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Qué odioso era mi kibbutz

Tierra de chacalesILYA U. TOPPER | Hay escritores que escriben una novela, y ya: con esto basta para la inmortalidad (véase Juan Rulfo). Hay otros que se pasan la vida entera escribiendo la misma novela una y otra vez. Con suerte, escriben dos, como mi adorado Juan Marsé (nunca repitió la Muchacha de las bragas de oro: es irrepetible).

Tras leer dos obras de Amos Oz es pronto para juzgar si pertenece a la categoría de los uninovelistas. Lo que sí puedo decir es que el avispero retratado en Quizás en otro lugar (1966) y el del tomo de relatos Tierra de chacales (1962-1965) es el mismo. Coinciden ambientación, tono, lenguaje, tramas. Si usted ha leído uno, ha leído el otro.

En otras palabras, podría simplemente copiar aquí mi crítica de la novela susodicha. Incluyendo la observación respecto al rol de los palestinos (“los árabes”) como “enemigo amorfo, universal, presencia ineludible pero reducida a un cañón de arma, a un blanco al fondo de un cañón de arma, inexistentes como humanos” o respecto al “lenguaje épico, lenguaje hermoso, de altos vuelos”. Porque “aquella generación de escritores israelíes, prácticamente la primera que utilizaba para la literatura el hebreo, tenía como único ejemplo literario la Biblia. Y se nota”. Así nos lo explicó Etgar Keret, y si acaso lo dudaban ustedes, no tienen más que hojear el último relato del tomo que nos ocupa (“En esta mala tierra”).

Pero prefiero copiarle la técnica a José M. López, autor en Estado Crítico, e ir puntuando los relatos uno por uno, para luego sacar la media aritmética. Aunque a diferencia de López, quien juró no volver a a leer a Murakami en su vida, si salía menos de un cinco, sí estoy dispuesto a concederle a Oz algunas oportunidades más: dos libros es poco para juzgar, insisto.

“Tierra de chacales”: aquí tenemos la historia de atracción sexual entre la chavala adolescente y el tipo raro del kibbutz que podría ser su padre (y que para añadirle interés tal vez lo sea de verdad) que ya conocemos de Quizás en otro lugar. Ese tipo de atracción sexual que le parece fascinar a Amos Oz, en la que la chica odia al objeto oscuro de su deseo, o al menos no para de decírselo, sin hacer lo que debería hacer: coger e irse. Lo que no perdono es que la descripción del polvo que echan –incluso la información de que lo echan– se resume en ese salto de renglón que hay entre el final de la frase “…respondió con oleadas de nostalgia” y el inicio de la siguiente: “Después…” (Un 6).

En “Nómadas y víbora” tenemos la misma atracción sexual: la de una chica por un chico que no debería gustarle en absoluto. Solo que esta vez, en lugar de ser un kibbutznik raro que podría ser su padre es algo peor: un nómada árabe, un enemigo. Lo que no perdono es que el polvo que echan –incluso la información de que lo echan– se resume en ese salto de renglón que hay entre el final de la frase “…verdoso, venenoso, y que no dicen nada. Es de noche.” y el inicio de la siguiente: “Y después, el árabe le da la espalda…” Más tarde, ella dirá que fue violación. (Un 4, no por malo sino por copión).

“La inercia del viento”: El niño educado por su padre –que tal vez no lo sea– para el único fin de ser héroe, y que sabe representar su papel hasta el momento de la verdad, cuando muere por un único motivo: porque es cobarde. Brilla aquí en todo su esplendor el mal rollo kibbutzero que Amos Oz sabe retratar con tanta mala leche, y uno se pregunta si el mundo es realmente un gran kibbutz, o si el escritor debería salir a tomar el aire. (Un 4).

“Antes de tiempo”. Otra historia de un padre y un hijo que a ratos parece no serlo. Con mucho buey de por medio, para que no falte el sabor a kibbutz. Qué sería de un libro de cuentos sin ese hilo conductor. Como la palabra “chacales”, que sale en cada uno de los cuentos, como si fuese un tótem. (Un 4).

“El monasterio trapense”. Aquí, en lugar del kibbutz, el microcosmos es un cuartel de reclutas. El enemigo enfrente sigue siendo esa masa amorfa sin más justificación de existencia que la de ser borrado por un ataque en el que los nuestros pueden exhibir todo su heroísmo y todas sus miserias. Ese heroísmo que no es más que testosterona, machismo exagerado. Que es, sospecha uno, lo que sigue motivando hasta hoy el ánimo guerrero de Israel: la ametralladora como prolongación de la polla. Amos Oz desde luego nunca usaría palabras tan vulgares. Pero cómo traza la venganza de los débiles, los que hacen trampa en pugna por los favores sexuales de la compañera que todos desean, lo fácil que resulta atrapar al ganador en la ratonera de su propio prepotencia… eso es de nota alta. (Un 8).

“Fuego extraño”. Aquí no hay kibbutz, pero el sucio juego de ex amantes, ex esposos, y de hijos atrapados en los enredos de sus mayores, parece ser el mismo en Jerusalén que en la granja. También aquí todo será sórdido: el sexo en Amos Oz siempre es un sexo a regañadientes, pero denota maestría el preciso avance de la seducción, como una flecha lenta y envenenada. (Un 7).

“Todos los ríos”. Probablemente le haya pasado de verdad: Toparse con una poeta loca en un café y estar a punto de enamorarse en lo que dura una tarde, antes de salir corriendo, es una experiencia humana. (Un 5).

“Arreglar el mundo”. Otra vez el kibbutz, otra vez el viejo no tan viejo que rumia su soledad, otra vez el sexo sórdido como desencadenante de una tragedia de vodevil. (Un 4).

“Una piedra hueca”. Más kibbutz, más mal rollo, más soledades y más rencor. Pensar que los kibbutz fueron el germen de Israel da miedo, si uno lo piensa (Un 2).

“En esta mala tierra”. El único relato que se cae totalmente de la categoría, porque ocurre un par de milenios antes. Un ejercicio de estilo que consiste en tomar un capítulo del Antiguo Testamento de 1200 palabras (“Jueces, 11: Jefté era un guerrero de Galaad pero era hijo de una prostituta…”), colocarlo en la mesa y darle con el rodillo hasta que se extienda sobre 50 páginas, sin añadirle ningún ingrediente. Conservando hasta el estilo. Y es una pena porque las historias bíblicas, por terroríficas, podrían inspirar a buscarles alguna vuelta de tuerca, en lugar de hacer un simple remedo que se recrea en el lenguaje. (Un 2).

Resultado: un 4,6, exactamente la misma nota que le salió a José M. López, y ya es casualidad. En fin, siempre hay reválida. Nos veremos en la próxima entrega.

Tierra de chacales (Siruela, 2017), de Amos Oz | 276 páginas | 24,95 euros | Traducción de Raquel García Lozano

 

admin

One Comment

  1. Esa feliz coincidencia puede deberse en parte, amigo mío Ilya, a la condescendencia con la que tratamos en ocasiones a ciertos escritores contemporáneos “consagrados”. Un abrazo. Y buena reseña.

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