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Moléculas del paraíso

estadocritico-portILYA U. TOPPER | Cuando a una materia se le proporciona más y más calor, alcanza un estado crítico en el que lo sólido empieza a tornarse líquido o lo líquido, gaseoso. Este fenómeno se produce por el movimiento de las moléculas: a más calor, mayor movimiento, hasta que el conjunto de la materia cambia repentinamente de fase. También se puede invertir la ecuación: si se frota un cuerpo, se calienta porque sus moléculas recibirán un impulso de mayor movimiento. Con suficiente energía de frotación, el cuerpo se calentará hasta el punto de licuación.

Este es el punto de arranque de la novela Estado Crítico de la autora canadiense Louise Erica Margareth Stanislawsky (Hawai, 1970) y de su protagonista, la profesora de física estadounidense Flora Kauz. Catedrática en una universidad californiana, Kauz tiene una doble vida: de día enseña la ley de Gay-Lussac y la fórmula de Maxwell a estudiantes posadolescentes que pasan de ella como del culo y de noche hace planes para salvar la humanidad.

Sí, así de rotundo: Kauz quiere salvar la humanidad. Quiere tener éxito donde Jesucristo fracasó. Porque Jesucristo fracasó miserablemente, como puede ver cualquiera que se asome a la ventana – dice Kauz, y no podemos menos que darle la razón – y observe media hora las desgracias cotidianas. El punto de inflexión en su vida es el día que a una estudiante la violan cuatro colegas del campus. La típica situación de la que los chicos dirían que se fue de las manos tras demasiadas copas. Lo de siempre. Como para decir basta. Y es lo que se dice Flora Kauz.

De haber sido catedrática de derecho, seguramente habría lanzado un caso ejemplar en los tribunales. Pero es física, y sus leyes son otras. Las de la naturaleza. Esas que no castigan. Solo obligan. Al parecer hay una ley, cree Kauz, que obliga a los chicos – así sean de corbata y misa de domingo – a violar a una chica cuando tiene la imprudencia de meterse con ellos en el piso y tomarse cuatro copas. Al revés no, nunca al revés. Un desequilibrio molecular entre sexos.

Flora Kauz es hija de hippies: nació en una comuna de Hawai (como la autora, según dice la solapa) y pasó sus primeros quince años de vida en una especie de paraíso, donde nadie llevaba más ropa que la que exigiera la temperatura. Una comunidad sin celos, sin violencia, sin violaciones. O al menos así lo recuerda la catedrática. No duró porque el ser humano es gregario: las hijas e hijos de aquellos hippies querían salir al mundo, juntarse con alguien que no fuesen sus tres vecinos y cinco primos de siempre; querían participar en la humanidad. Esa es otra ley de la naturaleza: la entropía. Intentar juntar las moléculas dispersas en comunas pequeñas no funcionará, reflexiona Kauz. Lo que hay que conseguir es que toda la humanidad cambie de estado.

Una vez expulsada del paraíso, así lo dijo Kleist, no se puede volver, así que no quedará más remedio que dar la vuelta al cosmos y mirar si ha quedado abierta la puerta de atrás. Y eso es lo que se propone Flora Kauz: llevar la humanidad no de vuelta sino adelante, hasta regresar al punto de partida, aunque en una distinta fase de densidad, un estado aún ignoto.

Habrá que proporcionar, pues, calor a la humanidad. No, el cambio climático no será suficiente. Hace falta un calentamiento rápido por frotamiento de esas moléculas que se llaman individuos. A tal fin, la aún joven catedrática se junta con un estudiante particularmente gilipollas pero con un gran sentido de los negocios, un tal Marc Butterzwerg, y le convence para crear una red informática que permita a todas las personas entrar en contacto personal de forma inmediata y gratuita, aunque nunca se hayan visto antes. El título provisional del proyecto que elaboran ambos en la intimidad es Base Fuck: Folleteo básico. Evidentemente, luego le cambian el nombre, al menos en algunas letras, porque no se puede presentar al honrado público estadounidense con este concepto.

Pero el concepto es este: facilitar que la gente folle más. Muchísimo más. Con el mayor número posible de personas. Porque solo así podrá abandonar el concepto, actualmente vigente, de que la pareja sexual es, por definición, una propiedad privada (también en inglés se decía “to possess a woman”). Para cambiar esta mentalidad y convertir el sexo en un libre intercambio entre individuos, sin posesión por medio, no basta una revolución sexual – no solo fracasó Jesucristo, reflexiona amargamente Flora Kauz, sino también la generación hippie – porque siempre hay contrarrevoluciones. No funciona explicar a la humanidad lo que debería hacer, no sirve educarla. Lo que hay que hacer es proporcionarle los medios. Y entonces, por la ley de la menor resistencia, irá deslizándose hacia su destino cual niño en un tobogán. O – diría Kauz – como cuerpos cósmicos en un espacio curvo.

