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Otro tiempo vendrá distinto a este

JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | Me faltaba poco más de una semana para cumplir los diez años y mis amigos y yo comentábamos con estupor la noticia de que el mundo se acabaría -con nosotros dentro- el 5 de septiembre de 1975. Así al menos lo anunciaba una sociedad bíblica con nombre de reloj sumergible. Watch Tower, que así se hacían llamar estos angelitos del demonio, regía los destinos de los Testigos de Jehová y nos emplazaba en aquellos días a un Armagedón devastador que pondría fin no sólo a seis mil años de creación del hombre sino a cualquier posibilidad de futuro. Y eso, con menos de una década cumplida de existencia, era algo bastante jodido para un niño.

Aquella inquietud apocalíptica me duró hasta el amanecer del día 6 de septiembre. Pocos minutos después del desayuno era ya un tema olvidado. Hasta hoy. Recuerdo que había descubierto la terrible noticia en el faldón de algún periódico o en un recuadro de alguna revista ilustrada que colgaba con pinzas de tender en una de las puertas del quiosco que tenía a pocos metros de casa. Después de una breve caminata, en aquel quiosco, me topaba con todo lo que era verdaderamente importante: los acontecimientos históricos, las cosas de la vida, la lectura, las primeras aficiones, el sexo, los cigarrillos, la curiosidad, los juguetes, las chucherías, la segunda guerra mundial en fascículos, las estampas de cartón de la Liga de fútbol y, también, con aquellas predicciones que no eran más que una farsa para someter nuestras pobres y diminutas conciencias, ya de por sí miedosas y minadas por los agónicos postulados de una agónica dictadura.

El tiempo que pasaba en aquel espacio estrecho y atiborrado de oportunidades me permitía estar en un mundo que tenía la posibilidad de otros mundos. Y la ocasión, cuando reunía algunas pesetas, de llevármelos a casa. Apoyadas en la pared o cogidas con gomas en un tablero de madera, se distribuían las historietas de El guerrero del antifaz, de Lucky Luke, de Tintín, de Rompetechos o de los inquilinos del 13 de rue del Percebe. Cada semana el quiosco era algo completamente nuevo. Historias, portadas, aventuras… Todo era inédito y esa renovación, fascinante. Entonces, ni por asomo, lo que allí podía adquirirse estaba considerado cultura (y hoy, sólo a ratos), pero para mí supuso -lo pienso ahora- una manera de anular las fronteras culturales, pues en aquel crisol se mezclaba todo lo que estaba vivo y palpitaba. El quiosco llevaba pegada la palabra libertad en el noble frontispicio de su puerta. Uno iba a buscar noticias llegadas de todo el mundo y volvía con novelas del oeste, de ciencia ficción, de terror o de detectives.

Unos años antes de todo esto que cuento, en 1969, debido al éxito creciente de la serie Mortadelo y Filemón, la editorial Bruguera había encargado al incombustible Francisco Ibáñez la primera aventura larga de los famosos agentes. El resultado fue El sulfato atómico. Cuando lo adquirí por aquel cumpleaños -los volúmenes de Ases del Humor de Bruguera eran de tapa dura y más caros- con aquel saltamontes gigante en su portada, sentí que agarraba no sólo la llave para acceder ese fin de semana a un mundo lleno de posibilidades y de imaginación sino una clase de emancipadora esperanza al comprobar que, superado aquel absurdo vaticinio, esos dos irresponsables me ofrecían infinitos modos de destruir ese mundo al que tanto me costaba adaptarme. Dos chiflados convertidos en los demiurgos de una terapia que funcionaba como paliativo ante las repentinas contrariedades que asediaban mi crecimiento.

El sulfato atómico era un producto que, según el profesor Bacterio, eliminaba las plagas del campo. Sin embargo, el mejunje, como era de esperar, producía justo el efecto contrario: agrandaba a los animales y los convertía, como si de un parque jurásico descontrolado se tratase, en un grave peligro para el porvenir de la humanidad. Lo peor del caso era que uno de los frascos que contenía la inestable pócima había sido robado por agentes de la República de Tirania, una imaginaria dictadura del Este -el peligro comunista frente al firme bastión de España- gobernada por el opresor Bruteztrausen. Éste, a pesar de su cortedad mental, pretendía usar el nuevo invento de Bacterio como arma “biológica” para conquistar el mundo. La misión de Mortadelo y Filemón consistía en viajar a los dominios del sátrapa y recuperar el frasco.

