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No tuve más remedio que viajar

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No tuve más remedio que viajar” (Arthur Rimbaud)

MANOLO HARO | Los vuelos ‘low cost’ y airbnb han hecho de uno de los negocios más lucrativos de los últimos años –la nueva logística, el transporte de carne humana con incontrolado afán de consumir lo que sea en donde sea– se convierta en la causa principal de la desaparición de ecosistemas urbanos saneados. La proliferación de terrazas y garitos de comida rápida franquiciada, la masificación humana en el cruce de vías históricas, el éxodo de vecindarios completos en busca de un poco de tranquilidad son sólo algunas muestras de la manera en que, tal vez, el mayor depredador del siglo (el turista) está haciendo mella en todos los rincones del mundo. Algunos empiezan a plantearse si la intervención de las administraciones podría sanear el lodazal en el que mutan todos los rincones del planeta. Posiblemente un simple cuestionario para “viajeros” haría la función de filtro: ¿por qué viaja?, ¿hitos históricos, arquitectónicos, humanos, etc. del lugar?, ¿tiene previsto adquirir recuerdos?, ¿de qué tipo?, ¿quién fundó la ciudad?… Claro que esto equivaldría a abrir la puerta a una élite, una posible gentrificación del turismo, una elitización del viaje, pero, al paso que vamos, no sólo los parques naturales habrán de estar protegidos de manera expeditiva.

Todo ello viene a cuento tras la lectura de un libro (me van a permitir el manido adjetivo) maravilloso. Maravilloso por lo que muestra, por lo que recoge y atesora, por la luz que deja pasar entre unas grietas en forma de anotaciones, acuarelas, lienzos, bosquejos y cartas realizadas por unos tipos que poco o nada tuvieron ni tienen que ver con nuestros desplazamientos masivos e irreflexivos hacia lugares remotos y desconocidos (como consecuencia, esto último, de una falta total de interés por lo que se visitará, no porque haya aún un remoto lugar al que llegar, y menos en Ryanair). Este libro es una contribución notable a la aparición de volúmenes bellos, en el más amplio significado de la palabra “bello”, en nuestras mesas de novedades. Me alegra que haya una especie de compensación editorial por parte de Planeta, ya que con Exploradores. Cuadernos de viaje y aventura ayuda a limpiar las playas de títulos prescindibles con los que ella misma contribuye a deslucir las costas librescas.

Setenta breves biografías, acompañadas de la producción artística, literaria, epistolar o diarística de unos seres humanos que poblaron la Tierra y la fatigaron en busca de algo trascendental para ellos mismos o para la Humanidad. Exploradores polares del XIX le pasan el testigo de sus búsquedas a damas del XVIII que se acompañan por el desierto con un séquito de cien camellos y otros tantos sirvientes; botánicos con querencias extremas, mujeres que se adentran en ciudades de antiguas civilizaciones para plantar un caballete y recoger lo que el río del tiempo, los cazatesoros y los colonialistas se llevarán. Uno aprecia fácilmente que un viajero como Chatwin viajó para encontrarse a sí mismo; el capitán Cook, en cambio, lo hizo para descubrir el mundo. El siglo XX fue un siglo individualista; el XVIII, optimista y de un didactismo beatífico y universal.

La inocente advertencia que hace Robin Hanbury Tenison, un nonagenario explorador que aún mora entre nosotros, podría emplearse como máxima para todos los que emprendan un viaje por algún motivo concreto: “Lo más importante que hay que llevarse a un viaje es un cuaderno de notas. Todas las noches hay que escribir en él, al menos un par de páginas, para anotar lo ocurrido durante el día. Si no se hace, es mejor no iniciar una gran expedición. No sólo se olvidará todo rápidamente, sino que no se podrá compartir con nadie. ¿Qué sentido tiene viajar si no se puede contar una gran historia sobre el viaje? Un cuaderno de notas es todo cuanto se necesita. Es la mejor inversión”. Por su parte, el gran dibujante de los Polos, Wally Herbert (1934-2007), afirmaba que “un pionero tiene la responsabilidad implícita de traer algo de valor de sus viajes: un mapa, un descubrimiento único o conocimientos especializados que puedan contribuir a entender nuestro planeta”. El mismo Herbert hace una concesión a lo lírico en uno de sus diarios cuando escribe que demuestra que atrapar el instante salva de la oscura boca del olvido el polvo dorado de la experiencia: “La larga noche polar es un momento del año fascinante para viajar en trineo… La experiencia de desplazarse a través de la aparente infinita banquisa en la oscuridad invernal resulta casi mística. No existe ningún otro lugar en el mundo más hermoso que un paisaje polar iluminado por la luna llena en un cielo sin nubes”.

Y así, con estas voces lejanas en el tiempo y desde geografías remotas, nos vamos adentrando en unas vidas ejemplares por su enconada determinación en lograr llegar a algún lugar desconocido, cueste lo que cueste. De hecho, emociona leer fragmentos de las últimas cartas que en marzo de 1912 el capitán Scott (1868-1912) dejó escritas justo antes de morir en el silencio blanco del Polo Sur: “Resistiremos hasta el final, aunque, evidentemente, cada vez nos quedan menos fuerzas. La muerte no puede estar lejos. Es una lástima, pero creo que ya no puedo seguir escribiendo…”. En la misma tienda donde escribía el capitán falleció un poco antes Edward Wilson (1872-1912). Scott escribió a la esposa de Wilson: “Si le llega esta carta, significa que Bill y yo nos habremos ido juntos […]. Murió como vivió, como un hombre valiente y leal…, el mejor compañero y el amigo más incondicional”.

Es de justicia apuntar que los compiladores de estos textos y de tantos testimonios gráficos han sido Huw Lewis-Jones y Kari Herbert, matrimonio afincado en Cornualles con una amplia y entregada dedicación al mundo de la investigación sobre la exploración y a la edición respectivamente.

Nada más. Si pueden, échenle un vistazo a esta belleza. Es un libro que se disfruta, del que se pueden sacar títulos para novelas –como el “vete a casa; puedes dejarme sola. He dormido con jaguares” de Margaret Mee (1909-1986)–, un deleite para los que admiran el arte al aire libre, una invitación para dejar de viajar como carne que va al sacrificio. En este abril que ya acaba y que anuncia el litúrgico mayo de las primeras comuniones (con un poco de suerte alguno de ustedes estará libre de estas ceremonias) me gustaría que aceptaran un consejo: si aprecian en algo al pre-púber que con ilusión abrirá la boca en busca de la hostia, déjense de móviles y tabletas (al parecer, los regalos estrellas), regalen Exploradores. Cuadernos de viaje y aventura. No es un libro para jóvenes, pero, si por casualidad lo conservan consigo para cuando lleguen a la edad del juicio, les agrandará el mundo y sus caminos.

Exploradores. Cuadernos de viaje y aventura (Geoplaneta, 2016) de Huw Lewis-Jones y Kari Herbert | 320 páginas | 33,50 € | Traducción de Josep Escarré

 

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