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No hay inviernos como los de antes

InviernoCAROLINA LEÓN | Me dan algo de reparo los libros con títulos de un solo gran sustantivo común. Digamos Pureza, La madre o El idiota. Como si, apropiándose de esos significantes tan abiertos, tan compartidos, esas narraciones quisieran ofrecer Una Versión de los mismos, llenándolos de significado para la posteridad. Como si pretendiesen convertirse en leyenda, por aquello del genérico. Este pequeño libro llamado Invierno podría caer en ese saco de la pretenciosidad literaria, si no fuese porque en él se pueden encontrar unas cuantas cosas pero ninguna cercana a la vanidad o a la pompa. Este invierno, inencontrable en el mapa, se te mete dentro con humildad y sin alharacas; te ofrece un viaje bastante inesperado, al corazón de una meseta o la otra, a una zona de llanura o de tierra montañosa, no se sabe muy bien, a un lugar muy frío pero que acoge; a un lugar entre la narración popular y la leyenda, allá te lleva Invierno.
La primera novela publicada de Elvira Valgañón es uno de esos libros en los que, primero, has de acostumbrarte a su fraseo. Recuerdo experiencias similares la primera vez que leí Pedro Páramo o alguna de las novelas breves de Clarice Lispector (aunque no se asemeje en ningún caso la prosa). Aquellas lecturas obligaban a un primer ejercicio de sintonización. En este caso, con una prosa que de tan ensayada aparece natural, que de tan comedida se siente organizada y trabada con justeza y que, sin ser una traslación de un sociolecto concreto, parece dar lugar a algo así como la “prosa del pueblo”, “de lo rural”, o “del invierno” en el monte quizá. Valgan algunos botones: “A él lo despiertan cada día los cencerros que pasan junto a su muro. Al removerse nota en los brazos cristales de escarcha y el tacto apelmazado de los faldones de su chaqueta y eso es que se acerca el invierno”. “Por las mañanas le peinaba las trenzas, le ponía un pañuelito que le gustaba llevar a ella y marchaban juntos a las escuelas igual que iban juntos a todas partes. A comprar azúcar y aceite a la tienda de la Chiripa, al río, a Cerveda en bicicleta, cuando tenían que hacer recados, el maestro delante muy tieso y ella sentada en la parrilla. A los del pueblo les hacía gracia verlos”. “Bebía de medio lado, en un escorzo forzado por la giba que dejaba ver el chaleco rojo, adornado con un lamparón de sopa. Él se preguntó si aún llevaría piedritas en el bolsillo de la chaqueta para tirárselas a los chiquillos de la escuela cuando le hacían rimas”.
En ese fraseo, medido y trabajado con insistencia, con la dosis justa de léxico vernáculo, vas sintiendo que cada frase, coma y punto y aparte están cargados de sentido, y que la falta de alguno molestaría a la descripción de las escenas o el dibujo de personajes. Así que te obligas a releer la página, sí, como en la experiencia de lectura de un poema.
Cuando te has acostumbrado, quizá puedes empezar a correr un poco más sobre los párrafos. Una vez que has pillado el tono, se desgrana sola la concatenación de situaciones, relatos encadenados a partir de las sensaciones de un espantapájaros (Asustacuervos) en un prado de las afueras de un pueblo, testigo callado. Al pueblo llega, en el invierno de 1809, un soldado “francés” muy malherido. Médico, enfermera, vecinos, alcalde, lo acogen y defienden. El soldado sale y el pueblo permanece. Deja entrar y salir las décadas y los personajes. Estos vienen con secretos de ultramar o vienen con secretos de la ciudad, traen cuentas que saldar o amores que reconquistar. La historia no es una, sino muchas, el espacio es uno pero difuso, las épocas saltan, y los personajes se van materializando delante nuestro, con el correr de las páginas, como viejos amigos o paisanaje que resuena en alguna parte de nuestro cerebro, como si cualquier pueblo pudiese contener a una mujer de tez blanquísima, a una partera, a un maestro dedicado, a un pastor solitario con relatos que contar, a un jorobado rencoroso y a un emigrado que retorna.
En esta sensación de conocer o estar cerca de algunas historias (es valiente el recurso de la autora logroñesa de revisar siglo y medio de historia del país a través de breves relatos de un pueblo ignoto), hay un elemento que genera la sensación de cercanía y otro que aporta el distanciamiento (y entonces, quizá, la literatura).
En cuanto al primero, la autora relata las vidas del maestro, de Lamperna o de Basilio y su trompeta como si en verdad estuviera dentro de ellas. Como si nada más importase en el mundo que esas historias hiperlocales y vidas minúsculas en medio del devenir de acontecimientos de un mundo desquiciado que no ha hecho sino acelerarse (en brazos de estas historias, te sacudes fácil décadas de devenir global y sientes que, al final, va todo más o menos de lo mismo: nacer, amar, cuidar, transitar, morir). Es la prosa, es la brevedad, es la justeza, la que te hace sintonizar, otra vez, con la vida de un pueblo del interior hispánico: que cambia, sí, pero no cambia tanto mientras se mantengan sólidas cuatro coordenadas.
En cuanto al segundo, el elemento del distanciamiento, toda esa cercanía que transmiten las historias hace “¡bum!” cuando les pone títulos de cuentos o arquetipos tradicionales ampliamente conocidos (El soldadito de plomo, La reina de las nieves) a los capítulos. Todas esas vidas por las que hemos transitado son, bajo esos marcos, mera leyenda.
Aunque podría haberlo explicado al revés: primero nos distanciamos, luego nos enredamos en las pequeñeces extraordinarias de un pequeño pueblo que una vez recibió a un soldado y… El efecto de uno y otro recurso es el mismo: qué bien se siente una en esta historia.
Sin embargo, la brevedad engaña. La brevedad no es simpleza, es decantación; por eso siempre va a apetecer releer la
página terminada, el párrafo de nuevo, como apetece dar otro sorbo al vino cuando es bueno; el relato se va haciendo más oscuro conforme pasan las páginas, además. En la aparente ley natural que parece regir las vidas aquí trenzadas en el duro invierno, con las edades amontonándose y empujando yerbas secas, la ley del hombre es la más dura. La memoria se enreda, y viajamos a la guerra de Filipinas de la mano de los recuerdos de uno de los habitantes del pueblo convertido en mito, el pastor al que todos le piden historias. Valgañón deja de contar leyendas de abuelo chocho para sentarnos en la trona del soldado raso, y a ver morir. El registro no parece haber cambiado en el transcurso, pero el relato crece en octanaje.
El Invierno de Elvira Valgañón no tendría que haberse llamado “El espantapájaros del prao del francés”. O sí, lo mismo da, lo que está dentro vale tanto como una chimenea bien alimentada en lo peor del invierno. Vale tanto como la mejor sesión de relatos orales de historias que todo el mundo se conoce, pero nadie tiene muy claro si sucedieron en verdad.
Invierno (Pepitas de calabaza, 2017), de Elvira Valgañón | 136 páginas | 15,50 euros

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