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Miénteme mucho como si fuera esta noche…

Seguimos la serie de reseñas especiales. Les hemos pedido a nuestros estadistas que escriban sobre el libro más destrozado que tienen en sus respectivas bibliotecas. Y éste es el resultado con una asombrosa historia.

OnettiROSARIO PÉREZ CABAÑA | “Hay varias formas de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos” (El pozo)

Mi historia con este libro comienza en el nº 27 de la sevillana calle Mateos Gago en algún año de la década de los 90. Se hablaba cuando entonces de un hombre que había fletado un barco cargado de libros y había atravesado el Atlántico hasta llegar a aquella calle adoquinada a los pies de la Giralda. La frase en sí misma era el detonante de un relato maravilloso. ¡Y el nombre de aquel hombre del millón de libros! Quién podía negar que no era un nombre destinado a nombrar al protagonista de alguna novela ambientada en un barrio del extrarradio del hemisferio sur todo recto hacia abajo. Porque entre llamarse Abelardo Linares o Eladio Linacero solo hay una diferencia silábica (a pesar de lo cual, en su conjunto, ambos conforman heptasílabos, uno anapéstico y otro yámbico, eso sí); un hecho, como ven, sumamente insustancial. En fin, a lo que iba, que, según recuerdo, este librito de segunda mano con una etiqueta de una librería norteamericana lo adquirí en aquella mítica librería Renacimiento, cuando aún estaba en el centro de la ciudad. Claro que cuando entonces yo ya estaba fascinada por Onetti (sus relatos habían caído en mis manos algunos años antes) y ya tenía un bloc de anillas en tamaño octavo repleto de frases suyas escritas a lápiz y ya me sabía de memoria aquellas citas que estaba segura utilizaría en el futuro en cualquier situación extraordinaria. Con esta breve novela, me estallaron las anillas del bloc.

Yo aún no había podido imaginar que décadas más tarde, nombraría una sección de uno de mis poemarios con el título “La cama con Onetti”. Lo que sí imaginaba era que llamaba a la puerta de su piso de Madrid con la típica cara de estudiante “yonofui” y que me despachaba una voz rehilada desde el fondo de un pasillo con una mala palabra que me arrojaba a la calle para que yo pasara tranquila el resto de mis días. Pero se me murió antes, por así decirlo, entre las manos. Ya se sabe que las grandes historias de amor no tienen finales felices. Este fue uno de los poemas que le dediqué años después.

Cuánto hubiera dado por haber tenido antes una palabra tuya,
una mala o gloriosa palabra,
una sencilla ofensa
que llevarme a la boca desde tu boca.
Palabra como garrote
como espasmo como ojos
como filo de azotea.

Y ahora sí, puesto que esta es una de estas “reseñas especiales” que Estado Crítico publica en verano, voy a intentar hacer algo especial. Voy a intentar escribir desapegadamente, sin pasión, sobre esta enorme novela fundacional de apenas 40 páginas, para que no se me note en exceso este amor que dura ya tantos años. Vamos a ello.

En ocasiones se ha dicho que la novela corta representa la criatura aislada y personal en el entorno más próximo y, por tanto, el terreno donde mejor puede cultivarse la indagación en el interior del hombre. Esta concreción de la existencia en un entorno inmediato, favorecida por las limitaciones físicas de la narración, es precisamente el ámbito donde se presenta Eladio Linacero, el protagonista de una novela que refleja el caos y la existencia de un hombre concreto —cualquier hombre— aplastado por el mundo que lo rodea, un “soñador” habitante de un mundo, el suyo, donde se encuentra exiliado.

Se cuenta, y el propio Onetti ha estimulado la veracidad de esta historia, que la novela fue escrita del tirón en una sola tarde, en el año 1931, bajo la terrible asfixia del calor bonaerense y la insoportable ausencia de tabaco. Sin embargo, esa versión original no llegó a publicarse nunca y, probablemente, se perdió. Ocho años más tarde, unos amigos, Cunha Dotti y José Pedro Díaz, le pidieron que reescribiera el libro para publicarlo porque acababan de comprar una de aquellas imprentas rudimentarias llamadas Minerva. En las conversaciones que mantuvo con el recientemente desaparecido Ramón Chao y que fueron recogidas en el libro Un posible Onetti, pueden leer de primera mano el proceso de escritura de la novela, que, según señala, resultó más breve que la original. Para publicarla, inventaron el nombre de una editorial, Signo, y tiraron 500 ejemplares de los que no llegó a venderse ninguno.

