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Raro, raro, raro

Lo raro y lo espeluznante - Mark FisherRAFA CASTAÑO | Todo misterio está envuelto en preguntas, y esas preguntas que lo envuelven conforman el propio misterio, de tal forma que, si apartáramos todos los velos, no encontraríamos nada. El misterio es el truco de un ilusionista. Sin esfuerzo el misterio, el verdadero misterio, desnuda y debilita nuestra lógica, nuestra mirada sobre el mundo, nuestro mundo mismo. El misterio muere al encontrar su solución, y es por eso que no hay misterio en las novelas de misterio, o que este es un misterio adulterado. El misterio es un excelente generador de preguntas, y los géneros literarios que mejor lo encarnan -el terror y la ciencia-ficción- son oportunas lentes para observar nuestro mundo de un modo distinto al acostumbrado y cuestionar, así, nuestra vida y las estructuras que creamos y que nos creemos porque, creemos, la alternativa a todo eso es la locura.

De tanto repetirla, la palabra “misterio” empieza a perder, uno a uno, los velos del lenguaje. Ocurre con cualquier vocablo: la repetición lo desgasta como pule el tiempo una roca. Cómo adivinar, a simple vista, de qué roca es esta arena, mezclada por el viento. De esa sensación de pérdida y de los mecanismos que vertebran el terror y la ciencia-ficción habla este libro, que ya en su título enuncia sus dos conceptos centrales: “lo raro” y “lo espeluznante”.

No estropeamos su lectura si explicamos a qué se refiere Mark Fisher con estos términos. “Lo raro es […] aquello que no debería estar allí”, nos anuncia en la página 12. Y a la vuelta de la hoja: “Lo espeluznante está ligado, fundamentalmente, a la naturaleza de lo que provocó la acción”. Dos buenos ejemplos de lo raro y lo espeluznante son, respectivamente, el encuentro de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de disección (Lautréamont dixit) y el monolito de 2001: Una odisea del espacio.

Ya desde el principio uno advierte dos fenómenos. En primer lugar, la enorme influencia de lo freudiano en el pensamiento de Fisher. Por otro lado, la potencia hermenéutica de la pareja de conceptos centrales. Sin embargo, como anverso de la misma moneda, son estas también las principales causas de que este libro, tan interesante en apariencia, termine ofreciendo una lectura incompleta, quebrada.

Vayamos con lo primero. Freud, no hay duda, se ha convertido en una figura popular, y sus pensamientos han traspasado, en muchos casos, el umbral de lo académico, de lo abstruso. No obstante, y quizás debido a esa misma universalización de sus teorías, estas han perdido por el camino todos sus matices y complejidades. Leyendo este libro se comprueba que Fisher dominaba los pormenores de la obra freudiana, y que escribe para un lector iniciado, alguien que sepa, por su cuenta, hollar los caminos que su mano apenas indica. No es mi caso.

Pero la más flagrante de estas promesas incumplidas, del origen de esta lectura demediada, es la aplicación de “lo raro” y “lo espeluznante” a la crítica del capitalismo. Encontramos aquí el segundo fenómeno, la segunda causa de mi decepción, porque a pesar de que estas son las más interesantes reflexiones de este volumen, o al menos las más originales, aparecen tres o cuatro veces (y cuento aquí la mención de la contraportada).

La sensación de ausencia es enorme. En la página 13 dice Fisher: “El capital es, en todos los niveles, una entidad espeluznante: a pesar de surgir de la nada, el capital ejerce más influencia que cualquier entidad supuestamente sustancial”. En la página 79: “Teniendo en cuenta que lo espeluznante es un aspecto clave en el problema de quién o qué realiza la acción, está muy relacionado con las fuerzas que rigen el mundo y nuestras propias vidas. Debería quedar especialmente claro a aquellos que vivimos en un mundo capitalista globalmente interconectado que tales fuerzas no son del todo accesibles a nuestra aprehensión sensorial. Una fuerza como el capital no existe en ningún tipo de sentido sustancial, pero es capaz de provocar efectos de casi cualquier tipo”. Y poco más. Una pena.

Para ser justos, Fisher engarza breves y lúcidos ensayos (algunos más claros e interesantes que otros: destacan los dedicados a Lovecraft, Lynch o Daphne du Maurier) en los que desfilan los nombres de Philip K. Dick, Margaret Atwood, Lem, Tarkovski, Kubrick, Fassbinder, Peter Weir o Christopher Nolan (Fisher defiende a este último: “Parte de la fuerza de Interstellar surge de su disposición a correr el riesgo de parecer ingenua, así como excesiva en términos emocionales y conceptuales”), así como otros no tan conocidos para el público medio lector, de gustos eclécticos, al que humildemente represento: Tim Powers, Christopher Priest, Nigel Kneale, Alan Garner. (Aviso a navegantes: el libro destripa cada una de las obras comentadas.)

Preparando esta reseña, descubrí que Fisher, que estaba trabajando en un libro llamado Comunismo ácido, se suicidó en 2017, y a través de artículos y obituarios me acerqué no sólo a su figura, sino al mundo cultural y filosófico que orbitó en torno a su pensamiento, como el blog K-Pop o su libro más importante, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, editado en español por Caja negra. Ni el blog ni el libro ni su autor significaban nada para mí hace apenas unos días. Quizás, pienso ahora, las carencias de este libro son más bien carencias propias, lecturas, más lecturas pendientes que apuntarme.

En fin, si algo debo a este encontronazo con la vida y obra de alguien tan influyente en tantos círculos es una pregunta: cuántas vidas y obras, ajenas en este momento a nosotros, podrían derrumbar los cimientos sobre los que nos asentamos y engañamos. Cuánto de lo que hay ahí fuera, a millones de años luz, o quizás aquí, dentro de la cabeza y del corazón, es vital, necesario, definitivo, un agua blanca, un aire insólito y nuevo y espeluznante. La promesa, jamás cumplida, que encierra todo misterio.

Lo raro y lo espeluznante (Alpha Decay, 2018), de Mark Fisher | 168 páginas | 17,90 euros | Traducción de Núria Molines

 

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