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Manifiesto de la infelicidad

El mes más cruel

Pilar Adón

Impedimenta, 2010

ISBN: 978-84-937601-6-8

208 páginas

17,90 euros

Carolina León

¿Qué me decís del sentimiento gótico de la vida? Si nadie llegó a nombrar tal cosa, ya va siendo hora. Pertenezco a esa secta y es mejor que lo diga desde un principio. ¿Cuántos alzáis las manos? Declaro que adscribimos, quienes así sentimos, a un romanticismo sin límites temporales, menos trágico y más sutil, menos rimbombante y más venenoso. Diríamos que nos solazamos con lo extraño, lo incierto, lo enemistoso, lo cruel, moderadamente cruel, jamás estrafalario, siempre amenazante. Diríamos que tenemos querencia por el lado menos amable de la vida y que no nos fiamos ni pizca de quienes van por ahí declarándose felices.

Porque “la felicidad nos hace débiles“, dicta, en un parlamento, uno de los personajes de este libro, en el relato fundacional de esta colección (“En materia de jardines“). No hay cosa cierta en el mundo, ni límites concretos, ni se le pueden poner verjas a la sensibilidad. Porque el enemigo está en lo cotidiano, es parte de la naturaleza, y sobre todo parte de la naturaleza humana. Porque aquellos que más nos quieren más nos harán sufrir.

Declarado esto, también puedo aterrizar un poco acerca del libro que nos ocupa. Puede considerarse una colección de relatos góticos, en el sentido de que se pega a la realidad por medio de la sensibilidad huérfana, ceremoniosamente huérfana de su hermana razón, e investiga: cruzadas limítrofes entre dos mujeres, creyendo cada una que está ayudando a la otra (el mencionado arriba), aventuras infantiles en pos de un cadáver, transformaciones de identidad mediante (“El infinito verde“), niños aquejados de un mal tan impuro como el celo excesivo de sus cuidadores (“El fumigador“), encuentros de personas que no desean encontrarse y que, en el intertanto, dañan (“El mes más cruel“), visitas inesperadas y desasosegadoras (“Para que nada cambie“), huidas de situaciones que nos llenan de pavor y, por ellas, escapadas arbitrarias de la realidad (“Noli me tangere“), realidades que se nos escapan y a las que no sabemos dar justa respuesta (“Culto doméstico“)…

Y la irrealidad siempre propiciaba un ancho y venturoso espacio por el que moverse con cierto optimismo para lograr un objetivo tan primordial y tan intangible, tan lleno de obstáculos y de dudas, tan silencioso y tan afable, como el suyo“. Veamos por qué digo que es un libro gótico de relatos (ídem): aquellos escritores (ingleses, alemanes, franceses un poco menos) enviaban personajes y sus cuitas a parajes aislados, fantasmales o desérticos, a enfrentarse con sus miedos, y a escapar de la realidad. O, dicho de otro modo, a enfrentar otra realidad no tangible. A tocar esa otra cosa imposible de dilucidar por medio de la razón. Ahí llega Pilar Adón con una sensibilidad extraordinaria para el lenguaje, y para la creación de atmósferas, y envía a sus personajes -con sus cuitas- a otro mundo, irrealizable, ilocalizable, y ahí se las den todas. El terreno que pisa como narradora es uno bastante fangoso (y aquí el bosque, la montaña, el campo, la naturaleza, tienen una fuerza de átomo destrozado). Sabemos que lo que aqueja a Anne-Marie, por poner un ejemplo (“El viento del sol“), puede no ser más que la insatisfacción propia de la post-adolescencia y la renuncia a crecer. Sin embargo, Adón se niega a traficar con la realidad -escurridiza y torpe- y juega con personajes y lectores a crear otra irrealidad, literariamente más rica y más poderosa. Donde la amenaza está, siempre, en un libro que se abre, o en una hoja que cae, o en un viento que sopla, o en una palabra pronunciada.

Y ese resbaladizo terreno literario es, para esta autora, una piscina de infinitas posibilidades, donde ha sabido nadar con la presteza como aquel “El nadador” de John Cheever, juntando los elementos correctos en conjuntos armónicos, y así entregarnos cuentos contemporáneos y góticos a la vez: lo que esos personajes no saben hacer (por decir, encontrar la felicidad, o sentirse satisfechos con sus vidas) es terriblemente actual, aunque estemos leyéndolos en un mundo de coordenadas insondables.

Las necesidades humanas son simples y agrupables / hablar y que nos escuchen / entregar el corazón y que nos lo acojan“: entre los relatos, también hay poemas; otro lenguaje para penetrar en la realidad, un demiurgo bastardo hablando con un megáfono descacharrado, que sabe cosas que los personajes no alcanzan a manejar. No importan demasiado para el disfrute de los cuentos, pero llenan. En lo que respecta a esta lectora, el empeño de alcanzar con la prosa ese mundo de felicidad imposible, y pergeñar estos catorce cuentos notables -valientes, si se me permite, porque el horno de la actualidad no admite este tipo de bollos- es desde ya el hallazgo del año. Y, qué más quisiera yo, el renacer de cierto sentimiento gótico de la vida.

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