemos estado en su piel, en momentos de nuestra vida en los que no éramos capaces de pensar a solas ni un instante y, por tanto, no conseguíamos conocernos a nosotros mismos ni saber qué necesitábamos ni quiénes éramos. Nos hemos agotado igual que ella. Hay una viñeta que me ha conmovido especialmente, en la que Peter dice, dentro de su coche: “Solo es un trabajo, no es lo que soy”.

La Joven Frances (Editorial Astiberri, 2018) |Hartley Lin |Traducción de Santiago García| 144 págs. | 18€

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