La brevedad de la novela no impide que su composición se fragmente en dieciocho secuencias yuxtapuestas mediante una ley delirante y dispersiva: la de la conciencia que sueña. La novela consiste, en un primer intento de exégesis muy básico, en la narración autobiográfica que Eladio Linacero realiza durante una noche, en la que da cuenta de sus recuerdos y ensoñaciones. (Intentaré por todos los medios no dar demasiados datos argumentales por varias razones: porque quiero que quien no se haya leído la novela, lo haga; y porque, como saben los que se la han leído, es realmente difícil contar ¿esta historia?).

A primera vista, la novela se proyecta, mediante una técnica de focalización interna fija, como la aventura interior del protagonista en la que se van alternando recuerdos, sueños y evocaciones. Sin embargo, esta aparentemente despreocupada exposición secuencial posee una serie de leyes que parecen responder al deseo de representar las obsesiones, las emociones y conflictos humanos desde el interior del hombre, desde el pozo de su existencia, sin recurrir al análisis sociológico propio de la narrativa hispanoamericana hasta entonces. Mediante esa representación de la complejidad del hombre se pretende su definición: es decir, a Onetti no parece interesarle tanto describir lo que siente el personaje sino lo que es. El hombre es el verdadero sujeto de la narración. Estaríamos por tanto, en un ámbito de la novela cercano al género existencial o “personal” como, en relación a la obra de Unamuno, la definió Julián Marías. El pozo es, efectivamente, la novela de un hombre, un hombre concreto que bucea a través de su memoria, de sus sueños, en busca de sí mismo. Todo está en función de la reconstrucción introspectiva de Eladio Linacero.

En la novela, como es común en la obra onettiana, existe un doble fondo, una dualidad significativa que es susceptible de ser analizada en varios estratos de realidad. Este entramado de planos está siempre en función de reflejar, mediante saltos cronológicos bidireccionales, un presente absoluto. En líneas muy generales, podríamos establecer tres planos en la novela: el primero, se situaría en el espacio real de la noche en que el personaje narrador escribe sus memorias; el segundo, donde se instalaría la obsesiva memoria del narrador, y, finalmente, el tercero, en el que se imbricarían las distintas evocaciones o recreaciones del pasado obsesivo. Pero esta clasificación no deja de ser una lectura parcial y fragmentaria de la compleja estructura de la obra. La ensoñación de Eladio Linacero va construyendo el edificio de su vida tanto como sus recuerdos; de hecho, el mundo de las evocaciones sostiene el material simbólico que va definiendo la interioridad del protagonista.

Las secuencias oníricas o imaginativas anulan la progresión histórica. Eladio vive suspendido en el tiempo hasta el momento en que termina de escribir sus memorias. Esta residencia en un tiempo indefinido se quiebra bruscamente al terminar de escribir, momento en que el sujeto narrativo retorna a la conciencia temporal. El tiempo real de la narración es una noche y en este ambiente nocturno, el protagonista recrea —reescribe— fragmentariamente algunos acontecimientos de su pasado. Así, la noche es un escenario que podemos entender como correlato del acto creativo. De hecho, el propio narrador recurre a un intento de exégesis del método narrativo con el que pretende escribir sus memorias, lo cual otorga a la novela un carácter accidental que incide en la lógica obsesiva que define al protagonista como un ser inseguro, vacilante y asfixiado. El carácter azaroso del acto creativo, muy al estilo Dostoievski, se refleja en las palabras del protagonista: “Encontré un lápiz y un montón de proclamas abajo de la cama de Lázaro, y ahora se me importa poco de todo, de la mugre y el calor y los infelices del patio. Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo”.

Su primera intención es intentar narrar los acontecimientos ocurridos durante su adolescencia, dejando al margen todo aquello que tiene que ver con su infancia. Pero pronto cambia de opinión y el foco de interés pasa a la narración de los sueños, no de los hechos reales. Y aclara: “Lo curioso es que, si alguien dijera de mí que soy un soñador, me daría fastidio. Es absurdo. He vivido como cualquiera o más. Si hoy quiero hablar de los sueños, no es porque no tenga otra cosa que contar. Es porque se me da la gana, simplemente”. Siempre el sueño es el destino posible: “Me gustaría escribir la historia de un alma —escribe—, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no. O los sueños.” El alma alejada de los hechos, tal vez en eso consista soñar.

