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Por encima del género

Las tres muertes de Fermín SalvocheaLUIS MANUEL RUIZ | Dice Jesús Cañadas (Cádiz, 1980) que el buen momento que atraviesa la literatura fantástica en nuestro país se debe menos a la marea de autores recién llegados (y en la que él ocuparía un lugar prominente junto a Guillem López, Sofía Rhei o Emilio Bueso, entre otros) que a otra nueva ola, igual de importante o más, la de los lectores. Se ha echado a las librerías una generación sin complejos, que se educó en las aventuras galácticas y las action figures y descree olímpicamente de la distinción entre literatura de calidad y entrada de servicio: es para este libérrimo ejército de nuevos lectores para el que escribirían Cañadas y sus compañeros de armas. El resultado, a lo que parece, está a la altura de sus propósitos. El mismo aire de despreocupación, de ausencia de cortapisas, el mismo gusto por los iconos marginales de nuestro imaginario, encarnados habitualmente en modelos anglosajones pero combinados con ingredientes menos nacionales que castizos, sirve para definir la propia obra del gaditano y las de algunos de sus congéneres. Así lo revela a las claras un sucinto repaso a su bibliografía.
Los nombres muertos (2013) contiene un homenaje a los muchos admiradores de H. P. Lovecraft en forma de una elaborada novela de aventuras con resonancias de pulp clásico y terror de serie B: una sorpresa editorial que dejó a los curiosos con ganas de mucho más. Lo que siguió fue Pronto será de noche (2015), en la mítica Valdemar, en este caso una suerte de distopía ambientada en un embotellamiento masivo con crímenes y sombras de por medio, y que mostraba en su autor cierta tendencia a lo macabro y lo grave que no aparecía del todo en su primer volumen. En este sentido, tal vez Las tres muertes de Fermín Salvochea suponga un punto de contacto entre ambas tendencias. Cañadas afirma que cada vez que se pone a escribir parte de cero y que cada una de sus obras se parece a las otras como un huevo a una castaña (sic), pero no parece difícil leer la última de ellas como un pacto entre la literatura popular más desmelenada que imperaba en el primero de sus éxitos y ese otro tono más pausado y más profundo que asomaba en el segundo: un loable intento de acceder a la mayor cantidad de público posible.
Consciente de que, pese a todo, el fantástico sigue siendo en España un barrio pequeño y mal conectado, el gaditano comienza Las tres muertes en la mejor y más estrecha tradición del realismo: esto es, imitando a Galdós y los paladines del costumbrismo para ofrecer un fresco del Cádiz de principios del siglo XX que se prodiga en la descripción de sus lugares emblemáticos y retrata con precisión ambientes y clases sociales. En realidad, al modo de cierto best-seller anglosajón, la acción discurre en dos tiempos paralelos: de un lado, en el del joven Sebastián, 1907, que junto a una banda de amigotes descalzos que recuerdan inevitablemente a los Goonies o a la pandilla de Stranger Things, recorre la ciudad intrigado por la muerte del legendario alcalde anarquista Fermín Salvochea; de otro, el del padre de Sebastián, Juaíco, un bondadoso borracho que fue barbero personal del propio Salvochea y que emprendió junto a él una sucesión de aventuras no apta para todo tipo de estómagos. Lo que en la diestra mano de Cañadas comienza de modo folclórico y casi anodino (el patio de vecinos, las papas con alcauciles, el limpiabotas, la taberna y el taller de la modista) va deslizándose, después del primer centenar de páginas, hacia territorios fronterizos para terminar del lado más delirante y más a gusto del amante de los géneros. Cuestión en la que no deseo abundar para no inutilizar uno de los efectos mayores de la novela, que, aparte de los recodos de la intriga, es esa gradación sutil, casi entrevista, entre lo que es real y lo que no, lo que parece plausible, histórico o exacto, y lo que bordea directamente el disparate, que también lo hay.
En suma: Jesús Cañadas oferta una originalísima mezcolanza, un muy personal cruce entre lo solemne y lo lúdico, lo nacional y lo foráneo, la literatura de ateneo y la de supermercado, en el intento de ampliar los límites del género y ganar una mayor cantidad de adeptos para una causa que, según él, goza de uno de sus mejores momentos. Aunque quizá el modo óptimo de aproximarse a Las tres muertes de Fermín Salvochea consista precisamente en olvidar esas causas y a esos adeptos para centrarse en lo fundamental: el disfrute de la lectura, de la aventura, del vértigo, sin importar marbetes en las estanterías.
Las tres muertes de Fermín Salvochea (Roca Editorial, 2017), de Jesús Cañadas | 416 páginas | 18,90 euros

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