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Matar es tan fácil como escribir una novela negra

9788416396153_L38_04_xJOSÉ M. LÓPEZ | Cada vez son más las ciudades, pueblos o pedanías que se apuntan al carro de celebrar su particular semana de la novela negra. Del mismo modo, y junto a la ingente cantidad de editoriales especializadas en el género, otras más generalistas no pierden la oportunidad de crear colecciones dedicadas a publicar narraciones policíacas. Todos los países poseen una extensa nómina de autores especializados en asesinatos, atracos e investigaciones que acaecen dentro del conocido contexto patrio. Y, por supuesto, las hordas de lectores frikis acechan las librerías para comprar libros de un género que, según dicen los expertos, ha superado en ventas a la inexpugnable novela histórica. Pues sí, parece que la crisis que sufrió el género de los años sesenta a los ochenta está superada, y esto se ha conseguido gracias a las continuas innovaciones que los autores más talentosos han ido aportando: que si realismo social, que si profundidad en la psicología no solo del investigador sino también de los delincuentes, que si recrudecimiento de las escenas de violencia…. Y es que hay tanto donde elegir. Por eso, tengo que reconocer que cuando sale un nuevo escritor que cultiva el género nado entre el cosquilleo entusiasta por adentrarme en unos patrones narrativos que me entusiasman y la pereza de acercarme a un joven autor que no creo que pueda aportarme nada nuevo.

Y en esas estamos cuando echamos manos de la primera novela de Malcolm Mackay, presentado por Siruela como la nueva estrella de la novela negra escocesa. Su debut se llama Hay que matar a Lewis Winter. El tipo del título es un traficante de poca monta al que un capo de la mafia de Glasgow quiere cargarse. Se nos da información sobre quién va a ser liquidado, quién se lo va a cargar y quién planea la operación; también sabemos cómo y cuándo se llevará a cabo; sin embargo, no se deja claro el móvil: por qué un pez gordo de la delincuencia de la ciudad quiere acabar con un perdedor como Winter. Para matarlo contratan a Calum Maclean, un sicario profesional que va por libre, que se niega a estar en nómina de ninguna de las bandas que domina Glasgow. Es un lobo solitario, frío y metódico, que no ha nacido para arrodillarse ante ningún estúpido y despótico jefazo. En este sentido, Maclean se parece un poco a Joe Coughlin, el fascinante protagonista de Vivir de noche, de Dennis Lehane.

La primera parte de la novela me parece muy novedosa, ya que nos muestra los días previos a la muerte de un personaje desde dos puntos de vista. Primero, el narrador externo se acerca a cómo vive esos días la propia víctima, para, en el siguiente capítulo, mostrar los mismos días pero acercándonos a la mirada del sicario, de aquel que está vigilando desde fuera cada paso que da. Este juego de perspectivas nos aporta, además de la ya clásica duda acerca de la inestabilidad de lo real, un estado de intranquilidad ante la posibilidad de que cualquiera de nosotros podemos estar siendo vigilados en todo momento. Pero nadie está exento de sufrir esa incertidumbre sufrida por el lector o por el potencial difunto. El propio asesino puede convertirse en víctima, el cazador en presa, sobre todo cuando decides ir por libre, y no posee la protección de una banda que pueda guardarte las espaldas. Y esta angustia se intensifica más si, como buen conocedor de los detalles del trabajo sigiloso de un buen sicario, sabes cómo de la nada puede aparecer una navaja o una bala que acabe contigo de repente.

Al contarnos ese periodo en el que el asesino sigue escrupulosamente la cotidianidad de su víctima, Mackay parece estar escribiendo un manual para el buen sicario. La vigilancia a pie o desde el coche, la elección del momento menos arriesgado para llevar a cabo el crimen, cómo conseguir el arma, cómo deshacerse de ella… Todo está detallado con una precisión tan fría como la del criminal. Porque, como dice Maclean en un momento del libro, matar es fácil, lo difícil es hacerlo sin que te pillen. El autor se muestra igual de puntilloso a la hora de mostrar la labor de la policía: la llegada al lugar del crimen, los primeros interrogatorios, la corroboración de testimonios con los otros testigos, investigación de calle y de oficina… Ciertamente, el novelista parece haberse documentado bien, y este hiperrealismo dota de verosimilitud a la historia. Sin embargo, en ocasiones el ritmo de la novela se ve perjudicado debido a ese tono cansino y puntilloso.

Pero el punto fuerte del libro son sus personajes, que, aunque la mayoría se ajustan, en un principio, al arquetipo del género, se van humanizando con el pasar de las páginas, hasta el punto de adquirir cada uno una singularidad y hondura que termina convirtiéndolos en seres de carne, hueso y alma. En el lado de la ley se contraponen dos tipos de policías. Fisher es el veterano de ética impoluta, concienzudo en su trabajo, pero misántropo y solitario. A Graig, sin embargo, no le importa llevar a cabo algún que otro trato con los delincuentes, hacerles a veces de chivato, y sacar tajada, por qué no, de alguna operación policial. Los dos son compañeros y los dos se odian. La nueva camada de agentes la representa Higgins, joven policía cuya problemática familia lo compromete a mantener relaciones con el crimen organizado. Zara, la chica de Winter, es la típica ‘femme fatale’, madura pero aún atractiva, y, por supuesto, con tres valores inquebrantables en su vida: ella misma, ella misma y ella misma. Jamieson es el jefazo de la banda, un tipo rudo y sin escrúpulos, y Young es su mano derecha y contrapunto, alguien inteligente y fiel a su jefe. Son muchos más los personajes que aparecen tan solo esbozados, pero que prometen dar mucho juego en el futuro. Y es que hay que aclarar que nos encontramos ante el primer libro de una trilogía. Es en este sentido, teniendo en cuenta que estamos ante un primer capítulo de una historia mayor, como mejor parada sale la novela. Así, como prometedor preámbulo de una historia sostenida por un personaje realmente consistente. Nos referimos al sombrío asesino Calum Maclean, envuelto en una disputa continua por mantener su independencia frente a las bandas del crimen organizado.

Escribir una trilogía es arriesgado. Inevitablemente sabes que el segundo libro no va a tener más lectores que el primero (como mucho, los mismos, e, irremediablemente, algunos menos), y lo mismo sucederá con la tercera entrega. Yo voy a estar entre los que suban el segundo peldaño. El tercero, ya veremos. Sí, matar es fácil. Tanto como escribir una novela negra. Lo difícil es que no te pillen, o que sigan leyendo tus obras posteriores. La clave para llevar cabo con éxito ambas tareas es el talento. Y aquí parece que lo hay.

Hay que matar a Lewis Winter (Siruela, 2017) de Malcolm Mackay | 239 páginas | 17,95 € | Traducción de María Corniero

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