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Menú degustación

190503 El árbol del que penden

EDUARDO CRUZ ACILLONA | ¿Puede existir alguien a quien se le ocurra dedicar su vida a investigar los efectos de la contaminación provocada por el ser humano en las microalgas marinas?… Vale que Ángel León, más conocido como “el chef del mar”, ha hecho negocio con sus menús a base de algas marinas convirtiendo el fondo del mar en una especie de infinita y sorprendente huerta, pero de ahí a dedicar tu tiempo y tu esfuerzo a poner tus dioptrías al servicio de la lente de un microscopio…

Hace no muchos meses, el susodicho Ángel León, no sé cuántas estrellas Michelín, sorprendió a propios, extraños y miembros de jurados gastronómicos con un plato de algas que, al revolverlas en un cuenco transparente, emitían luz. Comer luz, qué cosas… Y seguramente fue esa misma luz la que iluminó la mente de quien se hace llamar Ignacio Moreno-Garrido, más conocido en redes sociales como Microalgo Marino y respuesta a la pregunta del primer párrafo, para dar a luz, valga la redundancia, el libro que tenemos entre manos y que tuvo la osadía de titular El árbol del que penden las chirimoyas fritas (porque para llorar ya tenemos los telediarios).

El título, ya de por sí, es toda una declaración de intenciones: aquí dentro hay cachondeo y del bueno. Estructurado en diferentes bloques, el autor aborda asuntos genéricos como el amor, la ciencia ficción, los localismos, la escena teatral, la locura y, para terminar, los dioses, demonios y algún que otro santo. Y lo hace con originalidad, con atrevimiento, buscándole hechuras nuevas al relato clásico para descubrir estructuras diferentes y puntos de vista originales. Al igual que el chef del mar, Microalgo (si me permite la confianza de llamarle así, ya que somos amigos en Facebook) intenta sorprender al lector con propuestas heterogéneas y, aunque le queda recorrido para conseguir una estrella Michelín literaria, cumple su objetivo con suficiencia.

En algunos textos, los de estilo y temática más costumbrista, la cocina huele a un Jardiel Poncela revisitado y reinterpretado. Por su parte, en algunos de los textos enmarcados en el bloque dedicado a los localismos asoman aromas de ese Cádiz que comparte el autor con Fernando Quiñones, el maestro en trasladar a la literatura el habla de la calle, de los mercados, de las plazas, de las charlas en las casapuertas… Por último, por cerrar las referencias, he podido degustar al gran José Luis Cuerda en los relatos más iconoclastas y surrealistas, algunos de ellos, con los que más me he reído, presentes en el bloque relativo a Dios y al demonio.

El libro, como el título, es largo. Demasiado largo, quizás, para tratarse de un primer libro de relatos. El pecado del principiante, ese impulso que nos lleva a querer mostrar todo lo que llevamos dentro y en lo que venimos trabajando desde hace años. Y aunque el libro no decae en ningún momento, sí que podría haberse realizado una mínima criba, la suficiente como para dejar al lector con la sensación de que le hubiera gustado leer más. Por seguir con el símil gastronómico que impregna esta reseña, mejor quedarse con un poco de hambre que lleno y con el botón del pantalón desabrochado.

No obstante, este menú degustación que nos propone Moreno-Garrido supone una agradable experiencia para los sentidos (en especial, para el sentido del humor) y adivina a un autor de largo recorrido con muchas nuevas propuestas que ofrecer. El vino, eso sí, lo ponen ustedes.

Y si al final notan cierto dolor de estómago, no lo achaquen a la comida ingerida. Es señal inequívoca de que se han hartado de reír. Que aproveche.

El árbol del que penden las chirimoyas fritas (Editorial Cazador de Ratas, 2019) | Ignacio Moreno-Garrido | 243 pags. | 12€

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