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Mapa de una ciudad convexa


Un incendio invisible

Sara Mesa

Fundación José Manuel Lara, 2011

ISBN: 978-84-96824-80-5

256 páginas

19,90 €

Premio Málaga de Novela 2011

Daniel Ruiz García

Cada realidad modela su propia extrañeza”. Esta reflexión del protagonista, que la autora deja caer como quien no quiere la cosa en medio de una de las tantas raras e inquietantes situaciones que se suceden en Un incendio invisible, resume con claridad el concepto y el territorio de la novela que hoy nos ocupa. Una novela en la que la narración parece desarrollarse sobre una realidad convexa, taladrada de cedazos y de accidentes, y donde todo parece a la vez cierto e inasible; maleable y rotundo. El gran acierto de esta novela tan atinada es, a mi juicio, la capacidad de Sara Mesa de construir un paisaje deformado, y ser capaz de poner en liza a personajes sobre ese paisaje, contaminándolos de toda su deformidad y su rareza.

‘Grosso modo’, la historia es la siguiente: un geriatra acude a la ciudad de Vado para asumir la gestión de un gran geriátrico, New Live. Pero Vado es una ciudad que se descompone a pasos agigantados y que se está despoblando, de forma que está muy cerca de convertirse en una gran ciudad fantasma. El geriatra Tejada también huye de algo, su espíritu se debate entre la melancolía y el hartazgo. Como todo en Vado, New Live se desmorona, y con él todo su microcosmos de humanidad inservible, vil y miserable.

En toda la novela se respira la soledad, el silencio, y aunque es una ciudad abrasada por el calor, es muy difícil como lector no sentir frío. El propio Tejada es frío de temperamento, abúlico, indiferente, incapaz de tomar grandes decisiones. Se siente atenazado por la conciencia, y su historia personal está marcada por alguna suerte de desgracia o infortunio. El hallazgo y la relación con una niña que pasa muchas horas junto a su perro deambulando por la calle será la única licencia de expansión sentimental pura y sincera de su estancia en Vado, donde todas las relaciones que establece (y muy especialmente la que mantiene con la recepcionista de su hotel) están marcadas por la sordidez, la indiferencia y el cinismo.

En ese talento de Sara Mesa como paisajista de territorios deformes juega un papel fundamental el estilo. Porque Sara Mesa escribe con un estilo aparentemente sencillo, pero sabe dibujar muy bien, y tiene facilidad para la metáfora certera. La voz narrativa participa afinadamente en la estrategia de contar asumiendo que se está hablando de un territorio extraño, de manera que sabe estimular al lector, conduciéndolo como un lazarillo guía a un ciego: marcando el camino pero escatimando detalles del recorrido.

Algo que asimismo destaca de la prosa de Sara Mesa es su tino en el dibujo de los personajes. Con pocas pinceladas, muchas veces a través del diálogo, compone tipos que muy rápidamente cobran cuerpo en la imaginación. Su pulso es expresionista, con dibujos en algunos casos cercanos a la caricatura. Algunos de ellos, como la vieja Clueca, parecen extraídos de un lienzo de Ensor. Hay al menos media docena de personajes memorables, y algunos de ellos tienen una presencia casi testimonial en la trama, lo que evidencia la desenvoltura de Mesa para crear personajes sólidos y solventes.

No sabría decir si estamos ante una novela futurista, fantástica, social o de suspense. Diríamos más bien que estamos ante una novela que se interna por el rugoso territorio de la extrañeza, donde los códigos convencionales no funcionan y donde para mirar hacen falta unos lentes especiales. Son los lentes para poder leer y disfrutar de la mirada de su autora, Sara Mesa, en una novela que inquieta tanto como gusta y que anima a pensar que todavía puede venir mucho más, y seguro que muy bueno.

admin

2 comentarios

  1. Tengo una foto de Sara Mesa en mi «sarilla» de noche. No puedo dejar de mirarla.

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