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Nada es más importante que la independencia y la libertad

JOSÉ MARÍA MORAGA | La palabra “epidemia” se nos ha quedado pequeña: ya todo es pandemia -¿qué menos?- en 2020. Y sin embargo, si atendemos a la segunda acepción de epidemia (“Mal o daño que se expande de forma extensa e indiscriminada”), encontraremos que hay bastantes candidaturas a seguir ostentando este título. Dejando aparte el virus de marras, ¿cuáles son las epidemias actuales? ¿El racismo? ¿El machismo? ¿La corrección política? ¿El fascismo o los nacionalismos? ¿Tal vez, aunque pueda parecer lo opuesto, la miseria moral o la falta de sensibilidad ante los problemas ajenos? Todos estos guisos no se cuecen al instante, requieren de un fuego lento de décadas de preparación, a veces callada; “lenta pero segura”, como decía aquel personaje de Barrio Sésamo. ¿Sorprende al lector la referencia? Pero la ha captado, ¿verdad? Es porque quería que nos trasladásemos a los años ochenta, la década del hedonismo por excelencia.

En 1985 se publicó una novela que en un principio tuvo un éxito discreto pero que en poco tiempo se convirtió en un icono, uno de esos libros que definen una época porque la retratan. En 1985 se publicó Menos que cero de Bret Easton Ellis. Si estuviésemos aún en esa época habría que catalogar a Ellis como un ‘enfant terrible’, jovenzuelo provocador, creador de escandalosa prosa rica en drogadicción y sexo explícito, por no hablar de la violencia. Treinta y cinco años después, el autor se ha convertido en un ‘angry white male’ (permítaseme otro barbarismo): uno de esos varones airados de raza blanca (ya sé que no existen razas, señora) que ven peligrar su masculinidad y sus privilegios. Su cotarro. Difícil de comprender en un escritor que a los veintiún años dio a la imprenta una novela como una bofetada, destinada precisamente a sacudir el anterior cotarro, y a fe que lo hizo.

Ellis fue rápidamente encuadrado en el Brat Pack, grupo de jóvenes promesas literarias que incluía a Jay McInerney y Tama Janowitz y que –la verdad- dio mucho que hablar pero se fue desinflando. El propio autor que nos ocupa ha tenido desde entonces una carrera poco prolífica pero sólida, siendo el único de aquella hornada al que se sigue leyendo y estudiando en las universidades. A Menos que cero siguieron Las reglas del juego (1987) y la salvaje American Psycho (1991), que terminó por cimentar la reputación de Bret Easton Ellis como insobornable y descarnado cronista de su tiempo. ¿Cómo es posible que un escritor que empezó siendo cuasi experimental en la forma y que posaba su ojo en los más sórdidos aspectos de la sociedad del triunfo capitalista (ultraviolencia gratuita, abuso de todo tipo de sustancias legales e ilegales, trivialización del sexo… por nombrar solo algunos de sus horrores) haya terminado siendo para algunos un conservador jeremías cascarrabias? Vilipendiado por la progresía norteamericana, incluida la comunidad LGTBI, él que es bisexual y siempre trató la homosexualidad y bisexualidad con naturalidad absoluta. ¿Tanto han cambiado Bret Easton Ellis y su forma de escribir?

La respuesta es no, Ellis sigue en esencia defendiendo los mismos postulados que cuando tenía veinte años: la independencia y la libertad, lo que ocurre es que estos se han vuelto insostenibles en el mundo actual. Como cantaban Weezer, “el mundo ha girado y me ha dejado aquí”. Tal vez el mundo ha adelantado a nuestro autor por la izquierda y él no se ha movido. Su manera de escribir sigue siendo prácticamente la misma (lo cual le granjea igual número de fieles que de detractores), como puede comprobarse en sus últimas novelas y en su reciente ensayo Blanco (2020 en España). No quiero ni siquiera insinuar que este hombre sea una víctima de nada, simplemente hacer notar que su literatura es una calculada máquina de ofender, y que eso ahora mismito cursa bastante mal en el mundo, con la que está cayendo.

