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Mapa de carretera para tiempos convulsos

La tiranía sin tiranosJOSÉ MARÍA MORAGA | Corren tiempos convulsos, acaso los más interesantes. Parece que el Ministerio de Cultura se encuentra un poco devaluado, no se tiene claro qué esperar de un ministro de ese ramo, hay quien directamente no ve necesario que exista ese ministerio. No estoy de acuerdo, yo quiero un ministro de Cultura digno, y a ser posible culto. En las últimas quinielas de ministrables sonó el nombre de David Trueba (no me lo invento, salió en Antena 3 Noticias) y ya sabemos lo que pasó al final pero me alegro mucho de que Trueba no sea ministro. ¿Por qué? Porque lo admiro profundamente. Hace años que venía bromeando sobre el hecho de que un creador tan completo y sobre todo tan lúcido merecería estar en el gobierno, antes que muchos pencos. Sin embargo, tras leer su último ensayo he cambiado de opinión porque me he dado cuenta de que España no necesita a David Trueba como ministro, sino como intelectual.

Esto, que pudiera sonar rimbombante, lo aclaro enseguida. No quiero artistas acomodados mamando del pesebre público, por bien intencionados que sean. Prefiero ver a un creador que admiro del otro lado de la barrera, frente a la administración, sacudiendo conciencias, algo que difícilmente podrá hacer quien representa a la institucionalidad. En este sentido, doy la bienvenida a La tiranía sin tiranos, la nueva obrita que Trueba ha dado a la imprenta y que aparece en la colección Nuevos Cuadernos Anagrama (eco de aquellos míticos aparecidos entre 1970 y 1982). Se trata de un ensayo breve aunque de una gran ambición. Por ponerle un pero, me hubiera gustado ver este texto en un formato mayor, más desarrollado, como un ensayo Anagrama de trescientas o más páginas. No ha sido esa la voluntad del autor ni de la editorial (elucubro aquí) y por tanto respeto la obra tal como es. Sólo que me hubiese interesado leer más, de ahí lo de que la hubiera querido más larga.

La tesis del ensayo es la siguiente: en el mundo actual parecemos haber logrado las más altas cotas de desarrollo tecnológico, libertad y comodidad y pese a ello no somos felices. El problema de fondo (siempre en referencia a nuestra sociedad occidental privilegiada) es que este supuesto progreso se ha estado basando en unos sacrificios enormes por parte de millones de personas, en la perpetuación de la injusticias y en la aparición de reglas no escritas encaminadas a aislarnos cada vez más a unos de otros, para hacernos más insensibles al sufrimiento ajeno. Tanto es así, que se ha alcanzado una verdadera tiranía del buen rollo (Trueba utiliza el término “ternura”), más perversa si cabe que las dictaduras clásicas porque al venir revestida de bondad resulta muy difícil de contestar.

El autor identifica las causas de los males de nuestro tiempo: la principal es el egoísmo exacerbado que nos hace perseguir una burbuja de comodidad. Acudiendo a la etimología de la palabra “idiota” (“[A]quella persona que se ocupa solo de sus intereses privados y no de la cosa pública”), David Trueba comienza por decir que “[d]entro de la burbuja feliz flota el bobo perfecto”). Otra causa sería un mal entendido concepto de ternura, que nos lleva a mirar a los demás con empatía (sin hacer nada por ayudarles) para así sentirnos mejor nosotros. Una tercera, el prestigio de la democracia (más bien de las mayorías) que, unido al concepto de “público”, hace que todo se mida en la sociedad como si fuese una competición deportiva. Por ejemplo, ya somos incapaces de valorar una obra de arte si no es mediante un sistema de puntuación, sea el ranking de taquilla o ventas, sean las “estrellitas” de una reseña. El arte rendido al comercio, degradado a la categoría de entretenimiento popular. Arte, al fin, desactivado, puesto que es incapaz de salirse de la norma que codifican las expectativas de éxito (únicos patrones válidos para su producción), y por tanto incapaz de incomodar a nadie.

El egoísmo y el solipsismo encuentran su caldo de cultivo idóneo en las redes sociales y su epítome en la mal llamada “economía colaborativa”. Las primeras permiten a la población cubrir sus necesidades (compras, ocio, socialización, incluso sexo) sin salir de casa, mientras se rigen por una cada vez más rígida moral de lo políticamente correcto; la segunda entroniza el individualismo capitalista haciéndonos creer que los jóvenes explotados son los emprendedores del futuro, los nuevos triunfadores (otra vez el símil deportivo). Tanto ensimismamiento y tan poco contacto real con los demás tiene como consecuencia lógica la devaluación de lo público, puesto que sanidad, educación o transporte privados proporcionan los mismos o mejores servicios que los públicos, de manera aparentemente más rápida y cómoda. ¿Quién apostaría entonces por la inversión en algo que es deficitario e inútil? Que cada cual se pague lo suyo, estando yo sano, ¿qué me importan los demás? El problema, claro está, es que no todo el mundo puede pagárselo. Esta defensa de lo público me ha recordado a la que hizo Tony Judt en su Algo va mal (2010), donde con similares argumentos se llegaba a conclusiones muy parecidas.

No cabe duda de que corren tiempos convulsos, pero no por el motivo apuntado en el párrafo inicial de esta reseña: aquello era una broma. Las verdaderas crisis están ocurriendo muy cerca, aunque casi nunca nos toquen o eso creamos. Crisis migratoria y de refugiados (más de 85 millones este año pasado). Cambio climático. Crisis demográficas… por no hablar de las de mentalidad y valores. Y es en esta última arena en la que quiere combatir David Trueba, por eso es tan importante que haya tipos como él fuera de los gobiernos y las instituciones. Ya Platón dejó dicho lo que opinaba de los poetas en La República. Últimamente Antonio Orejudo ha escrito que “Los intelectuales son unos hijos de puta”. Tal vez el menor de los Trueba sea socialdemócrata como el actual gobierno, pero pienso que el papel de los intelectuales es hacernos reflexionar, no gobernar. La reflexión de La tiranía sin tiranos no es el lamento de un profeta quejumbroso ni queda abierta al abismo del desasosiego. El ensayo se cierra con una nota de optimismo, una invitación a la acción y al tipo de acciones que deben conducir a una sociedad verdaderamente justa, verdaderamente libre y verdaderamente feliz. Claro que no se aportan soluciones facilonas a problemas dificilísimos (no era aquí el objetivo de Trueba), pero eso no quiere decir que no debamos escribir ni pensar sobre ellos. Dice el autor que aunque en apariencia se viva una época de mucha bondad y libertad, tal vez sea a costa de hacer sufrir a mucha gente. En otras palabras, que si en la actual tiranía no hay tiranos visibles, tal vez cada uno de nosotros individualmente seamos el tirano. Hace falta gente valiente que diga estas cosas.

La tiranía sin tiranos (Anagrama, 2018), de David Trueba | 96 páginas | 8,90 euros.

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