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Mis tardes con Faulkner


Miss Zilphia Gant

William Faulkner

Nórdica Libros, 2011. Colección “Minilecturas”

ISBN:978-84-92683-53-6

58 páginas

8 €

Traducción de Juan Sebastián Cárdenas

José M. López

Si este sábado por la tarde, amigo lector, está ocioso, si se encuentra dudando entre ver la última astracanada cinematográfica en 3D o el enésimo clásico de Almodóvar o Malick, deténgase, no lo haga y siga usted mi consejo. Porque para clásico de verdad, Faulkner. Así que guárdese esos ocho euritos en el bolsillo, acérquese a la librería más cercana, y dispóngase a comprar la última joyita publicada por Nórdica Libros. Por menos de diez euros pasará usted una tarde (no llega a sesenta páginas) disfrutando de Miss Zilphia Gant, un extenso relato del afamado escritor estadounidense.

Se dice de este texto que supone el “embrión del estilo narrativo de sus obras importantes”. Sin embargo, y aunque es difícil discernir la fecha de su escritura, sabemos que se publicó en 1932, una vez que ya había asestado al público norteamericano golpes tan contundentes como El ruido y la furia, Mientras agonizo o Santuario.

Lo que sí es cierto es que Miss Zilphia Gant solo se encuentra por debajo de estas últimas citadas en el número de páginas. Por estos años reconocemos a un Faulkner en plenas forma, de enorme vigor técnico, y donde la experimentación narrativa (dígase monólogo interior, irrupción brusca de escenas y personajes, cambio de tiempo) fluye sin los, en ocasiones forzados, excesos de algunas de sus obras denominadas mayores.

Lo que aquí se nos cuenta es una historia sureña, cómo no, donde la protagonista, la joven Zilphia Gant, está condenada a pagar por los traumas sexuales de una madre que se vio abandonada por su marido. En el seno de esta familia forzosamente matriarcal el sexo se enseña como una maldición o un pecado irreversible, y el hombre se perfila como el demonio que huye tras insertar en la hembra su maléfica semilla. De este modo, la casa, las rejas, el luto como imposición eterna y, por supuesto, la madre, la señora Gant, establecen ciertos paralelismos temáticos entre este relato y otra breve obra maestra de la literatura escrita pocos años más tarde a miles de kilómetros de distancia: La casa de Bernarda Alba.

Frente a esta castidad impuesto por la madre, a la joven Zilphia solo le queda la locura o la huida carnal. Opta por la segunda, pero la atracción inevitable de la sangre, otro tema eminentemente faulkneriano, la obligan a volver con su progenitora, y a caer, maldita ya de por vida, en un tiempo cíclico donde los personajes están condenados a vivir de manera tan traumática y desolada como sus ancestros. En este eterno retorno los hijos están sentenciados de por vida a repetir los errores de sus padres, a sufrir sus mismos dolores y a llorar por sus mismas frustraciones, dando como resultado un retrato asfixiante y desesperanzado de la vida.

Otro de los grandes aciertos de este premio Nobel es la creación de unos personajes de carne hueso, forjados desde el dolor mismo que provoca la tierra. Esta señora Gant, por ejemplo, es pasiva y prudente en ocasiones, pero decidida y violenta siempre que los asuntos de la honra se ponen en entredicho. Fornida, ruda, protectora y fordiana, este personaje transita por las páginas del libro portando un dolor constante provocado por el abandono de su marido, como si el polvo de la llanura se hubiera metido eternamente dentro de su garganta. La desolación de la hija, Miss Zilphia, nace debido a que la falta de sexo no es solo ausencia de placer, sino también la imposibilidad de procreación. De este modo, el anhelo, el ansia de la mujer que busca realizarse a través del acto de dar a luz (otra vez Lorca) es tratado aquí con crudeza y desesperanza.

Estas dos mujeres se encuentran encerradas en un espacio mítico, donde la violencia está totalmente insertada en la vida diaria, e irrumpe de manera brusca a través de la frase concisa y de la elipsis. Es el caso de este fragmento en el que la señora Zilphia devuelve en la casa de empeños el revólver que había tomado para realizar una “amable” visita a al marido prófugo y a la amante de este: “Devolvió el revólver sin dar otra cosa que las gracias. Ni siquiera lo había limpiado, ni le había quitado los dos casquillos usados…” Esta forma de mostrar la muerte como algo abrupto pero cotidiano será retomada con maestría por otros retratistas de lo sureño como Juan Rulfo o Sam Peckinpah.

Pues sí, amigos, todo esto a un modestísimo precio y sin el riesgo de aguantar al pesado de las palomitas o el nuevo y atrevido plano secuencia que el manchego universal se ha vuelto a sacar de la chistera. Nada más y nada menos que una tarde con Faulkner.

admin

3 comentarios

  1. «Frente a esta castidad impuesto por la madre, a la joven Zilphia solo le queda la locura o la huida carnal.«

    Me ha intrigado mucho esta reseña. Y sorprendentemente, algo de lo que cuentas me ha recordado a otro puritanismo, el de Nueva Inglaterra, reflejado en Carrie (1974) de Stephen King, donde la joven Carrie opta por la otra opción: la locura.

  2. Estimado José Manuel,

    Gracias por tu reseña. Habrá que pillárselo el sábado sin duda o a todo lo más el lunes.

    Por comentar una variante, más allá de toda disimilitud, me recuerda vagamente a «La tía Tula», de Unamuno, donde esa represión sexual opta por una tercera vía: la maternidad (no biológica). Don CalcetínRelleno.

  3. «Pues sí, amigos, …»

    No sé qué no sé cuantos, «querido lector»

    Puede que sea usted hasta joven, pero escribe con un amaneramiento de jesuita viejo que echa para atrás.

    ¿»El florido pensil» para la próxima?

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