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Malos sentimientos y buena literatura

9788416142019

 

La comemadre 

Roque Larraquy

Turner, 2014

ISBN: 978-84-16142-01-9

160 páginas

11,90 €

 

 

 

Luis Manuel Ruiz

Que la realidad se solidifica en sus zonas más turbias, esas que nos hacen fruncir con una duda el entrecejo o la aleta de la nariz; que nunca se sabe qué es esa cosa, la realidad, a la que nos han acostumbrado a creer la metafísica y las crónicas de sucesos; que el monstruo es la criatura más sofisticada que la naturaleza ha producido, porque se ha esmerado en añadirle o restarle apéndices de los que se despreocupa en sus producciones en serie; que el héroe no es nunca héroe, sino su negativo, su aproximación, un retrato borroso que busca el perfil de las estrellas de cine pero que se queda en los agujeros negros de la psiquiatría o el arrabal. Estos, y algunos otros, constituyen los postulados básicos de lo que podríamos dar en llamar ‘new weird’, una corriente literaria de breve recorrido (la Wikipedia fecha el parto en 2001) con crédito mayoritario en los países anglosajones pero que ya cuenta en castellano con practicantes de eficacia probada. Hace unos meses hablábamos de las bicefalias y los argumentos lisérgicos del Colectivo juan de madre, cuyo new mYnd (Aristas Martínez, 2014) puede ser adscrito sin desdoro a dicha tendencia. Y lo mismo cabe añadir, ahora, de esta primera novela del argentino Roque Larraquy, una exploración soberbia sobre la maldad, el asco, la locura, la muerte y la inmortalidad y las aguas cenagosas que les sirven de frontera.

Las tres líneas de la solapa nos avisan brevemente de que Larraquy nació en 1975 y de que ha ejercido el guión cinematográfico; dicha parquedad contrasta con los logros de su prosa, llena de ritmo y de ocurrencias luminosas que en ocasiones la aproximan al aforismo. También la estructura de la novela (resignémonos al sustantivo a falta de rótulo con mayor puntería) resalta por su ambición; dos narraciones alternativas, sin aparentes puntos en común, situadas en planos y épocas diferentes y no obstante conectadas por aguas subterráneas: objetos que se repiten, lugares que vuelven a visitarse, recuerdos que estallan de nuevo, y por sobre todo ello una sensación tortuosa de cosa siniestra y tremenda, de revelación a través de una mirilla, quizá como la fiebre que está a punto de sacarle los sudores últimos al moribundo en su almohada. De hecho, la ligazón más obvia entre ambas mitades del relato, o entre los dos relatos, figura en el título de la novela y en la metáfora que le sirve de excusa; copio las explicaciones de las páginas 93-94: “… el islote Thompson, en Tierra del Fuego, es el único lugar del mundo donde crece una planta de hojas aciculares conocida como ‘comemadre’, cuya savia vegetal produce (en un salto de reinos no del todo estudiado) larvas animales microscópicas. Las larvas tienen la función de devorar al vegetal hasta resecarlo por completo. Los restos se dispersan y fecundan la tierra, donde se reanuda el proceso… Si se extraen las larvas en condiciones de laboratorio, el vegetal crece hasta que no puede sostener su propio peso, y muere sin reproducirse”.

La diana a la que apuntan los dos argumentos resulta así iluminada: nos hallamos, o eso pretende el título, ante variaciones gemelas sobre el tema de la corrupción y la necesidad del estiércol para la renovación de la vida futura. Todo ser sirve de banquete a sus propios parásitos, que le roen por dentro como malos recuerdos: pero esas mismas lombrices, u hongos, u obsesiones, le permiten reproducirse y prosperar, extenderse más allá de él en obras que no son él mismo. De hecho, si las lombrices faltan la criatura acaba por asfixiarse, estéril, bajo su propia inutilidad, bajo el peso de su autocomplacencia. La moraleja es que el horror, la angustia, el remordimiento y la masacre son imprescindibles para la creación. Por eso los anacoretas, que quieren ser santos, se imponen a ellos mismos el deber del celibato. Aquello que debe prolongarnos sólo puede alimentarse de lo más negro que apesta el pozo de nuestro interior. Lección con tintes de crepúsculo, sin duda, pero no carente de acierto: las flores de colores más rabiosos crecen siempre en las laderas del cementerio y los malos sentimientos no son condición exclusiva de la buena literatura.

El primero de los dos relatos, y el mejor para mi gusto, retrata a un conciliábulo de médicos desquiciados en un sanatorio en las profundidades de Argentina a principios del siglo XX. El aburrimiento, el deseo de descollar, la persecución de la misma mujer (una enfermera de perfil que sólo adquiere volumen cuando se detiene a fumar en los rincones) les hace concebir un proyecto con un pie en la genialidad y otro en el desastre: decapitar enfermos terminales con el fin de enterarse de qué sucede en los breves segundos que sirven de vestíbulo a la muerte. El doctor Quintana, narrador de este primer episodio, sirve de personificación de la comemadre en cuanto permite que su atracción por la enfermera Menéndez, más voraz y dañina que ningún parásito, le lleve a violar alegremente todos los códigos éticos y a arramblar con centenares de enfermos de cáncer para coronar su experimento. Sólo ese éxito le permitirá obtener descendencia: aunque sea, como el lector descubrirá al final del volumen, una progenie malograda por el azar y la falta de sentido.

La segunda mitad matiza y deforma las virtudes de la primera. Lo que el relato del doctor Quintana tenía de fantasía gótica y poesía surrealista, se aproxima aquí al ‘weird’ más negro y nuclear. Toma la palabra un artista plástico sin nombre, que nos narra una infancia de niño prodigio y una adolescencia de obesidad y odio. A lo largo de una existencia poblada por animales conservados en frascos, mutilaciones, operaciones de cirugía estética, instalaciones con bebés de dos cabezas, el protagonista de esta segunda sección es víctima de sus personales ácaros, en este caso las ínfulas del artista y la pretensión de encumbrarse por encima de los demás, para dejar tras de sí una obra cuyo valor no es menos dudoso que la del doctor que le precede. Ambas tramas, como hemos dicho, se hallan ligadas por una serie de factores comunes que se repiten en forma de eco aquí y allá: unas ranas de juguete con cascabel, el Palais de Glace, el Sanatorio Temperley, la repugnancia, el horror.

¿Quién demonios es este Roque Larraquy?, se preguntaba Ignacio Echevarría cuando se produjo la aparición de esta demoledora novela en la Argentina, y lo mismo podemos preguntarnos nosotros. Yo tampoco lo sé: sólo sé que seguiré buscándolo en las librerías.

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