La importancia de Menos que cero fue poner un espejo delante de la complaciente sociedad de los Estados Unidos de Reagan, llenar ese espejo de cocaína, esnifarla, y luego partir el espejo para rajarte la cara con una de las esquirlas, todo mientras tarareamos una canción de Talking Heads. La novela está narrada en primera persona con un estilo clínico, desapasionado, por un muchacho rico de dieciocho años que estudia en una elitista universidad de la Costa Este y regresa a California para pasar las vacaciones de Navidad. El protagonista se reencuentra con varios amigos y todos se dejan llevar por una aparente espiral de apatía y aburrimiento que los empuja como autómatas de fiesta en fiesta, de orgía en orgía, de depravación en depravación, sin obtener placer verdadero. Todo ello –repito- está narrado en primera persona con un desapasionamiento que constituye el verdadero acierto del libro, porque da lugar a una creciente tensión entre el espanto de lo que se cuenta y la frialdad de los personajes que participan, una técnica que Bret Easton Ellis llevaría a la perfección en American Psycho.

El comienzo de la obra se hizo muy famoso, algo así como una metáfora de la asepsia o la burbuja emocional en la que habitan los personajes:

«A la gente le da miedo mezclarse entre el tráfico de las autopistas de Los Ángeles. Esto es lo primero que oigo cuando vuelvo a la ciudad. Blair me recoge en la terminal y murmura eso mientras su coche sale del aparcamiento: «A la gente le da miedo mezclarse entre el tráfico de las autopistas de Los Ángeles».

El hecho de que una pandilla de jovencísimos privilegiados, colmados de bienestar material, haga gala de tal apatía, cinismo y sevicia es lo más desasosegante del libro, cuestión que acaba por no dejar indiferente al narrador protagonista (tal vez el único afectado por los acontecimientos que vive y presencia). “Si esto es así, si la flor de la juventud estadounidense es capaz de comportarse así, y no valora en absoluto sus privilegios materiales e inmateriales, ¿qué le espera a esta sociedad?”, podría ser la lección a extraer de un libro que sin embargo no pretende aleccionarnos. Si acaso Menos que cero sirvió en algún momento como brújula moral (y hoy día como curioso documento de una época) es porque cada lector, a título individual, quiera aplicarse el cuento como algo admonitorio. Bret Easton Ellis no parece tener ninguna intención edificante o moralizante: nada, el vacío, menos que cero. Esto es algo que él ha repetido, pero aunque ignoremos (como debe hacerse) la opinión del autor, cualquier lectura sólida de la novela arrojará una conclusión parecida. La historia está ahí, para que usted la consuma si le apetece. Diviértase, espántese, aprenda, véase reflejado o salga corriendo a vomitar, pero al autor que lo dejen tranquilo.

Ahora dígame el lector que esto no le parece un panorama desolador y apocalíptico, peor que un virus. ¿Me estoy refiriendo al hecho de que existan libros que reflejen realidades muy desagradables sin ningún recato, advertencia o texto expiatorio previo? ¿Al hecho de que se pueda escribir y publicar sin ninguna consideración a los demás, a los sentimientos de los demás y a cómo podemos estar ofendiéndolos? ¿O tal vez lo que me horroriza es la exigencia de un arte comprometido, por no decir planificado, obligatoriamente en consonancia con los postulados de la mentalidad imperante en cada momento? ¿La idea de que una obra literaria no es lícita si no lleva una carga didáctica lo suficientemente correcta y diversa? Si a estas alturas no lo tienen claro, vuelvan al título de esta reseña, que es una cita de Viet Thanh Nguyen y tiene doble sentido.

Menos que cero (Anagrama, 2005) | Bret Easton Ellis | Traducción de Mariano Antolín Rato | 184 páginas

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