Se nota que la autora tiene una sólida formación en física y astrofísica, pero es capaz de dosificar con elegante mesura la información científica necesaria para seguir a Kauz a través de sus planteamientos que, hay que reconocerlo, son capaces de envolver a sus interlocutores – y al lector – con una lógica irrefutable, por mucho que se mueva hacia el extrarradio de la realidad. El ritmo rápido de la narración – todo transcurre en poco más de 200 páginas –, unos diálogos chispeantes (¡muy buena la traducción del malagueño Jacinto Purgozo, que recrea con naturalidad los juegos de palabras!) y un lenguaje sencillo pero bien trabajado añaden placer a la lectura. También lo hacen las descripciones de las a veces hilarantes aventuras de la catedrática al probar el nuevo invento para verificar su eficacia follométrica y los ocasionales flashback casi oníricos a aquella comuna de Hawai.

Lo que menos convence es la pluralidad de personajes que aparecen para convertirse durante una página o dos en sólidos secundarios… solo para desaparecer al poco rato sin dejar rastro en la trama. Una abundancia de flecos narrativos sueltos que parecen cebos para hacer boca, pero luego no se desarrollan; a ratos hacen desear que el libro tuviera el doble de volumen para dar tratamiento digno a unos cuantos. Pero entonces sería otra novela, claro.

Y ahí va Flora Kauz, entre aventura en analógico y sexting pionero, poniendo en marcha el invento. El contacto directo de cada vez más personas – en 15 años, el invento llega a dos mil millones de usuarios – con sus semejantes crea unas posibilidades de fricción molecular inauditas, completamente novedosas en la historia no ya humana sino planetaria. Es como calentar un tubo con neón más allá de la fase gaseosa y observar con estupor que pasa a la de plasma y empieza a irradiar luz. Un estado que no ha existido nunca en la superficie de la Tierra pero que hoy se puede crear. Y si el neón puede cambiar de fase, ¿por qué no la humanidad? Un buen día, la fricción continua producirá un calor tal que ¡zas!…

No sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero el argumento parece inspirado en un relato del escritor polaco Stanislaw Lem, titulado Profesor A. Donda y publicado en 1976: predice un fin de la civilización de un momento al otro, porque al unirse cada vez más ordenadores vía internet (Stanislaw Lem escribía sobre el auge y el fin de internet cuando los informáticos aún se estaban planteando cómo inventarlo primero) se acumula la información hasta alcanzar una masa crítica. Y al igual que se puede transformar masa en energía (E = mc2), se puede transformar información en masa. Es más, a partir de un volumen de información condensada, esta combustión tendrá lugar de forma espontánea. Pero donde Lem recurre a las teorías de Einstein, Louise Erica Margareth Stanislawsky se queda con la física clásica, eso sí, llevándola al mismo extremo lúdico pero lúcido que el maestro polaco.

No voy a revelar el desenlace de Estado Crítico, pero créanme: incluye un final con trompetas y atabales. Uno que queda en el futuro. En lo que correspondería a 2019 (la novela prescinde de dar años exactos), Flora Kauz y su socio Butterzwerg están aún observando el experimento. Durante la lectura no se puede evitar la a ratos incómoda sensación de ser un ratón de laboratorio. ¿Y si todo fuese verdad? Por supuesto, en la primera página consta el típico disclaimer “Todos los personajes de esta novela son fruto de la imaginación y toda similitud es pura etc etc” (la frase es exactamente así, con su etc etc) pero ¿y si en realidad habría que poner “Basada en hecho reales”? La hilarante descripción de los tejemanejes entre universidades permiten entrever que Stanislawsky debe de conocer muy bien el mundillo. ¿Y si Flora Kauz existe?

Ahora bien, ¿y si existe pero se equivoca? El verano que más ligué en mi vida fue el año en el que alguien, allá en su residencia de estudiantes de Harvard, se dispuso a inventar Facebook. Aún no había redes sociales.

Pero eso era en Cádiz, claro. Donde hay Cádiz no hacen falta paraísos.

Estado Crítico (Tichy Books, 2015) | L. E. M. Stanislawsky | 216 páginas | 18,95 euros | Traducción de Jacinto Purgozo

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