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Mimeografía del argot carcelario

En el patio

Malcolm Braly

Sajalín, 2012. Colección «Al margen»

ISBN: 978-84-939076-6-2

453 páginas

23,50 €

Traducción de Damià Alou

Epílogo de Jonathan Lethem

Fran G. Matute

Desde un punto de vista antropológico, la cárcel quizá sea la mejor cápsula de Petri que exista, siendo los presos, claro, los microorganismos a observar. Desde la torre de vigilancia, el alguacil de turno puede analizar, con detenimiento, los comportamientos del ser humano privado de libertad. Algo así como lo que hacía Epi con los Nabucodonosorcitos, para que nos entendamos. La cárcel  como microcosmos; como sociedad reglada hasta la extenuación en la que sus habitantes se limitan a cumplir órdenes; como laboratorio humano, en definitiva, ha sido ya tratada con éxito en numerosas novelas y películas. Pero se ha hecho casi siempre desde una perspectiva externa. ¿Y lo que ocurre en la mente de los presos? ¿Hasta qué punto nos han contado el proceso de adaptación mental de los internos? Y es en ese campo, dentro del asunto carcelario, en el que una obra como En el patio (1967) de Malcolm Braly fascina por su originalidad.


Estamos en los años 60, sí. Fuera de la cárcel están pasando infinidad de cosas. La sociedad cambia a un ritmo endiablado. Vemos a un preso opinando sobre la Guerra de Vietnam, a otro leyendo -probablemente- El graduadode Charles Webb. Pero allí, confinados en su celda, en su rutina, ¿cómo perciben la revolución? ¿pueden objetivamente ser conscientes de los cambios que se avecinan? ¿acaso tienen miedo de salir y no reconocer el mundo que vivieron antes de ser internados? ¿o no se preguntan nada de esto? No hay una respuesta unívoca, lógicamente. Por eso Braly plantea una novela coral, en la que cada preso pueda interiorizar a su manera los escasos signos exteriores que se cuelan por las rendijas de la prisión.


Ese es uno de los primeros aciertos de En el patio, el no tener un único personaje protagonista, por más que podamos erigir a Hielo Willy como el ‘alma mater’ de la novela. Que Braly conoce a la perfección los mecanismos internos del sistema penitenciario estadounidense –no obstante, se pasó diecisiete años entre San Quintín y Folsom y en ellas escribió gran parte de su obra literaria- queda plasmado en la construcción de su coro de personajes. Debe de haber visto Braly de todo en sus años de encarcelamiento para que haya podido inventar un personaje como Palo -quizá el gran descubrimiento de la novela- y su historia. Un interno atípico como pocos que, en sus apariciones, lleva el texto a límites insospechados dentro del género carcelario y potencia más si cabe la voluntad literaria de esta obra. Palo cree firmemente que es el líder de una banda de vampiros y vive en una continua ensoñación. Y Braly nos permite introducirnos en su cabeza, de vez en cuando, intercalando la narración con pasajes alucinados de ejércitos vampíricos, conspiraciones y fugas imposibles.


Y este es, a nuestro juicio, el segundo gran acierto de En el patio, esa vocación claramente novelística que aporta Braly al texto y que aboga por enterrar la mera crónica autobiográfica bajo una narración ficcionada y metafórica de la vida en la cárcel. Por eso mismo, al margen de incorporar elementos tan psicóticos como Palo o el Flaco Higiénico, Braly aprovecha a todos sus personajes para dar una visión caleidoscópica del calvario que supone vivir aislado. Una visión, por tanto, sesgada y subjetiva que surge dentro de cada interno y de su capacidad para evadirse mentalmente en su celda. Porque lo que Braly muestra en esta novela es que los presos necesitan vivir en la irrealidad de lo que les rodea, perpetuar la sensación de falsedad, para así no enfrentarse nunca a la verdad. Una verdad a la que se puede acceder accidentalmente a través de las drogas, por ejemplo, en un juego en el que las reglas funcionan a la inversa. Braly nos muestra cómo el consumo de drogas en la cárcel, en lugar de promover la evasión, puede llegar a eliminar esa pátina de ensoñación en la que uno ya se ha sumido de forma consciente. Igual ocurre con la lectura de la prensa diaria, que supone un acercamiento indirecto a la sociedad y que los presos quieren evitar a toda costa, hasta el punto de que en un pasaje de la novela se llega a mencionar que, para algunos reclusos, leer el periódico es como leer ciencia ficción. Son, en definitiva, acciones que pueden arrancarte de tu mundo de fantasía y obligarte a afrontar la realidad, esa que hay más allá de los barrotes de tu celda. Y es entonces cuando corres el riesgo de volverte verdaderamente loco. 

Así que la cárcel está llena de pirados, a los ojos de Braly. Pero lo están por voluntad propia, como vía de escape para huir de un presente nada halagüeño. No nos extraña, por tanto, que alguien como Kurt Vonnegut Jr. aplauda esta novela pues, en el fondo, emplea los mismos instrumentos narrativos que se utilizaron posteriormente en Matadero cinco (1969): la evasión a partir de la imaginación, como arma para mantener la mente a flote. Son locos impostados. Y esto lo percibimos así porque las reflexiones que Braly propone sobre el sistema no son, en ningún caso, tremendistas. No hay una vocación, por parte de los presos, de culpar a los demás de su situación. Son plenamente conscientes de por qué están allí encerrados. Saben las reglas. Las conocen. Y las respetan. Por eso En el patio no es la típica crónica carcelaria que se limita a revolcarse en lo más sórdido del día a día sino que se trata de un ejercicio literario pleno que utiliza los mecanismos de la ficción para desarrollar una novela impecable y demoledora sobre la capacidad del ser humano para la adaptación. Sé que es políticamente incorrecto decir esto pero si algo bueno tiene el sistema penitenciario de Estados Unidos es la capacidad de generar literatura dentro de sus muros. Braly escribió el grueso de su escasa obra narrativa entre rejas y sumergirse en ella fue su forma de evasión. Lástima que lo dejaran tan pronto en libertad.

admin

2 comentarios

  1. Me ha gustado mucho la reseña. ¿Has leído el Falconer de Cheever? Lo que cuentas aquí me lo recuerda en parte. Aunque la de Cheever es diez años posterior.

  2. Nooo! No lo he leído! Me la apunto.

    También me han hablado muy bien, dentro de esta temática carcelaria, de «Por el pasado llorarás» de Chester Himes.

    Gracias, Papelote. 😉

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