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Relato de un vacío muy lleno

cubierta_nudo_DEF_540xCAROLINA LEÓN | El nudo que ata la maternidad, como experiencia y como tema literario, es uno difícil de desentrañar. Es un aspecto humano que al parecer no compete a la mitad de la población, y de hecho esa mitad, que decide qué es relevante y qué no, suele despreciarlo. Siempre vuelvo a Adrienne Rich, autora que tuvo en gran estima este libro: “Sabemos mucho más acerca del aire que respiramos o de los mares que atravesamos, que acerca de la naturaleza y del significado de la maternidad”. Como experiencia, siempre es una cuestión “de mujeres” y son pocas las veces que sus circunstancias y consecuencias alcanzan la agenda pública. En la literatura, salvo casos puntuales, continúa siendo un tema “de parte”, alejado del canon, producto elegido mayoritariamente por lectoras (que también son mayoría para todo lo demás) y pocas veces aupado a categorías de calidad.

Pero no faltan ejemplos. Ya no. La maternidad era algo que, si aparecía, se contaba desde fuera, desde el lado del hijo (muchas veces despechado), pero hoy estamos rodeados de ejemplos del “dentro”, con toda la diversidad de tonos y estilos. Sea por moda, sea por justicia, las editoriales pusieron en su radar novelas y textos donde la madre no es un “otro” visto desde fuera, sino una voz autorizada, protagonista, centro, que rellena de claroscuros el vacío de la auténtica experiencia maternal y la aleja de estereotipos; en esta “literatura de la maternidad”, a menudo la narración se acerca al tema sin evitar lo contradictorio, lo ambivalente, lo animal (el cuerpo es principio y frontera), lo identitario de la experiencia. No en vano algunos de estos títulos rozan el relato de terror (No, mamá, no, Verity BargateEl hijo cambiado, de Joy Williams, o Canción de cuna, de Leila Slimani…).

Antes de esa ficción sombría (extremadamente interesante), hemos necesitado referentes cotidianos, cercanos, reconocibles. Ahí es donde la aparición de El nudo materno me supuso una excelente noticia. El texto, publicado en los años setenta del siglo pasado y nunca antes traducido, era uno de esos libros “sobre maternidades” que todas queríamos leer. Se trata de una autobiografía de una maternidad particular, neoyorquina, judía, culta, crítica, feminista, con pareja heterosexual, de la segunda mitad del siglo pasado, algo que hoy quizá pueda resultarnos un tanto anticuado… y se trata de un texto que se sale de todos sus límites particulares para convertirse en relato universal.

A veces, cuando la he recomendado en la librería, me sale algo así: “La historia… la historia es la de una mujer que tiene un hijo, bueno, dos, ah… Y su pareja es un hombre de color”, y ahí me río. No hay mucho más, y en verdad es muchísimo más: Jane Lazarre describe minuciosamente en sus páginas el conflicto que aparece en el momento en que va a ser madre. La soledad que se convierte en su principal compañera en el trayecto. Su identidad desgajada entre su impulso como escritora y su dedicación al hijo. El problema de incorporar, y cómo, al padre en la crianza, en el asunto cotidiano de cuidar, en estructuras de vida que cuentan con él como “proveedor”. La “carrera” de una aplazada, la “carrera” de otro remontada. El tránsito desde “ser hija” a ser también madre, y a menudo lo que queda de “hija” en nuestro ser madre. La ambivalencia de las emociones, el abismarse en la soledad de un piso con nadie con quien hablar, la incongruencia del parque de juegos y la sociabilidad obligatoria, el impulso por mantenerse activa (Lazarre quiere volver a militar en el movimiento feminista de su época, y siente una inmensa distancia con aquellas mujeres que no tienen hijos y son doctoras, abogadas y militantes a tiempo completo). Sus intentos de crear entornos más colectivos con otras madres y familias de su barrio neoyorquino (¿nos suena?). Las enseñanzas continuas del amor, de la rendición, de la entrega, que no son ni naturales ni instintivas ni incondicionales, y que van transformando su propio tratamiento del tema, todo su tono narrativo.

“Cuando mi orina dio positivo no fue una desilusión para mí. Solo que no conocía a nadie con hijos, excepto a mi padre, mis tías, mis tíos y sus amigos. Los únicos que eran padres eran los mayores, y yo seguía siendo hija. En ese instante, mi sentido de identidad dio un vuelco. Casi me caigo al suelo al dirigirme hacia el ascensor, y no era cosa de las hormonas (…)” (39). “Hablaba del embarazo al primero que encontraba. Yo siempre había sido una persona muy atenta a los sentimientos de los demás, buscaba la aprobación de todo el mundo, pero ahora no me importaba que mis interlocutores disimularan sus bostezos mientras escuchaban mis peroratas sobre las náuseas, las noches de insomnio o mi ombligo saltón” (49). “Cuando las madres dejan de competir y logran hacerse amigas, es posible llegar a compartir con sinceridad ese tipo de dudas, miedos y autoacusaciones tan propios de las mujeres. Una vez que se dice la verdad, las mujeres conectan entre ellas como los hombres que han servido juntos en el mismo batallón” (205).

Esa es la “historia” de El nudo materno. Poca cosa, pero mucho. La autora logra la muy literaria peripecia de dotar de relato íntimo y sincero una experiencia que se encuentra entre las más normativizadas y estereotipadas del mundo. La transformación completa, en suma, de una identidad, y de su propia voz escritora, en episodios tan auténticos como los juicios racistas que le llegan a su matrimonio mixto, o la muerte de su padre. El nudo de la maternidad es la historia de un vacío anterior, vacío de relato, que va dejando de serlo gracias a testimonios singulares, genuinos, como este. Un libro que también demuestra, por otro lado, que tampoco hemos cambiado tanto en medio siglo.

Tan sólo un “pero”, que no es para el libro en sí: los referentes que necesitamos vienen históricamente provistos por mujeres blancas de clase media, con educación, con acceso a las universidades y a los entornos políticos, en estructuras de pareja heterosexual. Hace falta aún mucha más diversidad para romper, para llenar el vacío. Para desmitificar y entregar nuevos sentidos a la experiencia, con luces y sobre todo sombras, con sus miserias materiales y sus grandes momentos. Libros como este “reclaman” la experiencia, en el sentido que le dio Adrienne Rich a la palabra, para así completar la idea de lo humano, al menos en lo que la literatura pueda hacer.

El nudo materno (Las afueras, 2018), de Jane Lazarre | 272 páginas | 22,95 euros | Prólogo de Carolina del Olmo, traducción de Elena Villallonga

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