Pero los sucesos acaecen. Es lo que tiene toda narración. Y lo que sí resulta evidente es que la acción central se sitúa en los acontecimientos que tuvieron lugar entre Eladio Linacero y Ana María en la cabaña de troncos la noche de fin de año, donde ocurren cosas que no pienso contar. Este episodio es el foco de irradiación del que parten todas las demás acciones, frutos de la distorsión de la memoria ensoñadora del protagonista: “Le dije la mentira sin mirarla, seguro de que iba a creerla. Le dije que Arsenio estaba en la casita del jardinero, en la pieza del frente, fumando en la ventana, solo. (Por qué nunca hubo ningún sueño de algún muchacho fumando solo de noche, así, en una ventana, entre los árboles)”. Este pasaje siempre me ha interesado especialmente. Porque el protagonista sabía de antemano lo que iba ocurrir, sin embargo, desconocía la magnitud de sus actos, desconocía el final. Pero, ¿a qué final se refiere Eladio? Si recordamos el final del episodio, una vez ocurridos los sucesos, Ana María se acerca a Eladio, le escupe en la cara, lo mira y se va, tras lo cual Eladio camina en solitario hasta el amanecer. Y creo que la clave de ese final del que habla Eladio Linacero reside en la mirada de ella. El acto de la cabaña de troncos responde a un acto mediante el cual Eladio intenta poseer al otro. Posesión que no implica necesariamente un deseo sexual, sino la humillación que procede del acto de aniquilar la individualidad del otro mediante el poder (y ya estoy diciendo demasiado). Eladio asume al otro —en el sentido sartreano— en su propia carne, adueñándose de su libertad. Ana María se ha convertido en el humillador, en el propio Eladio. Es ahí donde la mirada de ella cobra importancia. Al mirar a Eladio, el silencio de la joven habla a través de su mirada convertida en reproche. Eladio se reconoce en esa mirada que le refleja su propio yo, puesto que la ha poseído, y en ese reconocimiento reside su terrible realidad.

En cuanto al espacio, es difícil delimitar la preponderancia del tiempo sobre el espacio o viceversa, puesto que ambos conceptos adquieren una importancia trascendental en la obra. El espacio real de la habitación donde transcurre la novela responde a un sentimiento de náusea, de asfixia existencial. En la noche, el calor insoportable potencia la imposibilidad, la inutilidad de la existencia humana que se transfiere a los objetos, a la materia que rodea al hombre: las “sillas despatarradas y sin asiento”, los “diarios tostados por el sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de vidrios”. El objeto es desposeído de su finalidad: la actualidad envejecida cubriendo la luz del exterior revierte en la configuración del espacio como celda, como prisión, como túnel interior, como pozo. La ubicación espacio-temporal y la sordidez del acontecimiento es únicamente una de las dos —múltiples— caras de un mismo hecho: en el espacio de las evocaciones soñadas la narración de este suceso se caracteriza por su indefinición, por su vaguedad y su ubicuidad: “Es en Alaska, cerca del bosque de pinos donde trabajo. O en Londike, en una mina de oro. O en Suiza, a miles de metros de altura, en un chalet donde me he escondido para poder terminar en paz mi obra maestra […] Pero, en todo caso, es un lugar con nieve”. Esta indeterminación geográfica delimita los espacios imaginarios del narrador-protagonista. La ubicación de la aventura en lugares extremos, alejados siempre del calor asfixiante de la habitación otorga a la misma un aire de evasión. Tanto el espacio cerrado de la habitación como los espacios lejanos e ilocalizables se semiotizan y adquieren la consistencia de la isla, del lugar aislado; son claras proyecciones de la interioridad del personaje.

Por otra parte, definir los personajes que deambulan por la novela resulta seriamente arriesgado, en cuanto que no existen personajes definidos sino que todos ellos, incluido el narrador-protagonista, se van configurando a través de la superposición subjetiva de evocaciones. Podría hablar de Eladio Linacero, de Ana María, de Ester, Cordes, Lázaro, Cecilia…, como personajes autónomos, pero erraría. Ni siquiera admiten de manera tajante la especificación de todos los hombres, todas las mujeres; más bien los personajes de El pozo se definen por individualizarse en uno: el ser humano y su imposibilidad de definición. Podría hablar de la presencia femenina o de la identidad masculina para comprender la naturaleza de Linacero. Pero es mucho más contundente y provechoso dejaros leer esto que en un momento de la novela confiesa el protagonista: “Sin proponérmelo, acudí a las únicas dos clases de gente que podrían comprender. Cordes es un poeta; la mujer, Ester, una prostituta.”

En fin, creo que he intentado con todas mis fuerzas usar mi retórica más desapasionada. Os he hablado de un hombre en una larga noche, de sus sueños, de mí. En todo caso, os he mentido. ¿Quién es el hombre, el que narra su historia o el que es narrado por él? Y en cualquiera de estas dos abstracciones, ¿qué Eladio Linacero abrirá los ojos y se sabrá soñado? Y dónde quedo yo en todo esto. Qué son todas estas palabras. Ya veis, os he mentido. Y lo he hecho de la forma más repugnante de todas: os he dicho “la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”. Pero ha sido en su honor. Lo juro.

El pozo (Ediciones Arca, 1973), de Juan Carlos Onetti | 102 páginas | Incluye el estudio “Origen un novelista y de una generación literaria”, de Ángel Rama

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