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Pero… ¿hubo alguna vez once mil inéditos de Jardiel?

elhombrequeibaacasaJOSÉ MARÍA MORAGA | Ya no es ninguna novedad: si hace diez años la obra de Jardiel Poncela estaba marginada del canon y era difícil de encontrar (salvo honrosas excepciones), hoy se pierde la cuenta de los volúmenes que muy diferentes editoriales han sacado rescatando la obra del madrileño. En Estado Crítico fuimos de los primeros en reivindicarlo, aunque esté feo decirlo, y no nos importa hacer de hipsters del absurdo: “Nosotros ya leíamos a Jardiel antes de que estuviera de moda”. Tampoco había que ser Sherlock Holmes (personaje, como todo el mundo sabe, jardielesco) para darse cuenta de que la obra del madrileño no podía permanecer oculta durante más tiempo, ya que más allá de modas, gustos o épocas, su calidad es innegable y viene avalada por el éxito comercial que tuvo en su día y el prestigio crítico del que hoy goza.

Pero ¿por qué se sigue editando a Jardiel? Porque es gracioso. No hay otra respuesta mejor. Me gusta pensar que en esto hay algo de justicia poética para un hombre que murió enfermo, arruinado y denostado ya en los años 50. Su obra vive hoy rebosante de salud, merced a un asombroso manejo de los mecanismos de la comicidad, dobles sentidos, voladura de convenciones, ironía, juegos con las expectativas del lector, irrupción del absurdo.., características de una gran tradición que a menudo se señalan en rupturistas como Laurence Sterne o Kurt Vonnegut pero que parecen no valorarse en la producción de autores menores o “humoristas”. Centrándonos en los textos breves (sabido es que su teatro y novelas ya bastarían para otorgar a este escritor su asiento en el canon), da alegría encuadrar a Jardiel dentro de esa “otra Generación del 27” de Mihura, Tono o López Rubio (acuñador del término) y comprobar con orgullo que el humorismo español del primer tercio del siglo XX no tiene nada que envidiar al anglosajón.
Leo relatos breves de Jardiel Poncela (por llamarlos de alguna manera) y me parece que están sacados de las memorias de Groucho, de la revista New Yorker, o que los escribió Steve Martin en los setenta (salvo por las frecuentes menciones castizas). Este 2017, sin ser aniversario de nada, ha visto ya que yo sepa la edición de El amor es un microbio (Azimut), Mis viajes por los países a los que no he ido nunca (Samarcanda), La caza del marido y otros escritos de humor (Verbum) y El hombre que iba a casa del dentista y otros cuentos inéditos (Biblioteca Nueva). La mayoría de estos textos se promocionan con el marbete de “inéditos”… ¿Fue acaso Jardiel un Jordi Sierra i Fabra? ¿Va a acabar teniendo más inéditos que Neil Young y Bolaño juntos? Lo que está claro es que el buen señor tenía que comer, y que las colaboraciones en periódicos y revistas como ABC, Buen Humor (1921-1931) o Nuevo Mundo (1894-1933) resultaban una excelente fuente de publicaciones alimenticias, como ilustran a la perfección los cuentos “El director del Manzanares Herald (Historia de una visita)” o “El crimen del tren corto”, donde se celebra con exclamaciones que el director de un semanario vaya a pagar los artículos “a cuarenta pesetas la línea”.
En esta impresionante labor de recuperación de la obra de nuestro autor está teniendo un papel primordial su nieto Enrique Gallud Jardiel, que está seleccionando, prologando y preparando para la edición muchos de los textos de su abuelo. Hoy me quiero fijar en El hombre que iba a casa del dentista. ¿Motivo? Porque me da la gana (por ejemplo). A lo mejor porque Biblioteca Nueva es una de las editoriales que más ha hecho por reeditar la obra jardielesca y ahora nos sale con este volumen. En su interesante prólogo, Gallud explica que había más de mil relatos inéditos de su abuelo, y que al realizar antologías de ellos en vida, Jardiel dejó fuera muchos, algunos de los que ni siquiera conservaba copia. La calidad literaria parece ser el criterio declarado para incluir los textos en la selección, pero tampoco hay que ser Sherlock Holmes para saber que estas colecciones de inéditos de Jardiel seguirán apareciendo, hasta que el manantial se agote, y no lo veo mal.
Centrándonos en el libro, el humor manda, como era de esperar. La experimentación formal y el vanguardismo están a su servicio, más que al de una búsqueda estética. En ocasiones, la comicidad explota el doble sentido lingüístico, produciendo increíbles ejemplos, como en “El robo del Kangur-Palace”, que empieza diciendo: “Voy a imaginar que mi conciencia es una browning. Voy a descargar mi conciencia.” El absurdo es una constante en todos los textos, apareciendo como una veta de oro que confiere brillantez a los discursos convencionales para subvertir sus reglas y jugar con la mente del lector. Véase el comienzo del cuento “Valeriano, Reveriano y Severiano o Les trois amis de Barcelonne” (cuyo título podría haber firmado Groucho Marx):
“Los tres eran linfáticos, rubios; los tres tenían el cráneo dolicocéfalo; los tres habían cumplido treinta años el día que se recuperó la ciudad de Nador; los tres se peinaban con raya al lado derecho; los tres sostenían las mismas opiniones y los tres adoraban los macarrones a la  genovesa”.
El absurdo situacional también tiene su protagonismo, tal como sucede en el relato que da título al libro, donde una situación difícil pero subsanable desemboca, merced a una férrea lógica interna, en el absurdo más absoluto, emparentado con las mejores pesadillas del siglo XX que nos legaron Kafka, Beckett o Buñuel. Otro ejemplo de esto lo constituye “El balcón alquilado”, que presenta un disparatado retrato de la Semana Santa sevillana. Llama la atención el constante esfuerzo por hacer notar que muchas de las historias son en realidad verídicas (como las de Paco Gandía), mecanismo que las hace aún más graciosas cuanto mayor es el disparate de que dan noticia. Así, “El hombre que iba a casa del dentista” se abre con un recorte de prensa, “Murphy, sus hijos y Wagram” se presenta como “esta verdadera historia”, y “El crimen del tren corto de Guadalajara” lleva por subtítulo “Terrible historia que me contó en Segovia un sordomudo”. Por no hablar de crónicas apócrifas como la imposible “Por qué se desmayó Isabel la Católica”, llena de notas al pie y rectificaciones (ni Vila-Matas, oiga).
A estas alturas de la reseña supongo que no quedará nadie con dudas acerca de mi opinión sobre Enrique Jardiel Poncela y sobre este librito en particular. El libro es breve, pero como contiene treinta y un relatos, resulta muy completo y variado. Y no es caro para lo que ofrece una bonita y cuidada edición. Y ya no digo más para que puedan ir corriendo a comprarlo. Bueno sí: ¡vengan más colecciones como esta! ¡Más madera!
El hombre que iba a casa del dentista y otros cuentos inéditos (Biblioteca Nueva, 2017), de Enrique Jardiel Poncela | 160 páginas | 12,25 euros| Prólogo de Enrique Gallud Jardiel

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