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Que van a dar en la mar

Cubierta FLUMINAANTONIO RIVERO TARAVILLORafael Suárez Plácido era un solitario que, sin embargo, y como suele suceder en los más sensibles, se abría en cordial comunicación con los que consideraba cercanos, que en su caso coincidían con los que reputaba como maestros. Con José María Conget y José Luis Piquero se abría así en fluida comunicación, abiertas las compuertas de sus confidencias. También les daba a leer lo que escribía. La lectura y consejos de Piquero se notan, sin duda, en el salto cualitativo que va del primer libro de poemas de Suárez Plácido, Bósforo (2008), al segundo y último, Simulacro (2013). Piquero anuncia en esta colección de escritos heterogéneos, Flumina, cuya edición ha preparado, materiales para un tercer libro, compuesto por poemas en prosa y ya póstumo, que verá la luz también en la benemérita La Isla de Siltolá. Porque es el caso que Rafael murió el 31 de mayo de 2015 a los 50 años a causa de una grave enfermedad hepática de la que hay muestras y conatos en estas páginas que, al ocupar los últimos años del poeta, delimitan la antesala de su fin. De algún modo, entre las tapas de este tomito, la pequeña sala de disección, pero no post mortem, sino ante mortem, de su vivir.

No me pareció, por lo que leí, un gran poeta. Menos, “un poeta fascinante”, como lo califica con la excusable benevolencia de la amistad Piquero. Pero sí uno que, de haber dispuesto de tiempo, y aunque empezó a publicar tarde, podría haber hallado su voz; y un atentísimo lector, un degustador de libros ajenos que sabía juzgar en reseñas de gran sensibilidad e inteligencia. De su voracidad lectora, que casi siempre dirigía a los mejores, puedo dar fe: los sábados por la mañana frecuentaba la céntrica y muy surtida librería sevillana que dirigí entre 2000 y 2006, a la que llegaba como un trampero o, mejor, buscador de oro, en busca de víveres literarios desde su casa y destino como profesor de instituto en la sierra de Huelva. Participaba sus hallazgos y, sobre todo, tenía la curiosidad de preguntar, de interesarse por la opinión de uno. Buscaba en su soledad, ya dije, interlocución. Se percibía una historia personal densa, tensa y dolorida para la que las letras sin duda constituían un narcótico.

Cada vez lo vi más retraído, y en los fugaces encuentros callejeros o en presentaciones de libros me pareció cada vez más amargo, vencido por un creciente pesimismo. En los últimos tiempos fue rompiendo con muchas cosas y con muchos. Dos años antes de morir se desvinculó de Estado Crítico, donde había publicado una treintena de reseñas en las que se aprecia la amplitud y el calado de sus lecturas, si bien destaca una línea que se manifiesta a menudo en Flumina: el de la literatura japonesa. En especial le fascinaban la vida y la obra de Osamu Dazai, un suicida reincidente, que destruyó y se autodestruyó y cuya historia se narra aquí no solo en anotaciones sueltas sino en la única reseña de este pequeño volumen, una recensión de Ocho escenas de Tokio en la que hace contrastar muy sabiamente a este autor con Yukio Mishima. Pero también el haiku tiene lugar en el libro, y se rinde justo homenaje a Fernando Rodríguez-Izquierdo (divertida es, sin que sirva de precedente, la anécdota del ordenador de manufactura nipona). Borges, Pound, son otras de las devociones del autor.

Cuatro meses antes de su fallecimiento, Suárez Plácido anunciaba a Piquero que había un libro, mezcla de géneros, del que estaba orgulloso: se trataba de la recolección de textos que había ido publicando en el blog, “no sé si diario o prosas o poemas”. Sacados del ordenador (no sé si también de una marca del país del Sol Naciente), esos comentarios, observaciones e introspecciones han ido a parar a este Flumina en el que, ya que el autor habla en un par de ocasiones del paisaje, se puede decir que él está más volcado hacia (uso el término de Gerard Manley Hopkins) el inscape que el landscape.

El lector hallará aquí juicios interesantes sobre la escritura: “Es fácil escribir un poema y esperar a que se den varias coincidencias improbables: la primera, que alguien lo lea; la segunda, que además de leerlo, lo comprenda; la tercera, pero ya es difícil llegar ahí, que eso que el lector ha comprendido coincida con la verdad que uno quería mostrar.” Y la siguiente entrada, sin fecha, porque el diario carece de ellas: “¿Queremos mostrar la verdad?” La sinceridad, lo que puede ser revelado, la vida interior, el secreto, asoman a no pocos de los asientos de este libro de contabilidad personal de alguien que sabe, o intuye, que está en la fase de balance, y que quisiera dejar de escribir (con una resolución que a diario traiciona) como quien deja de comprar mercaderías para hacer más fácil el inventario y, aún más, entrar en liquidación y bajar cuanto antes y definitivamente la persiana metálica.

Le dan el alta en el hospital y se encierra a escribir. “He escrito en menos de dos meses más de doscientos cincuenta poemas, más que en toda mi vida. En dos meses más que en cuarenta y seis años. La historia de una mentira. La historia de la verdad que me ha llevado a ser quien soy. Mi historia. No sé si tengo fuerzas para leer. No me quedan fuerzas.” Las que tenía las empleó en este compendio agónico.

Otros temas que aborda son la casa, como lugar frío pero también refugio; el cine, sobre el que dejó incisivos comentarios; la memoria insoslayable de La Palma, una suerte de locus amoenus para él, más que isla tabla de náufrago; las glosas a unos estilemas de Pisco Lira; y se refiere a menudo a una misteriosa ella que se confunde con un no menos misterioso . Siempre con la muerte hozando en este libro heterogéneo, y conociendo el desenlace de su autor, no es improcedente afirmar que este Flumina, plural de flumen, río en latín, deja, aunque en ningún momento se declara, una sugerencia connotativa de los juanramonianos “de ríos que se van” y, sobre todo, un dejo de las Coplas manriqueñas donde se dice qué es el mar a donde van a desembocar nuestros ríos; aquí, los del llorado Rafael Suárez Plácido. [Publicado en Turia]

Flumina (la mentira y la poesía) (La Isla de Siltolá, 2016) de Rafael Suárez Plácido | 88 páginas | 10 €

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