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Nadar a crol

MANUEL MACHUCA| Eliete es una mujer portuguesa en la edad madura, esa en la que por primera vez sentimos que se nos va la vida. Porque de alguna forma, llegados a un cierto momento de nuestra existencia, el que probablemente marca lo que hasta hace poco más de un siglo era la vida media de la especie humana, comenzamos a morir. Sí, tengo la percepción de que la muerte es como una novela, que avanza por capítulos. Que hay un tiempo en el que ya no podremos hacer algunas cosas que antes hacíamos, que ya comenzamos a estar un poco muertos a pesar de que respiremos. Hay una muerte irremediable cuando superamos la cuarentena, y no me refiero a la de la covid-19 (en femenino y con minúscula, porque ninguna enfermedad por muy mortal que sea, ni siquiera la muerte, comienza por minúscula ni, lo siento, tiene género femenino). Comenzamos a dejar de hacer, y así seguiremos hasta que la parca venga a buscarnos y ya dejemos de hacer todo.

Eliete no sabe nadar a crol. Tampoco supo nunca querer con mucha fuerza, y harta de seguir esperando a ser feliz para siempre, se apunta a un curso para aprender a nadar en el estilo más simple de la natación. Y durante toda la historia tratará de aprender a nadar y no ahogarse definitivamente.

La vida normal cuenta la historia, a decir de sus editores, de tres generaciones de mujeres en los últimos cien años de Portugal, una época clave en la Península Ibérica en lo que se refiere a cambios sociales, aunque está por ver lo que quedará de ellos, al menos en España, tras una pandemia que cada vez tiene menos de enfermedad vírica y más de patología social, la más contagiosa de todas.

He aludido a tres generaciones de mujeres porque es lo que sugieren sus editores, si bien yo me atrevería a señalar que no son tres sino cuatro, porque, además de doña Lurdes, abuela paterna de Eliete, la madre de esta y suegra de la anterior, y la propia protagonista, sus hijas Márcia e Inês representan a una nueva generación autistizada gracias a las nuevas tecnologías que tienen también un peso no menor en la trama.

Nos encontramos ante una novela sobre el papel de la mujer a lo largo de estos cien años en un entorno tan parecido al español, por mucho que ignoremos a nuestros hermanos atlánticos. Los hombres que aparecen, desde Jorge, el inapetente marido de Eliete, el que más peso específico tiene en la obra, hasta los demás, desde el dictador António Oliveira de Salazar, los maridos que tuvieron doña Lurdes y su nuera, o el el novio de las más jóvenes del elenco, son personajes de alguna forma fantasmagóricos. Jorge y Duarte, el propietario de la residencia geriátrica en la que acaba viviendo doña Lurdes, son los únicos que gozan de presencia física en la trama.  Jorge, de hecho, podría haber sido como los hombres que solo aparecen en los recuerdos de las mujeres, un personaje nebuloso y aparentemente plano, prototipo del hombre que ha comenzado a morir y solo espera recorrer los tramos vitales que le restan por la misma senda del color del asfalto. No quiero decir con esto que los personajes no estén trabajados, todo lo contrario, sino que representan unos prototipos masculinos desgraciadamente muy frecuentes en el mundo actual. Representan una planicie de la que quizás únicamente se salva Duarte, y que cubre con un manto de oscuridad la sordidez de unos deseos a los que les obliga su propia condición de hombres. Porque cada vez me pregunto más si los hombres no seremos verdugos y víctimas de nosotros mismos. Ahí lo dejo.

A diferencia de los hombres, las mujeres sí que tienen una potencia de matices de la que ellos carecen, que, si me apuran, tienen la potencia del no matiz. En mi opinión, la autora hace un retrato excelente de los personajes femeninos de las cuatro generaciones, o lo que es mismo, una representación extraordinaria de la Portugal de los últimos cien años. Porque, cómo se podrá describir mejor la historia de un país sino a través de sus mujeres. Olvídense de leer datos épicos e históricos y lean esta novela para saber más sobre un extraordinario país del que tanto deberíamos aprender.

El título de la obra, La vida normal, tiene mucho que ver con el diferente rol que parecemos jugar en la sociedad hombres y mujeres. Hombres planos que creemos tener una vida extraordinaria por mentirosa, y mujeres condenadas a una vida normal que no lo es ni de lejos, aunque no aparezca. La vida normal es también una novela sobre los subterráneos por los que transitamos. Una novela sobre la oscuridad, sobre la vida de topos que llevamos, cada vez más aislados de los demás, como bien reflejan las aficiones de Jorge y sus hijas Márcia e Inês. Una vida que se nos va cazando Pokemons por las esquinas.

Además de unos personajes ricos en matices, poliédricos, la autora portuguesa nos relata la historia de las tres, o cuatro, generaciones con una habilidad exquisita (exquisita en español, no en portugués, que significa extraño). Narrada en primera persona por Eliete, se producen saltos de época en un mismo renglón sin que el lector atento deba sufrir por ello, contribuyendo con ello a conformar el carácter del personaje principal.

Para finalizar, no me gusta, por el contrario, la alusión, a mi juicio comercial, a la Madame Bovary de Gustave Flaubert. Puedo entenderlo en clave marketing, pero creo que la novela de Dulce Maria Cardoso no necesita de ese tipo de comparaciones para considerarse una obra magnífica, ni ambos personajes de las obras del escritor francés y la escritora portuguesa necesitan cosificarse para poder establecer algún tipo de equiparación entre ambas protagonistas. Y que a Eliete la coloque la historia al nivel de Madame Bovary solo nos lo podrá decir el tiempo, y ni los editores ni el reseñista, y tampoco usted que he llegado hasta aquí, viviremos para comprobarlo.

La última página de La vida normal finaliza, y no revelo nada especial, con una frase: FIN DE LA PRIMERA PARTE. Y lo entiendo, porque, que yo sepa, todavía no ha aprendido a nadar a crol.

La vida normal (Seix Barral, 2020) |Dulce Maria Cardoso|296 páginas|19,00 euros|

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