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Manicomio, Sección II

ILYA U. TOPPER |

Lo conocimos con El loco de la plaza Libertad, aquella colección de relatos iraquíes ubicados en esa zona de colores psicodélicos que separan delito y delirio. Ahora vuelve Hassan Blasim (Bagdad, 1973) con una segunda entrega: El Cristo iraquí.

Una segunda entrega de un poemario o un conjunto narrativo permite a menudo observar un cambio en la mirada del autor, una evolución, un proceso de maduración (o de pérdida de frescura: de todo hay). Otras veces no: se nos queda más bien la impresión de que el escritor había acumulado cierto volumen de material y al encontrar editor para su primer libro, seleccionó las mejores piezas. Éxito de ventas. ¿Tiene usted más? Por supuesto. Y va una segunda entrega con los poemas o relatos que se quedaron fuera en la primera criba.

Tengo la sensación de que esto es lo que pasa aquí: El Cristo iraquí mantiene y continúa el mismo concepto que teníamos en El loco…, de forma casi matemática: el grueso de los relatos está ubicado en el Iraq de la guerra y posguerra, a cual más cruel, alguno se desarrolla en la senda de los refugiados, ahí en los Balcanes, y uno o dos se ubican ya en el exilio, Finlandia en este caso (donde Hassan Blasim vive desde 2004). El foco no cambia. La calidad, desafortunadamente, sí.

Hay varios cuentos en El Cristo iraquí que no están mal. El primero, ‘El canto de la cabra’, tiene su aquel, su punto absurdo, casi cómico, dentro del mar de mierda, sangre y lágrimas que conforma el escenario. Pero pone de manifiesto otra de las flaquezas de Blasim: carece de final.

Esto, al menos, es algo que no se puede decir del cuento que da título al libro y que probablemente sea el mejor del conjunto: ‘El Cristo iraquí’. Tiene un final inesperado, aparentemente poco relacionado con la construcción del personaje, pero profundamente perturbador. Esto es: incitador a la reflexión. Podría escribirse un ensayo filosófico y ético entero sobre estas 7 páginas: ¿qué haría usted si tuviera que escoger entre matar a un puñado de inocentes o dejar que maten a una persona inocente? ¿Fácil? Pero ¿y si esta persona en concreto es su madre? Ya, pero ¿y si esta madre…?  Y todo esto con un protagonista que, ahí se muestra el arte de Hassan Blasim, se nos ha ha construido a lo largo del relato como la persona con más ganas del mundo de salvar vidas. Pero estamos en Iraq, y en el Iraq de la posguerra, el más cruel de los dilemas puede dejar de ser un delirio y pasar a formar parte de la realidad.

Hay algunas otras ráfagas de genio en el volumen. El creador de crucigramas habitado por un policía muerto. El concepto casi borgiano de personajes con la capacidad de volatilizar cuchillos o de volver a materializarlos, ah, pero ninguno de ellos sabe hacer ambas cosas. Este cuento —’Los mil y un cuchillos’— es mi favorito, porque no rebosa delirio y crueldad sino una magia infantil que es una especie de remanso de paz en un Bagdad convulso. No es que el cuento carezca de alguna muerte extremamente cruel, pero a estas alturas del libro estamos acostumbrados: ya casi no cuenta.  Y además, es prácticamente el único relato en el que sale una chica que no es ni abuela ni prostituta, e incluso tiene derecho a un nombre propio —Souad— como un personaje más, ríe, estudia, charla y hace magia como un personaje más.

Sí, esto es un rasgo con el que nos tropezamos también en otros ejemplos de la literatura iraquí moderna: parece tener muy poco presente que las mujeres puedan ser algo distinto a Umm Fulano (‘Madre de + nombre de un hijo’: así es la fórmula con la que en Iraq y buena parte de los países arábigos vecinos se dirige uno a cualquier mujer adulta: utilizar su nombre propio es una indecencia). Iraq no era así, antes. Pero el pasado ha quedado ahora tras una cortina se sangre.

Junto a varios relatos de relativamente correcta factura, con su nivel gore imprescindible (compartir un agujero con un djinn y un soldado muerto, matar solo para ver el miedo en los ojos de los demás…) hay otros más bien poco conseguidos e incluso uno que no parece salirse de esbozo de monólogo. Seguramente no todos los críticos piensen igual: el libro ganó el prestigioso Independent Foreign Fiction Prize en 2014 (en 2010, El loco de la plaza Libertad quedó finalista: quizás fuese una recompensa).

En resumen: si a usted, El loco… le ha gustado sobremanera, seguramente disfrutará también con este libro. Si no era especialmente de su gusto, este lo será menos. Y si todavía no ha leído nada de Hassan Blasim, le recomiendo probar con el primero. Que quizás tampoco sea para volverse loco, pero casi.

El Cristo iraquí (Galaxia Gutenberg, 2019) | Hassan Blasim |  Traducción del inglés: Amelia Pérez de Villar  |  250 páginas |  17,50 euros

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