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Mi primera distopía, Chispas

CAROLINA EXTREMERA | ¿Que Bill Gates nos va a poner a todos un nanobot en el cuerpo a través de las vacunas de la Covid – 19 y lo va a usar para controlarnos mediante el 5G? Cuánta sutileza. Demasiada, diría yo. Os voy a contar, en cambio, cómo va a ser de verdad el Apocalipsis: van a venir los Trípodes. Llegarán del espacio y os advierto ya que es inútil resistirse porque, una vez que os hayan instalado La Placa en la cabeza, os volveréis dóciles y solo vais a querer servirles. No lo digo yo, lo dice Samuel Youd (bajo el seudónimo de John Christopher), un autor británico que en el año 1967 escribió Las montañas blancas, el primer libro de una trilogía, La trilogía de los Trípodes, que fue mi primera lectura de ambiente postapocalíptico.

            Sí, tenéis razón, es un primer libro distópico de lo más raro. Cuando era adolescente o universitaria y explicaba que lo había leído de niña, nadie lo reconocía. En realidad, leí muchos libros supuestamente marginales cuando era pequeña a causa de una colección que sí estoy segura que todo el mundo conoce: La biblioteca Juvenil de Alfaguara, aquellos libros de cubierta naranja. En mi infancia, en los años ochenta, se vendían en kioscos. De hecho, era una colección y cada semana salía un libro nuevo. Así, todos los domingos mis padres y yo hacíamos un paseo por Granada que consistía en subir por la Carrera de la Virgen, atravesar Puerta Real y la calle Reyes Católicos y llegar a un kiosko de Plaza Nueva donde me compraban mi libro de la semana. Si hacía buen tiempo, además, me caía siempre un Cami Donald en un puesto de polos que pillaba de camino. A veces devoraba el libro esa misma semana y otras veces se me acumulaban, pero lo que sí es cierto es que de mano de esa colección leí muchísimo, tanto obras fundamentales y muy conocidas como Rebeldes, El mago de Oz, La historia interminable, Momo o todos los libros de Roal Dahl y todos los de El pequeño Nicolás, como obras muy marginales de Maria Gripe, Christine Nöstlinger, Peter Hartling y nuestro amigo John Christopher.

            Debía de tener unos diez años cuando tuve en mis manos Las montañas blancas y guardo algunos recuerdos de los momentos de aquella  lectura. Puede ser, por supuesto, que sean todos inducidos – ¿qué recuerdo no lo es? – pero tengo una idea bastante clara de mí misma sentada en el suelo del balcón del dormitorio de mis padres, leyendo y royendo algo de pan con ¿queso? ¿chocolate? Estoy segura de que ese momento se corresponde con el libro en cuestión y con “estar segura” quiero decir que eso es lo que hay en mi cabeza ahora. Lo importante, no obstante, es la impronta que me dejó y las impresión que me produjo leerlo. Por supuesto que hay libros de ciencia ficción mejores, libros de aventuras mejores y libros juveniles mucho mejores, pero este fue el que me introdujo por primera vez la idea de que todo lo que hoy vemos algún día podría simplemente perderse, dejar de ser.

            El argumento es el siguiente: en un futuro no del todo definido, los humanos viven con tecnología prácticamente medieval y cada persona que alcanza los catorce años se somete a lo que se llama la ceremonia de la Placa, que consiste en que un gran Trípode de metal lo alza, lo introduce en su parte superior, que tiene forma de disco hueco. Cuando desciende, unas horas más tarde, la persona tiene ya una Placa colocada en el cerebro. En Las montañas blancas el protagonista es Will, que escapa antes de la ceremonia al ver cómo ha cambiado la personalidad de su mejor amigo después de haberle sido introducida la placa. Su objetivo es, precisamente, llegar a esas montañas (que resultan ser los Alpes) donde hay una congregación de “hombres libres” que componen la resistencia contra los Trípodes. Sí, son hombres libres, y una se llega a preguntar cómo se reproducen en la tierra si apenas salen mujeres en el libro. No recuerdo que aquello me sorprendiera en su momento pero, ahora, en esta relectura que he realizado para escribir esta reseña, lo he encontrado totalmente antinatural. Me crié con todo tipo de formatos de entretenimiento que adolecían precisamente de ese mismo problema, pero me parecían que era “lo normal”. Podría decir que no me ha quedado ninguna secuela por ello, pero también podría decir que he jugado durante la mayor parte de mi infancia interpretando personajes masculinos porque creía que eso era “lo normal”. Ay, lo normal.

            En esta segunda lectura, además, he descubierto lo evocador que hay en las descripciones de las ruinas de una civilización reconocible: la nuestra. Los restos demolidos de las paradas de metro de París, el puerto oxidado de Southampton. La edad nos vuelve nostálgicos, nos quita temor y nos da una calma más contemplativa. En la infancia, sin embargo, mi impresión fue otra. Imaginaba qué pasaría si a nosotros nos sucedía algo así y contemplaba la posibilidad con miedo, sí, pero también con cierta envidia y deseo. Porque aquellos chicos tenían algo importante de verdad que resolver, un problema real. La llegada de los Trípodes a nuestras vidas barrería todo lo que entonces me preocupaba: sacar un siete en vez de un diez, que mis amigas me dejaran de lado y cuchichearan entre ellas, engordar si comía demasiado pan, preguntarme si iría al infierno por ser mala. Un gran mal que acabara con todos los males pequeños que tanto me atormentaban.

            A veces, todavía caigo en la equivocación de pensar que cuando llegue el Apocalipsis nos sentiremos aliviados, libres de la carga de todas nuestras pequeñeces.

Las montañas blancas (Oxford University Press, España) | John Christopher|Traducción: Eduardo Lago | 272 páginas | 8,95€ ) 

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