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Peluches y pipas de kif

El limón

ALEJANDRO LUQUE | Hermoso por fuera, ácido por dentro. Podría tratarse de una adivinanza, pero no es sino la descripción que hace del limón uno de los personajes de esta novela, y por analogía de su protagonista. Abdeslam es un chaval tangerino de 12 años que tiene algo de Antoine Doinel –Los 400 golpes se estrenó apenas diez años antes de la primera edición– al que su padre expulsa del hogar tras una pelea con su profesor. Entonces se instala en la medina con Bachir, joven estibador del puerto, y trata de ganarse la vida como puede, eso sí, honradamente.

Arranca así un relato iniciático que marcará el paso de la inocencia a la adolescencia por parte de Abdeslam, un chico despierto que ha crecido aprendiendo de memoria pasajes del Corán, y que demostrará una enorme madurez para su edad. Sin embargo, el Tánger internacional en el que crece no es quizá el mejor lugar para un niño sin protección familiar. Aunque en su camino encontrará benefactores como Paco y Mercedes, los nesraníes que tratan de adoptarlo, Sidi Motjar, que lo emplea en su café, o su amiga Auicha, son muchos más los bebedores con mal vino, los pervertidos y los pendencieros que le impiden llevar una vida más o menos tranquila.

Mohamet Mrabet, analfabeto, dictó este relato a Paul Bowles –sí, el de El cielo protector, La casa de la araña [https://msur.es/2011/09/11/la-busqueda-del-salvaje/] y Puntos en el tiempo [https://msur.es/2011/04/10/bowles-puntos-alianza/] y éste lo puso negro sobre blanco, dándole forma y estilo. La editorial que lo trae de nuevo a la luz ya publicó hace unos años otra entrega de este tandem, Amor por un puñado de pelos, que giraba en torno a las supersticiones y brujerías de Marruecos aplicadas a las relaciones sentimentales.

El limón conserva el mismo tono narrativo, si bien se mueve en un registro algo más sombrío. Resulta muy interesante, en todo caso, comprobar cómo la voz de Mrabet/Bowles nos retrotrae al tiempo de los relatos orales, anterior a cualquier asomo de vanguardia, donde los hechos fluyen con el único objeto aparente de que no se escape la atención del lector, o del oyente. En la peripecia de Abdeslam parece no pasar nada, pero están pasando cosas todo el rato. Se describen con detalle los movimientos, los gestos, los diálogos, pero al mismo tiempo transmiten una rutina lenta, al filo del tedio, que va incubando tensiones soterradas.

“Soy demasiado mayor para andar jugando por la calle, pero aún soy un niño para cualquier otra cosa. No estoy haciendo nada de lo que me gustaría y el tiempo pasa, y nunca llegaré a ninguna parte”, le oímos decir al chico. Abdeslam no es el perfil de chaval que chapotea en la miseria de las novelas de Mohamed Chukri, no llega a vivir esos niveles de violencia ni desamparo, pero nos recuerda igual que hay muchos seres humanos en Marruecos –todavía hoy– a los que la sociedad roba cada día la infancia. Una sociedad que no quiere o no sabe proteger a sus niños –parece decirnos, como podría decirse de las mujeres– es una sociedad podrida.

Adeslam crece entre peluches anacrónicos, pipas de kif que le hacen volar la cabeza, cierta tendencia al fanatismo religioso –de vivir en la actualidad, habría caído sin duda en manos de los Hermanos Musulmanes– y el temor a los abusos de Bachir, que representa ese mal del que no se puede huir. Y que invita, incluso a los más pacíficos, a responder al lenguaje de la violencia con sus mismos códigos. Hay quien ve en ello una suerte de identidad cultural, “ellos son así”; pero no es más que otro mal a erradicar, si es que el país vecino quiere salir de su secular subdesarrollo y apostar por la felicidad de sus súbditos.

PS.- La traducción de Alberto Mreth refleja bien ese gustoso eco oral al que aludí antes, pero incurre en un error habitual que no nos cansaremos de señalar: dejar de traducir Allah como Dios, tal vez por miedo a que se confunda con el Dios de los cristianos. Pues bien, es exactamente el mismo. Entiendo que palabras específicas como sebsi [pipa de kif] o los nombres de los instrumentos musicales se mantengan, pero no por qué no se traducen expresiones como salam aleikum [la paz sea contigo] o incha Allah [si Dios quiere]. Incluso zamel [maricón] queda sin traducir de un modo inexplicable. Si en esos momentos están usando expresiones árabes, ¿en qué idioma hablan el resto del tiempo?

El limón (Cabaret Voltaire, 2019) | Mohamet Mrabet  -Transcrito por Paul Bowles– | 288 páginas | 19.95€ | Traduccion de Alberto Mreth

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