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Renunciar a la herencia

Ayanta (1)

ALEJANDRO LUQUE | Hasta no hace mucho, los escritores escarbaban en la Historia tratando de inspirarse en la vida y obra de los grandes hombres –y algunas grandes mujeres– que nos precedieron: reyes, emperatrices, próceres, mártires… De un tiempo a esta parte, sin embargo, los novelistas parecen haber empezado a preguntarse más que nunca si los personajes potentes, los héroes –y las heroínas– no estarían acaso más a mano: incluso, tal vez, en su propia casa.

A este impulso cede Ayanta Barilli, romana de 1969, en la obra que ha supuesto su debut como novelista y su entrada por la puerta grande en el mercado editorial, Un mar violeta oscuro, que quedó finalista del premio Planeta en su última edición. En ella, Barilli hace un repaso de su árbol genealógico a través de cuatro generaciones de mujeres unidas por similares infortunios.

Todo empieza cuando la autora se interroga acerca de un hecho curioso: su incapacidad de recordar a su bisabuelo sino con el nombre de Belcebú. Se propone así tirar del hilo de la historia de Elvira Spagnoli, su bisabuela, de quien alguna vez se oyó decir que era una puta, y de Evaristo, el diabólico esposo de ésta. Claro que el cordel de la memoria no solo trae las respuestas que requerimos. También abre puertas secretas, plantea nuevos enigmas, espolea la curiosidad, desempolva baúles y, a veces también, cajas de pandora.

Por otro lado, Barilli es consciente de que su familia ha tenido siempre la tentación de manipular los recuerdos para prefigurar la imagen precisa que querían dejar a la posteridad. “Piensa, piensa, Ayanta”, se dice. “Pero piensa bien, con el corazón y no con la cabeza, porque ahí están los recuerdos que has olvidado”.

Un retrato antiguo, unos cuadernos autobiográficos escritos por su abuela Angela entre Parma y Padua, titulados Sequenze familiari, son el hueco por el cual se desliza Ayanta Barilli para asomarse a un matrimonio naufragado entre el desprecio de él y la necesidad de amor de ella, que acabará confinándola en un sanatorio mental. Esta historia se va engarzando con la no menos desgraciada de la nonna Angela, que vivió dos guerras, la locura de su madre y la muerte de una hija, y que tampoco fue lo que se dice bien amada por su esposo.

El siguiente eslabón de la cadena es Caterina, la madre de Ayanta, de cuyo romance con el padre de la autora, el escritor Fernando Sánchez Dragó, se hace un relato alegre y dichoso, para regresar a las tinieblas de la mano de una pareja posterior, Pietro, maltratador de libro. La mala elección de sus compañeros de viaje y la enfermedad será el denominador común de todas estas mujeres.

El cuadro se completa, claro está, con la propia escritora, que a lo largo de la narración pone de manifiesto que el fin último de sus pesquisas es aquel consejo tallado en Delfos, conocerse a sí misma. Y lo hará a través de un esfuerzo narrativo que no parece el de una principiante, sino que denota oficio y una sensibilidad muy bien afinada, que huye del exceso de edulcorante sin dejar de guiñar, de vez en cuando y con mesura, al lector más sensiblero.

También escapa bien Barilli del reto que supone hacer un striptease sentimental como este al que ella misma se somete, pues la arqueología familiar acaba siendo un juego de reflejos que confluye en ella. No obstante, no hay un narcisismo evidente en su narración, sino una convincente voluntad de reflexionar acerca del modo en que las mujeres –y también los hombres– heredan, además del color de los ojos y la forma de la nariz, patrones de conducta que no siempre son beneficiosos, pero ante los que también cabe rebelarse.

Publicado en Mercurio

Un mar violeta oscuro (Editorial Planeta, 2018) | Ayanta Barilli | 408 páginas | 21,50 euros

 

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