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Razones para follárselo todo

 

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ALEJANDRO LUQUE | Un libro es un ejemplo aislado, dos sientan una base, con tres tal vez se pueda hablar de tradición incipiente. ¿De qué tradición hablamos? De la de los personajes femeninos que dan rienda suelta a sus deseos más allá del ámbito doméstico. Pero no, no se trata de abordar la figura de la adúltera furtiva y ocasional que hizo fortuna en las películas de destape, sino de mujeres arrastradas por deseos irrefrenables. Deseos que, curiosamente, nunca se analizan a la luz de las humanas debilidades, sino como perversiones, casos clínicos.

Ahí tenemos a la Severine de Belle de jour, la obra maestra de Joseph Kessel, quien no encuentra otro modo de canalizar su pulsión que ingresar como meretriz en un prostíbulo, y a la que encima Buñuel entrega a todo tipo de fantasías humillantes en su adaptación cinematográfica. También a la profesora Erika Kohut en La pianista, de Elfriede Jelinek, igualmente abocada a relaciones sadomasoquistas. En España tuvimos a la algo más moderada Lulú de Almudena Grandes, con su propia deriva transgresiva. Y aquí viene, en un tono lógicamente distinto, la Adèle de En el jardín del ogro, la primera novela de la franco-marroquí Leila Slimani, obra anterior a su celebrada Canción dulce.

La gran aberración de Adéle consiste, básicamente, en acostarse con todo bicho viviente. Parece, pues, alguien cercano a la ninfomanía, aunque para no parecer una simple “ligera de cascos”, como se decía antiguamente, se le añade el factor de cierta inclinación a la violencia. ¿Por qué incurre Slimani en este punto? Por la sencilla razón de que no basta con mostrar el deseo femenino, incluso el más voraz: podría parecernos hasta cierto punto normal en el mundo en que vivimos. No, no basta con acumular cifras récord de amantes, es necesario que sean obesos, sucios, depravados. Sin ellos, no hay bajada a los infiernos, que es de lo que se trata.

Una bajada a los infiernos acentuada por el hecho de que Adéle no sea un ser marginal, todo lo contrario: tiene un marido con posibles, un hijo encantador, tiene su propio trabajo como periodista de temas internacionales –está siguiendo el proceso que desembocará en la primavera árabe tunecina– y con los dos sueldos se pagan un buen techo en un barrio pijo de París. Es una de esas mujeres que, como suele decirse, “lo tiene todo”, y sin embargo es incapaz de quedarse quietecita en casa: necesita propiciar una y otra vez encuentros con señores, conocidos o desconocidos, agradables o desagradables. Y para que nada de ello afecte a su “otra vida”, se agencia un teléfono móvil con el que comunicarse con ellos, sus proveedores de desahogo.

Con el estilo seco, hasta cierto punto frío, que caracterizaba Canción dulce; y con la misma perspectiva omnisciente, si bien muy hábilmente orientada según lo que la autora quiera mostrarnos o dejar a nuestra imaginación, la historia discurre en un clima de tensión progresiva, más afín al thriller que a la novela erótica. De hecho, Slimani cuida mucho el equilibrio de las escenas de cama, de modo que resulten reveladoras a lo justo sin caer en patéticas sobreadjetivaciones.

Me perdonará el lector que no vaya mucho más allá por no chafarle las sorpresas de la lectura, siendo esta, tal vez, la primera crítica que verá la luz sobre su edición española. Ya habrá tiempo de volver sobre esta obra, porque las novelas de Leila Slimani son de digestión lenta, e inagotables en los matices.

Me limitaré, pues, a adelantar que hay aproximaciones más o menos psicoanalíticas a los porqués de la lúbrica conducta de Adéle, y también algún intento de curar a la paciente que nos recuerda lejanamente a La naranja mecánica de Burgess. Porque, y este es un asunto central de la novela desde mi punto de vista, todo el mundo tiene claro que lo de Adéle es patológico. Cualquier donjuán de barrio de la literatura, el cine o la vida real entra dentro de lo concebible, porque lo natural en el varón es el ansia de seducción y el impulso biológico de inseminar indiscriminadamente. Pero a ellas, aunque hayamos terminado tolerándoles la búsqueda y disfrute del placer, las obligamos a usar el cuentagotas bajo amenaza de condena moral y rechazo.

Así, Leila Slimani vuelve a radiografiar la sociedad burguesa europea para cuestionar sus mismos cimientos: la familia, la maternidad, el trabajo que os hará libres. Aunque se sucedan los avances en materia de igualdad en el mundo desarrollado, parece decirnos la escritora, hay todavía muchas sutiles formas de opresión de la feminidad, muchos códigos impositivos, muchas trampas en el camino. Tocar esos puntos es tan delicado como tocar fibras demasiado sensibles, columnas maestras de la estructura social. No es que Slimani quiera demolerlas, no es eso; pero tampoco quiere dejar de señalarlas, que nos fijemos en ellas, que nos preguntemos si las cosas podrían ser de otro modo.

Sí, el comportamiento de la protagonista es sencillamente inadmisible, casi diríamos subversivo. Con él pone en peligro su matrimonio, la estabilidad de su familia, ¡la familia de los demás, sobre todo la de sus conquistas! Nadie a su alrededor concibe que esta mujer que “lo tiene todo” pueda preferir arriesgar cuanto posee a entregarse a las rutinas de un matrimonio que acaso está muerto desde que nació, de esa maternidad que se define como “un amor sin tiempo para sí mismo”, de una vida que la aboca a un vacío insoportable.

“Se imagina –escribe Slimani– a los hombres uno tras otro, introduciendo su verga dentro de su vientre, por detrás por delante, hasta alejar la pena, hasta acallar el miedo que se oculta en el fondo de ella”. ¿Seré yo, a lo Kessel, el único capaz de amar a Adéle y de llorar por ella?

Texto aparecido previamente en M’Sur.

En el jardín del ogro (Cabaret Voltaire, 2019) | Leila Slimani | 228 páginas | 19,95 euros | Traducción de Malika Mbarek 

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