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Para que nada se pierda

ciclo

MANOLO HARO | Algunas facultades de periodismo dentro de la universidad española se coordinan actualmente en la consecución de un admirable fin: crear un programa informático para detectar noticias falsas, un algoritmo contra las fake news. Supongo que vendrán a completar el trabajo que ya iniciaran el año pasado las universidades de Michigan y de Amsterdam, las cuales afirmaban, sin sonrojo alguno, que sus programas eran capaces de detectar una noticia falsa antes que un ser humano. Que la institución por excelencia más vinculada al pensar, tanto en su desarrollo como en su fructificación, se dé a la tarea de crear programas que complementen esta cualidad propiamente humana podría suponer un motivo para congratularse y para que todos nos abrazáramos en la plaza del pueblo. El problema reside en que pensar, lo que se dice pensar, resulta hoy una actividad secundaria, subsidiaria de otras más propias de los árboles o las medusas. Y no será porque el mundo no brinde momentos y situaciones para sacarle el néctar a la fruta de la realidad. Se pierde por días la posibilidad de convertir lo ordinario en, si no en algo extraordinario, en algo, al menos, que sirva para elucubrar y sacar provecho de lo que se nos brinda en la calle. Si el algoritmo sigue despojándonos, o nos dejamos despojar, del pensar, el mundo que viene será el anuncio del fin de la civilización tal como lo entendieron los griegos y unos cuantos más que vendrían luego.

Sin pronunciarse al respecto, Juan Carlos Sierra se coloca bajo la consabida advocación del apócrifo machadiano Juan de Mairena y sus “eventos consuetudinario que acontecen en la rúa” en este Ciclotímicos, incursión reflexiva en la realidad cercana y en lo autobiográfico de este compañero de fatigas en la docencia y en la vida en general. Pensar lo que pasa en la calle es lo que Sierra plantea aquí a modo de un pseudodiario que comienza en el abril de algún año y acaba en el marzo marcial del año siguiente. De la flor que anuncia el fruto a la guerra doméstica y laboral que acontece a los que frisan la cincuentena, y, día tras día, tienen la ligera sospecha de que existe una orfandad ideológica batiendo las alas tras el micro abierto de las tribunas. Exactamente a esos que practican aún el pensamiento para no acabar devorados por el Minotauro.

En ese abril inaugural el pensador afirma que vuelve achispado de la calle y comienza a escribir estos apuntes. En el templo de Apolo en Delfos, la sibila inhalaba los vapores emanados del fondo de la tierra para ver. Sierra es un vidente más prosaico y más cervecero (sin abusar tampoco; le basta una) que ataca sus visiones con amable y humorística rotundidad. Si hubiera que adjuntarle un índice temático a este Ciclotímicos veríamos los variados topos que saldrían a nuestro encuentro. Sierra reúne aquí su poliédrica condición de director de un centro de enseñanza obligatoria a la de padre, filólogo, caminante, crítico literario, pareja, vecino, poeta (esto sin proponérselo), etc. La sociedad está necesitada de una lupa que la perfile y no de espejos que la deformen, en los cuales esta sociedad de hoy se mira con presunción graciosa y autocomplaciente. El autor saca brillo a su lupa y aborda los temas desde un punto impensable para Montaigne. Aquí no hay solo libros; Sierra baja a la calle y busca el filón, y lo entrevera con su existencia doméstica. ¿Qué hace un inspector de educación ante un problema de calado humano?, ¿por qué los ex-alumnos de dudoso pasado académico se alistan con alegría al ejército?, ¿adónde lleva la deriva de la masificación turística?, ¿de qué se nutre la amabilidad impostada del sector de servicios?, ¿por qué el amiguismo sigue abriendo puertas?, ¿a quién se le debe nuestra educación sentimental?, ¿por qué la crítica y los lectores han comenzado a olvidar las notables diferencias entre literatura y producto literario?, ¿por qué las empresarias explotadoras son recibidas en los platós de televisión como epítome de la aportación económica a la buena marcha del país?

Entre todas estas historias, contadas con un estilo que sabe llevar al lector a los pies de lo que se narra, está la visión de un hombre de pluma afilada, sin un ápice de escepticismo, con la confianza  absoluta depositada en una escritura que brota del análisis y de la esperanza. De la misma estirpe que los letraheridos José Carlos Llop o Miguel Sánchez Ostiz, entre el diario y el libro de viajes –tomando cualquier encuentro o cualquier desplazamiento, por corto que sea, como un periplo asombroso–, Juan Carlos Sierra ofrece con este libro un testimonio de cómo es la vida para un determinado grupo de ciudadanos que no tienen ni series ni libros que los expliquen, porque el Sur tiene sus peculiaridades, tan universales como las de Yoknapatawpha, pero aquí los Faulkner locales son pocos o están demasiados ideologizados para poder dar a imprenta algo que ofrezca alguna estampa no polarizada.

Todas las épocas han tenido sus enfermedades, enfermedades que ofrecían la clave para entender  los cambios que se operaban en las sociedades desde donde surgían. El siglo XIV italiano abrazó la peste, la cual avisaba de la corrupción de un mundo que abrazaría lo material y abandonaría la conciencia espiritual para pasar a la Edad Moderna. El XIX, tan emocional, de pechos tan henchidos de pasión, llenó el mundo de tísicos predispuestos a que su dolor saliera a la superficie en forma de poema, de actos heroicos o de espasmos de sangre. Tal vez la ciclotimia dé la medida de nuestro tiempo; pero se trataría de una enfermedad social, algo así como la respuesta está en el viento o en el aire que respiramos. Sociedad nerviosa donde las haya, a caballo siempre entre el materialismo y el egoísmo, entre el frenesí maniaco y la depresión, aquí, en Ciclotímicos – al que su autor pone especial cuidado en colocarle un plural para salvarse, quizás, y entonar “el infierno son los otros” sartriano– se encuentra un poco de lo que somos, visto desde la lúcida mirada de un hombre maduro que camina al lado de su amor por las tardes y que no se encorva ante la pantalla del móvil para ver si algo de lo que se publica es una fake news. Le basta con vivir con los ojos bien abiertos oteando el horizonte y mirando por el rabillo del ojo lo que acontece en la rúa.

Ciclotímicos (Sílex, 2019) | Juan Carlos Sierra | 182 páginas | 18 €

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