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No tan deprisa

MANUEL MACHUCA | Quienes me conocen saben lo que me gusta patear las calles, mucho más que pasear, buscando huellas de nuestra civilización urbana. Los grafitis, las pintadas, son algunas de mis devociones, pero también las frases pretenciosas y lapidarias, con la probable pretensión por parte de quien la ideó de ofrecernos espacios de pensamiento o momentos místicos que contribuyan a cambiar nuestra fallida forma de estar en el mundo. Evidentemente, no todos estos mensajes tienen la misma profundidad, pero no por ello les otorgo menos valor, ya que me ayudan a entender a esta sociedad tan contradictoria en la que los pobres se están rebelando para defender a los ricos, esa forma de volver a poner en valor aquella frase célebre de los ciudadanos madrileños, sí, otra vez Madrid, cuando gritaban ¡Vivan las cadenas!, en defensa del monarca más pésimo, si ello cabe, que nos ha dado España.

En unos de mis paseos pude observar un mensaje en el escaparate de una farmacia que decía: “No cuidarse perjudica seriamente su salud”. Toma ya, me dije, sin dejar de lamentar, por esas cosas de pertenecer uno al mismo gremio, el declive profesional e intelectual de una profesión que un día sirvió para algo.

Sin embargo, no toda la culpa de la superficialidad de este mundo se le puede achacar a los boticarios, faltaría más. El sector literario tampoco es manco, ni mucho menos. Como lo muestra el escaparate, otro más, de una librería nada independiente, que trataba de iluminarnos a los viandantes con la frase de un escritor de éxito, de esos que nos venden sus tragedias para aliviar las nuestras y nuestros bolsillos: “Lo importante en esta vida no lo enseñan. Pero cuando lo aprendes, no lo olvidas”. Toma ya, me dije de nuevo, y disculpen la repetición de un entusiasta de las lápidas tan parco en recursos literarios para describir su emoción. Sí, estamos invadidos.

¿Por qué cuento esto en una reseña literaria de un libro, de una escritora, de éxito? Pues porque eso me ha parecido este libro tan bien editado, con su tapa dura y sus dorados, con los bordes de las páginas de color tan cuaresmal, como es El Evangelio de la escritora sevillana Elisa Victoria. La historia de Eulalia, esa joven estudiante de Magisterio en Educación Infantil que se paga sus estudios como pizzera y que tiene que hacer sus prácticas en un colegio religioso me ha sorprendido por la cantidad de lugares comunes, por la repetición de todo lo que ya sabemos desde hace tiempo en cuanto al fenómeno religioso. En definitiva, nihil novum sub sole.

Hay que decir que la autora tiene oficio. Maneja muy bien la sintaxis, los tiempos de la acción, lo que hace de la lectura de este libro algo entretenido. Su lectura enganchará a un público joven que desee verse retratado en sus estereotipos, y también a sus padres, ávidos por conocer esa vida privada de sus hijos a la que no tienen acceso por motivos evidentes. También es rescatable para conocer la vida en los cinturones urbanos, tan lejos casi siempre de la literatura, ambientación en la que la autora repite tras su última novela, la que le catapultó a la fama, Vozdevieja. Sin embargo, y esto me sucedió también en su libro anterior, creo que la caracterización del personaje principal no me resulta creíble. Si en el anterior creo que no bastaba con afirmar que se tiene una voz de vieja para no solo utilizar palabras impropias de la edad sino elucubraciones intelectuales difíciles de justificar en un personaje de esas características, la reflexión pedagógica que realiza la personaje de Eulalia en esta, que no la autora, a sus veinte años, dista a mi parecer mucho de lo que puede pensar una estudiante. Otra cosa bien distinta será lo que piense la escritora a sus treinta y seis años, pero también en literatura es importante no confundir al personaje con el autor, como bien insiste Juan Manuel Gil en su fantástica novela Trigo limpio (Seix Barral, 2021), que no dejaré de recomendar. No se trata de las palabras que se usan sino de los pensamientos que se ponen encima de la mesa.

Otro aspecto a señalar es lo mal parados que salen los personajes masculinos en la novela. Y en esto parece confirmarse la opinión del escritor mallorquín afincado en Sevilla Eduardo Jordá, que estima que al escritor de hoy le falta piedad con los personajes, y que eso no tiene que ver con que este, o esta, sea piadoso o no, sino con la necesidad de humanizar a los personajes, como seres humanos que sufren. También hay otros personajes femeninos que podrían haber estado más dibujados, más alejados del estereotipo que nos imaginamos. Por ejemplo, por el papel que juega en la historia, el de Sor Lucía podría haberse enriquecido con más matices como monja buena, ya que no basta con diferenciarla de las otras monjas malas o la fuerza manipuladora de la religión.

No obstante, y a pesar de lo dicho, estoy convencido de que en Elisa Victoria hay una escritora de talento, pero que tiene que decidir si la ruta de éxito que le abrió Vozdevieja es la que colma sus aspiraciones literarias o si, por el contrario, aspira a dejar rastro en este complicado mundo de la literatura. Paciencia, por favor.

El Evangelio (Blackie Books, 2021) | Elisa Victoria| 312 páginas| 22,00 € |

admin

Un comentario

  1. Manuel Machuca:
    Estoy totalmente de acuerdo con su opinión de crítico literario sobre esta autora. Yo no pude soportar el bajo nivel literario de «Vozdevieja», que lo compré en formato Epub. Sencillamente, lo borré.
    Gran culpa de todo este descenso de calidad la tienen las editoriales. Parece que hoy es demasiado fácil publicar. Tratan la literatura como producto. Y engañan al lector.
    Hay tantos buenos escritores, que yo, con Elisa Victoria no pienso tener ninguna paciencia. Tachada. Primero que se haga escritora, y luego intente publicar. No al revés. Así que adiós a este «Evangelio» y a Elisa Victoria, porque me niego a poner la otra mejilla. Ya me dio en una con su «Vozdevieja», un título que correctamente escrito, me gusta, pero no así. Las «originalidades» han de estar en el fondo del relato, y las excentricidades con el lenguaje, además de molestarme, suelen servir para maquillar la superficialidad o mediocridad de lo que se ofrece.
    Gracias por su reseña, clara, entretenida y honesta.

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