Cada viñeta de El sulfato atómico está llena de detalles inesperados e impagables. Su extensión; la cuidada estructura de su guion; sus dibujos primorosos -que yo trataba de imitar en mis cuadernos del colegio-; su grafismo, ágil y expresivo en los rostros y las persecuciones, los golpes y las carreras; la linealidad de la historia (otras obras de Ibáñez solían dividirse en capítulos, debido a su edición semanal en las revistas); ese aire de enderezamiento postista de una película de espionaje a lo James Bond o de un alocado episodio de Misión imposible o ese mundo al borde de la destrucción que no necesitaba ciertamente ser salvado por este par de inconscientes, colocaron esta historieta en un lugar destacado de la difícil historia de nuestro cómic.

A ello se debe también el hecho de que los recursos absurdos se traten con desusada delicadeza y el humor resulte mucho más refinado que en otras ocasiones. O al novedoso realismo con que Ibáñez resuelve algunas situaciones. Así los efectos de los golpes que terminaban en chichones duran más que en otras aventuras largas de Mortadelo y Filemón: los dos agentes de la T.I.A son golpeados en cierto momento de la historia y conservan sus llamativos chichones hasta la última viñeta. Puede observarse también cómo Filemón cambia de ropa y con ella, esta vez sin su característica pajarita, permanece hasta el final de sus correrías.

De alguna manera, la trayectoria de este dúo de detectives obstinados, sosias de unos Holmes y Watson pasados por una coctelera cañí, está asociada a nuestra propia historia. Porque con sus divertidas referencias a las Olimpiadas o los Mundiales, a las corrupciones o el terrorismo, a la amenaza nuclear o a la caída de las dictaduras, al fraude fiscal o al cambio climático, al tráfico de drogas o de influencias, al movimiento okupa o a la Crisis del Golfo, al tesorero del Partido Papilar o a las pandemias, han sabido reírse de todo aquello que nos ha tocado vivir de cerca. Con un humor políticamente incorrecto, Ibáñez delata las miserias del teatrillo de nuestra vida cotidiana y pone de manifiesto la relación desastrosa que sus antihéroes sostienen con el mundo que los rodea, donde no parece habitar la menor preocupación ni por la sensatez, ni por la lógica.

Siempre es saludable recuperar alguno de esos mundos en la lectura de cualquier Mortadelo (el mutable Mortadelo acababa siempre por invisibilizar a su compañero Filemón Pi). Un compendio de buenos momentos, de risas y de recuerdos, que ocuparon parte de nuestra infancia. Decir que la historieta en este país no sería la misma sin Ibáñez no es una exageración, sino una corroboración. Y lo es no tanto por su dilatada y prolífica actividad artística o por el personal sello de su obra sino, sobre todo, porque es quien más y mejor supo conectar con aquellos niños que corríamos a descubrir las nuevas peripecias de sus personajes en los tablones de los quioscos.

Ahora que el mundo está patas arriba, he vuelto a releer El sulfato atómico y con su lectura he recuperado aquella improbable posibilidad de que llegase el apocalipsis poco antes de cumplir diez años. Me salvé entonces, pero no tengo claro que eso suceda la próxima vez. Quizás porque con el paso del tiempo me siento -sin la esperanza y con el convencimiento- como el Ángel González que escribió estos versos: Otro tiempo vendrá distinto a éste./ Y alguien dirá:/ “Hablaste mal. Debiste haber contado/ otras historias (…)”/ Pero hoy,/ cuando es la luz del alba/ como la espuma sucia/ de un día anticipadamente inútil,/ estoy aquí,/ insomne, fatigado, velando/ mis armas derrotadas,/ y canto/ todo lo que perdí: por lo que muero.

El sulfato atómico (Ediciones B, 2019) | Francisco Ibáñez | 48 páginas |15 euros.

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