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Narrar es seleccionar

MANUEL MACHUCA | Medité mucho el título de esta reseña acerca de la última novela del escritor sevillano Gregorio Verdugo. Otro de los que barajé fue el de una frase que se atribuye al primer jefe que tuvo el entonces joven periodista Ernest Hemingway, en referencia a uno de los primeros artículos que firmó: Ernest, te pago por los verbos, no por los adjetivos. Pero al final me decidí por esta que aparece, porque al leer la historia pensé que había sido podada como podan los árboles muchos ayuntamientos de este país, poniendo en peligro la obra y que ello, a pesar de la responsabilidad que pueda tener el autor, no se le puede imputar por entero a él, porque ahora las editoriales se resisten mucho a publicar libros voluminosos, salvo que los escriba alguno de esos autores que parece que venden sus libros al peso.  Y es que, en momentos como este, y aún más en medio de una pandemia, editar a un autor desconocido y de lenguaje florido una historia con un mínimo de grosor no deja de ser una quimera. Aún más si no hay semen de por medio o, tratándose de una trama desarrollada en la muy mariana, perezosa e indolente ciudad nativa del autor, carece de capirotes y endogamias miarmistas varias. Me puedo imaginar a un editor local abriendo un archivo de seiscientas páginas de lenguaje barroco, firmadas por un escritor desconocido. No llega ni al segundo capítulo.

Dicho esto, creo que La casa de los gatos es una estupenda historia, la de cuatro generaciones de una misma familia de origen castellano que se afincó en el barrio sevillano de Ciudad Jardín, probablemente el barrio con más personalidad de la ciudad una vez que se dio muerte a Triana hace más de cincuenta años, convertido hoy el antiguo arrabal de la margen occidental del río Guadalquivir a su paso por Sevilla en una copia falsificada a la venta en el top manta del turismo de masas, que hoy también agoniza herido de muerte, para desgracia de los emprendedores locales, tan comprometidos con la industria del mínimo esfuerzo.

La casa de los gatos es probablemente la mejor novela publicada por este escritor de origen humilde, primogénito de una familia numerosa residente en un barrio obrero, y que tuvo el coraje de, trabajando en la empresa de transportes urbanos de la ciudad, acabar dos carreras universitarias, las de magisterio y de periodismo, mientras gran parte de los jóvenes de su generación y de su barrio acababan en la cárcel o aplastados por un caballo ochentero imposible de domar. No contento con eso fundó un periódico digital, hoy desaparecido, y decidió dedicarse a contar historias en unos tiempos en los que otros sueñan con la paga de jubilación. Sin embargo, creo que la historia podría haber dado mucho más de sí de no haberse amputado parte de la obra, una conclusión a la que llego después de conocer la obra publicada por Verdugo y su particular universo literario.

El universo literario del escritor sevillano no es muy amplio, lo cual no es un demérito, en mi opinión. Es hombre, con las excepciones que puedan existir, de un solo barrio, la mágica Ciudad Jardín de Sevilla y su inexistente plaza Cervantes, y una sola época, el siglo XX y la Guerra Civil. El autor es un gran observador de esa época, y del escenario que conoce y domina, y la cuenta a través de diversas historias y personajes a lo largo de sus obras. Son personajes desconocidos, héroes y canallas anónimos que son los que construyen la historia con minúsculas porque no aparecen en los libros de historia con mayúsculas, aunque sean ellos en no pocas ocasiones los que en realidad escriben o tiñen con su sangre las páginas de gloria o vergüenza que nos conforman como pueblo. Es, de alguna forma, un escritor de corte antropológico, porque apuesta por observar desde diferentes lugares un mismo mundo para poder llegar a comprenderlo mejor a través de los personajes que imagina.

¿Y por qué sus historias son tan extensas? Por su forma de entender y amar a la lengua y a una forma de expresarla al escribir. Verdugo utiliza para escribir frases cortas en las que apenas se utiliza la coma, frases a veces rebuscadas, con verbos poco usuales, una gran cantidad de adjetivos y muy diversas imágenes literarias que a buen seguro echan para atrás a los editores pero que, una vez se atraviesa el empacho, forman parte del escenario que describe y dotan al barrio y a la trama de una especie de neblina que nos transporta a una suerte de realismo mágico en el que se envuelve la historia. Con ello Verdugo asume unos riesgos enormes, por los editores y lectores a los que puede cansar, pero también, y eso sucede en esta novela, con imágenes repetidas o erróneas, como el olor a camarones que percibe un castellano que jamás ha visto el mar, o cacofonías difíciles de digerir. Es muy difícil su apuesta, tanto por su complejidad como por lo mucho que destaca cualquier exceso. No obstante, y pesar de eso, defiendo que su forma de escribir es parte de la trama, a pesar de que cuando llega el momento de tener que recortar la historia obligue al autor de una manera dolorosa a utilizar la tijera sobre una magnífica historia que acaba resintiéndose y sufriendo las devociones estéticas del autor.

Porque en la novela se ha debilitado algo esencial en la obra de Verdugo, como es el entramado político de la época que tanto luce en otras de sus novelas y relatos, y que habitualmente cuenta con la precisión del periodista que es. Esto hace flaquear el cierre de algunos de los personajes, que no han terminado de perfilarse bien o se podrían haber hecho mejor. En especial, el de un perseguido político, que acude cada noche a dormir a la casa de los gatos y que bien merecería su propio relato. Hay, no obstante, personajes muy conseguidos y un excelente punto de vista desde el que contar la historia, pero algunos otros, y recuerdo también al coronel Beltrán, a los que solo la política los habría podido perfilar mejor. Y la política aparece y desaparece a lo largo de la historia, de ahí mis sospechas de afeite, del que desconozco si ha sido obligado por la editorial que lo publica, por posibles rechazos anteriores, o es sencillamente el doloroso precio que algunos autores han de pagar por ver publicada su obra.

En mi opinión, respetando la opción literaria del autor, a la novela le ha faltado extensión para hacerla más redonda. Pero a ver quién le publica a un autor tan fácil de rechazar. No, no es fácil ponerle el cascabel a ese gato, aunque viva en una casa tan mágica como la que describe esta novela.

La casa de los gatos (Ediciones en Huida, 2020) | Gregorio Verdugo | 324 páginas| 15,00 € |

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