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¿No es acaso el padre el comienzo de toda locura?

Memorias de AbajoCAROLINA EXTREMERA | “La idea de musa es algo que yo nunca comprendí muy bien. Está basada en la divinidad griega, pero yo entiendo a las musas como señoras que se dedican a zurzir calcetines o a limpiar la cocina. ¿Quién fue la musa de Dostoievski? ¿Su epilepsia, acaso? Prefiero que me traten como lo que soy: una artista” (Leonora Carrington en una entrevista a El País en 1993).
La vida de Leonora Carrington se puede considerar la historia de una huida. Lo que comienza como una escapada de las convenciones sociales y de su familia al estudiar arte a pesar de la oposición de su padre, se transforma más adelante en una huida de país en país. Primero, de Inglaterra, cuando se establece en Francia con Max Ernst en 1938 y, después, del régimen de Vichy cuando tienen que marcharse a España en 1940. Su periplo la llevará a Portugal, a Estados Unidos y, finalmente, a México. Pero España resulta no ser una parada más. Algo le sucede cuando llega a Madrid. “La entrada en España me abrumó por completo: pensé que era mi reino; que su tierra roja era la sangre seca de la Guerra Civil. Me asfixiaban los muertos, su densa presencia en ese paisaje lacerado”. Allí, en el Hotel Internacional, Leonora tiene un terrible brote psicótico y, con la connivencia de su padre, es internada en un sanatorio de Santander.
En Memorias de abajo Leonora Carrington nos describe todas esas huidas y, sobre todo, el tiempo que pasó en manos del Dr. Morales. Habla de las técnicas que utilizan con ella, del ambiente que la rodea, de la moral que impera y, aunque solo escribió esta obra tres años después de los hechos que describe, se lee como una denuncia de un tiempo peor en lo político, en lo humano y en cuanto a la psiquiatría. Aquí es interesante ver cómo lo que verdaderamente consigue aterrarla no es tanto el sufrimiento psicológico que le reportan sus delirios sino el dolor físico del tratamiento recibido. Cuenta que tres veces le administraron cardiozol, un medicamento que se inyectaba para inducir convulsiones en el supuesto de que la epilepsia y la esquizofrenia eran enfermedades antagónicas. No es ese el único aspecto en el que su testimonio recuerda al de Sylvia Plath –que estaba aterrorizada por la terapia electroconvulsiva– sino también en el hecho de que durante toda su estancia está desesperada por ser comprendida y no llega a lograrlo jamás.
La lectura de Memorias de abajo es sin duda una experiencia dura pero también hermosa. Fiel a sus principios artísticos, la autora nos lleva de la mano por un paisaje surrealista y onírico donde todas las líneas están borrosas, tanto la que delimita dónde acaba la ficción y empieza la realidad como las que separan la locura de la razón o el sueño de la vigilia. A veces, la percepción de los hechos está fragmentada no solo por su estado de salud sino también por lo que le ocultan sus cuidadores, lo que da un aspecto más deslavazado a la narración y por tanto nos aproxima más al estado mental de la autora en esos meses. Los sueños tienen la categoría de visiones y, en su psicosis, la pintora ve relaciones entre los objetos lindando con lo cabalístico y lo hermético.
Hay instantes de belleza sobrecogedora siempre relacionados con la euforia que acompaña a la psicosis combinados con otros instantes terroríficos y oscuros. La autora nos demuestra que su contacto con la locura va mucho más allá de esa fachada que impostaban muchos otros surrealistas y para ello nos arrastra a nosotros con ella en su ciclotimia. Sin embargo, se nota también que hay mucho cuidado en las palabras que va a utilizar y, sobre todo, en la simbología que aparece en el texto. Insectos, objetos, sangre, localizaciones, colores, luces, todo está al servicio de un efecto concreto, igual que en un buen cuadro. Las últimas palabras están dedicadas a su padre, el mayor símbolo de todos, que sobrevuela toda la obra del principio a fin. ¿No es acaso el padre el comienzo de toda locura?
Como aconsejaba Edgar Allan Poe en La filosofía de la composicion, Memorias de abajo es lo suficientemente breve como para poder leerlo de una sentada. Ese tipo de lectura beneficia especialmente a este libro, ya que el lector acaba sumergido en un mundo de tiniebla y luz del que no es fácil salir. Así lo leí yo, una mañana en la que cuando cerré la última página miré por la ventana y vi el sol. Me alegré de estar viva.
Memorias de abajo (Alpha Decay, 2017), de Leonora Carrington | 88 páginas | 14,90 euros | Traducción de Francisco Torres Oliver

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