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Pararse a respirar

Portada Soy una nuez

JOAQUÍN PÉREZ BLANES | Lo recuerdo como uno de los primeros descubrimientos ilusionantes del colegio, consistía en acercar dos imanes de la misma polaridad para comprobar que dos polos de igual signo se repelen y resulta imposible unir ambas partes de un imán. Esta experiencia empírica, sencilla e infantil, es la misma reacción que estamos experimentando, hoy en día, en la vida diaria. Es una pena que seamos inhábiles para acercar posturas, es una lástima que seamos incapaces de mirarnos a los ojos, frente a frente, y descubrir la humanidad del otro. Ahora mismo, solo somos capaces de mirarnos al espejo y vernos a nosotros mismos: bellos, hermosos, narcisistas, mientras un cuadro envejece por nosotros al estilo Gray.
Gray, no Grey, Dorian, no Christian.
Hay una frase de Marina Garcés, a la que admiro, leo y releo con devoción, que dice: “Pensar es aprender a respirar”. Deberíamos añadir, pensar y repensar. Nos hemos vuelto exigentes, beligerantes, de discurso vehemente, impetuosos, exaltados, incapaces de limpiarnos los prejuicios frente al otro. De este modo, nuestro lema es: “El otro, si no está conmigo está contra mí”. Somos incapaces de detenernos un instante para descubrir que la persona que tenemos frente a nosotros, en realidad, tiene la misma voluntad natural y el mismo anhelo de ser feliz que el que tenemos todos. Que esa otredad no deja de ser un ser humano con quien, si lo intentásemos, podríamos dialogar, siempre y cuando esa otredad no tenga la misma polaridad intransigente, los mismos prejuicios, que tenemos nosotros.
Soy una nuez es un libro entretenido, de lectura amable, juega con el disparate pero a la vez con la inocencia, todo ello para vertebrar una historia en la que una abogada defiende ante el juez que Omar, un niño indefenso, posee una naturaleza inusitada: ser una nuez. De este modo, bajo un modelo de derecho romano, al caer del árbol sería de propiedad de la señora que lo recogió, pudiéndoselo quedar en adopción. Es un planteamiento tan absurdo como ingenioso que ayuda a crear una atmósfera divertida y desatinada. Un libro alegre pero también estremecedor y, sobre todo, muy entretenido para la imaginación del lector más joven aunque también reflexivo para el lector adulto para ejercitar ese “aprender a respirar”.
Beatriz Osés es una escritora de literatura infantil y juvenil muy versada en libros de esta índole, su saga más conocida es la de Erik Vogler, un maniático individuo que se ve involucrado en inesperados asesinatos, también muy recomendable para iniciar en la literatura a esos púberes de pereza lectora.
Soy una nuez podría resumirse en la autobiografía que hace el propio niño en uno de los capítulos: “Me llamo Omar y soy una nuez. Mi padre era jardinero y mi madre olía a canela. A los dos se los comió el mar poco antes de llegar a la playa. Los vi desaparecer mientras flotaba en aquella cáscara de nuez junto a otros desconocidos. De los tres, solo yo llevaba un pequeño salvavidas con mi nombre”. Esta síntesis que compendia el naufragio de una vida, debería estremecer a cualquier lector, si no fuese así entonces nuestra sensibilidad, nuestra humanidad, está quebrada. Algo nos debe estar envenenando la sangre si somos incapaces de conmovernos ante cualquier movimiento migratorio. Recurro a Garcés una vez más: “la frontera, vista de cerca, no es nada: un pedazo de mar, de tierra, de río, de vía de tren…”, a veces es una señal de tráfico rectangular, de color verde, que reza “Extremadura” si sales de la comunidad o “Huelva” si sales de la provincia, pero la carretera es la misma, el paisaje el mismo, las personas las mismas. Este libro, en las buenas manos de una infancia que va formando su juicio crítico, a pesar de la televisión vocinglera, ayudaría mucho a salvaguardar la integridad del sentimiento solidario que tanta falta nos hace en nuestros días.
Cuando nos mudamos a vivir a Sevilla era un extranjero llegado de Alicante, hace de esto tantos años como tiene la familia Telerín. El primer lustro de mi vida en Sevilla pertenecimos a Gelves, pasado ese tiempo, pasamos a depender de Mairena del Aljarafe. La casa de mis padres seguía siendo la misma, a pesar de la rotación de la tierra, las mareas y el paso de lunas llenas, la casa se mantuvo en el mismo lugar, inamovible, quien cambió la adscripción fueron los municipios. ¿Quién marca pues los límites, las fronteras, sino los intereses o las disputas?
Recuerdo los viajes eternos desde Sevilla a Torrevieja en un Citroën DS Tiburón, los tres hermanos en la parte de atrás y mi hermana marcando la frontera de su espacio físico con la mano. “Este es mi espacio”. Si pasabas un dedo provocador de la línea divisoria, mi hermana te daba un manotazo y decía: “Mamá, Joaquín está invadiendo mi espacio”. Entonces mi hermano y yo, en un acto tan irracional como vengativo, levantábamos las manos y las agitábamos en el aire exclamando: “El aire es de todos. El aire es de todos”. Así imagino yo el sueño bíblico del señor Trump, el sueño de dividir en dos las aguas del río Bravo a su paso por Texas diciendo: “Este es mi espacio, este es mi espacio”.
En un tiempo convulso, lleno de soflamas incendiarias, no estaría de más aprender a respirar, pensando, con tranquilidad, con sosiego, con afabilidad, en la condición humana y los límites tan parciales, tan abstractos, que marcan una frontera. No estaría mal darle la vuelta a los imanes y enfrentar la otredad de los polos para acercarlos y, al menos, entender los motivos que hacen que otras personas decidan partir en una embarcación exigua para atravesar las fauces líquidas de un mar voraz.
Termino de nuevo con Marina Garcés, porque sus palabras tienen más consistencia que las que pueda escribir este estadista. Garcés dice: “La igualdad no es un resultado, es una premisa y tiene una sola consigna: comparte el deseo y no trates nunca al otro de idiota”. Sean felices, pero sean felices contemplando la posibilidad de que el otro, el que está frente a nosotros, proceda de donde proceda, también puede ser feliz con los mismos derechos que nos concede a todos la condición humana.

Soy una nuez (Edebé, 2018) | Beatriz Osés | 128 páginas | 9.10 euros | Premio Edebé de Literatura Infantil 2018 | Ilustraciones de Jordi Sempere

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