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Perseguir la fiebre

Sin título-1

 

Los estratos

Juan Cárdenas

Periférica, 2013

ISBN: 978-84-92865-72-7

204 páginas

17 €

 

 

 

Carolina León

“El gusto es una cuestión de clase”, se repite intermitentemente en conversaciones. Una amiga, de familia colombiana, me contó hace poco que en Colombia despreciaban en amplias capas a artistas como Totó la Momposina por ser música de negros, étnica, de lo más humilde del país. De un país que desprecia su historia y se inventa el buen gusto acorde con los deseos del que manda: aquí llamado el “diablo”, metáfora de la colonización y el clasismo blancos. De la falacia burguesa del buen gusto va esta novela. Y, como las buenas novelas, no va de eso únicamente.

Y, aunque Juan Cárdenas es colombiano -afincado en Madrid-, todo lo que ponga aquí sobre Los estratos podría contarse de una novela ambientada en cualquier otro lugar. No es que no esté impreso Colombia -sin nombres, sin coordenadas precisas-, es que tanto sus temas como sus argumentos podrían situarse en cualquier país con cierta historia colonial. Y, antes de glosarla más, tengo que decir que no es una novela de alturas -de las que epatan-, es novela de bajuras. Si siguiésemos hablando de clases sociales, diría que es una novela de negros escrita por un blanco. Pero en el nivel de la forma, Los estratos aparenta tener una factura simple, de pretensiones pequeñas, como sin peso o casual. Levantando mínimamente alguna de las capas (de esos estratos) una lectora lista se empieza a regocijar en el “guiso”.

Con su fraseo coordinado, con una prosa sencilla por arriba, con poca -puntual- aparición de exuberancias localistas, nos está enredando y atrapando en una desquiciada aventura en pos de la memoria de uno, y de la memoria de muchos, de una comunidad que fundó un país.

El personaje que conduce la narración, sin nombre, es un tipo de clase acomodada, que necesita organizar un recuerdo infantil, sin forma, que comienza a perseguir o que lo persigue, desde las primeras páginas. Las escenas en las que va desenredando el armazón van configurando, a lo largo de la novela, una especie de ‘road movie’ doméstica: un trayecto sentimental, onírico, que en sus sucesivos avances desentraña nuevas esquirlas del recuerdo. De la zona residencial en la que vive con su mujer, personaje mal definido cargado de ambigüedades, hacia los barrios de fábricas de la ciudad, los galpones, el centro comercial, y al puerto, la selva… hacia la que todo desemboca.

“… he caído en la vieja trampa de la redención de los pecados, los pecados míos o los de mi infancia o los de mi clase, da igual” (55). Cárdenas hace de su personaje una especie de Virgilio descendiendo a los infiernos, encontrándose con gentes del pasado, comparsas de otros mundos, que hacen entrechocar los territorios, las palabras y las visiones. Lo mete en la inauguración de una exposición de un artista que “ha dado un salto cualitativo hacia el arte político” (todo una inmensa broma) y se lo lleva al interior de la selva, en compañía de un detective indio vestido de traje impecable, quien lo conduce como por casualidad hasta los pocos testigos que quedan de aquel episodio de la infancia.

Y el “diablito” del buen gusto, apareciendo y desapareciendo, dejando sentencias, entrechocando clases, burlándose de todos, y sobre todo del narrador. Un narrador que parece estar mal avenido tanto con los consejeros de su empresa como con las personas sencillas, y es vapuleado de un lugar a otro. La biografía, en esta novela, contada como un desclasamiento infinito, sin posible redención. Pero hay algo que “redime”: “y te muestra tu vidita, no con desprecio, sino desde el poder” (278).

La novela es tradicionalmente considerada un producto de la Cultura, la de los salones, las alhajas y condecoraciones. Las canciones de Totó la Momposina -o ponga aquí a su músico local desconocido por el gran público- son “baja cultura”, despreciada por la élite cultural del país que se le cruce, a menos que esté convenientemente domesticada -véase por ejemplo el flamenco ‘light’ desde los años noventa-. Juan Cárdenas elude la contradicción escribiendo desde el complejo de clase, haciendo de ese complejo un pivote central, una marca a la que aferrarse, un rasgo constitutivo. Y escribe también desde la anuencia de que un país -una cultura cualquiera- no se puede construir desde la desmemoria y dando la espalda a quienes lo pusieron en pie, tomando acríticamente los dictados del “diablo” del buen gusto, el vasallo igualador interclasista que habilita para optar al reconocimiento social.

Los estratos es una novela que aparenta una cosa, como un plato cocinado con maíz o garbanzos al gusto del pobre, pero que en verdad es una enorme novela. Como grandes son esos mismos guisos.

admin

Un comentario

  1. Pues he estado apartado de este blog por una pequeño enfermedad pero ya estoy de vuelta y me encuentro con este interesante reseña de otra chica, bienvenida. Como ya sabe soy muy interesado en literatura española, me refiero a escrita en español o castellano, la dizquisicion me es ajena. A Cárdenas no lo conozco ni siquiera como poeta pero de esa editorial sí saqué un libro de biblioteca de Torrejón y es Los pilchiciegos de Fogwill que quiero recomendar también. Me gusta como la critica expone sus reparos sociales a la idiosincrasia burguesa, eso del reconocimietnto y el buen gusto que la burguesia quiere monopolizar cuando es bien sabido que la verdadera cultura siempre nace del pueblo. Justo ahora estoy estudiando los cantares de jarcha y los romances y sé de lo que hablo. Gran Saludo, Dios los bendiga a todos, poetas o no.

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