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¡Por el humor de Dios!


¡Espérame en Siberia, vida mía!

Enrique Jardiel Poncela

Blackie Books, 2011. Colección «Vuelve Jardiel»

ISBN: 978-84-9387-451-3

486 páginas

22 €

José M. López

El humor es transgresión. En la novela, además de utilizarse como contenido, en ocasiones juzgado de trivial, son muchas las veces en las que la comicidad se ha erigido en motor fundamental a la hora de aniquilar las antiguas convenciones narrativas, de dejar el campo de batalla raso, cargado de cadáveres obsoletos, pero preparado así para ser ocupado por otras tendencias más jóvenes, atrevidas e innovadoras. Y si no pensemos en cómo sería la novela hoy día si a un socarrón sacerdote británico no se le hubiera pasado por la cabeza escribir La vida y opiniones del caballero Tristam Shandy. Ya en el ámbito español, no podemos negar que la renovación narrativa que se produjo a finales de los veinte debe mucho a la llamada novela experimental de corte formalista, aquella que cultivaron escritores de la talla de Benjamín Jarnés, Francisco Ayala o Agustín Espinosa. Pero en ocasiones se ha restado importancia al papel que en esta novela de vanguardia tuvo la denominada novela humorística, quizás debido a la “excesiva” tranquilidad con la que vivieron en la época franquista sus principales cultivadores. Autores como Jardiel Poncela o Edgar Neville conocían de primera mano la nueva sintaxis que el séptimo arte venía imponiendo, pues habían trabajado como guionistas en Hollywood. Con esos arneses se lanzaron al abismo de renovar la narrativa en español en aquellos días, faltando bruscamente al respeto a la antiguas formas de contar historias, saltándose todas y cada una de las convenciones que el género exigía hasta el momento.

Ahora Blackie Books nos ofrece en una hermosa edición -aunque no tan valiosa y seria como la de Cátedra que todos conocemos- de otro hito de la novela experimental en letras hispanas. En ¡Espérame en Siberia, vida mía! encontramos una parodia de las novelas de aventuras de corte folletinesco. Jardiel juega aquí con todos y cada uno de los aspectos que cambiaron la novela de los treinta de una manera desternillantemente seria. La historia es conocida, y no puede ser más tronchante: Mario Escarfies, un muchacho adinerado al que le diagnostican un cáncer terminal, decide suicidarse. Tras varios intentos fallidos de acabar con su vida, contrata a una sociedad de asesinos a sueldo para lleven a cabo esa tarea. Pero el joven ricachón se enamora, y ya no desea morir, por lo que se pasa el resto del libro huyendo, a través de Europa, de esta extraña panda de asesinos que él mismo contrató, con la finalidad de encontrarse con su amada en la misma Siberia. Durante este periplo, Jardiel nos deleita con un amplio abanico de recursos humorísticos e insolentes en relación a la seriedad de la adusta novela anterior. Ejemplos de esto serían el humor absurdo y surrealista, la parodia de otros textos y géneros, las ilustraciones, las notas a pie con sentido delirante o la especial relación que se crea con el propio lector, al que se dirige, y al que hasta se le da la palabra, por ejemplo, para quejarse de la demora descriptiva del narrador. Son especialmente apoteósicos ciertos pasajes que han sido reconocidos con el tiempo como cimas del «jardielismo». Podemos citar aquel en el que el presidente de la Unión General de Asesinos sin Trabajo realiza un sentido discurso acerca de la honorabilidad del gremio que representa; o aquel otro en que el protagonista “asesina” a uno de sus perseguidores obligándole, a punta de pistola, ha hacer el amor catorce veces seguidas con una ninfómana dama.

Sin embargo, y a pesar de lo dicho, -aquí viene mi objeción de cada reseña; «hasta a Jardiel le pones pegas«, dirá usted indignado- debo decir que la novela no divierte en todo momento. En muchos fragmentos encontramos un humorismo fácil, plagado de localismos y de chistes basados en ingenuos juegos de palabras. De la misma forma, los pasajes paródicos o burlescos no envejecen bien cuando se basan en tópicos de la época, o en arquetipos pueriles dirigidos al hombre, la mujer, las profesiones o las clases sociales. Este tipo de pecados también salpican parte de la obra dramática del escritor madrileño. El humor es lo que tiene, y es fácil pasar de la universalidad que nos aporta el surrealismo cómico o absurdo a la broma simple de carácter local. Estas malas tentaciones se dan en menor grado en su compañero de trinchera Miguel Mihura, en mi opinión, debido al mayor talento de este. Son pecados leves, en cualquier forma, que se deben, en parte, a que estamos ante géneros -ambos, la novela y la comedia humorísticas- de gran éxito en la época, y a través de los cuales estos autores también tenían que ganarse el pan. Como se suele decir, que los árboles no nos impidan ver el bosque, porque realmente su frondosidad no sería la misma sin obras tan valiosas y disparatadas como esta.

admin

3 comentarios

  1. Muy bien la reseña, gracias por proporcionarnos una brújula. Y muy bien también que si hay ue darle caña a estos popes se la des sin complejos.

  2. Gracias por tu comentario. Creo que, una vez que hemos dejado de arrinconar por motivos extreliterarios a los miembros de esta denominada «otra generación del 27», es hora de que sufran una lectura limpia y crítica. Creo que los hallazgos de Mihura o Jardiel, entre otros, son brutales, pero no todo lo que escribieron ha envejecido bien, la verdad.

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