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Riña de gatos

190308 Tres maneras de inducir un coma

EDUARDO CRUZ ACILLONA | “Sobre agua fui edificada, mis muros de fuego son”, reza un antiguo lema de la ciudad de Madrid. Y en esos ya derruidos muros, de doce metros de altura, se crea la leyenda del soldado que, en el año 1083, los escala con habilidad y presteza para, una vez en lo alto, retirar la bandera árabe que dominaba la ciudad y sustituirla por la cristiana, señal de inicio para que el ejército al que pertenece reconquiste el sitio. Debió ser tal su destreza en la escalada que el propio rey Alfonso VI lo llegó a comparar con un gato. Con el tiempo, ese fue el apelativo por el que se empezó a conocer a los madrileños.

Según el refrán, “dos no pelean si uno no quiere”. Frase categórica que, como todas ellas, contiene una clara excepción en la raza felina. Los gatos tienen una querencia innata a pelearse entre ellos a la más mínima (¿o deberíamos decir “minina”?) Y los gatos de esta novela, los madrileños que la protagonizan, quiero decir, no escapan a la esencia de su naturaleza y entran en fregados de diferente intensidad en cuanto el amor o el desamor asoma por sus gateras.

Arranca la historia con la llamada que recibe Federico, un cuarentón sin oficio ni ganas de tenerlo, a raíz de un anuncio que él mismo pone en prensa, obligado por su madre, buscando un empleo que no desea encontrar. Esa llamada le hace encontrarse con Natalia, una deslumbrante mujer a primera vista, que sospecha que su padre, Joaquín Mendoza, un millonario de asidua presencia en las revistas del corazón, pretende desheredarla. Federico recibe el encargo de averiguar para Natalia si sus sospechas son ciertas.

Hasta el lector menos avisado encontrará en este inicio de novela un celebrado regusto a las mejores novelas de Eduardo Mendoza, donde la intriga, el humor y unos personajes que enganchan desde el principio hacen que la lectura se convierta en una auténtica diversión.

No tardará mucho el lector en descubrir que Natalia, la hija de Joaquín Mendoza, en realidad se llama Eduardo. Sí, Eduardo Mendoza… No es la única referencia literaria que se permite la autora. Más bien, todo lo contrario. Desde el propio Federico, que se autodefine como “…una suerte de Pijoaparte descafeinado y sin gracia” (bendito Juan Marsé y sus Últimas tardes con Teresa) hasta su novia, Loli, que lleva a “Gala” como segundo apellido. (La autora escribió esta novela disfrutando de una beca en la cordobesa Fundación Antonio Gala). Hasta es capaz de colar con la suavidad de un guante y la complicidad de un guiño unos versos de una canción de Joaquín Sabina (“Llevaba medias negras. Bufanda a cuadros. Minifalda azul”) y extractos de la letra del himno oficial del Atleti. Resulta un recomendable juego paralelo a la lectura de la novela el ir descubriendo todas esas referencias, por lo que no daremos más pistas al respecto.

El hecho de que Alba Carballal tenga una formación académica marcada por la carrera de Arquitectura nos permite hacer el guiño fácil a la magnífica estructura que sustenta el argumento de esta historia. Paso a paso y en pequeñas dosis, la autora va introduciendo nuevos elementos a la trama que la hacen avanzar de manera lineal hasta la sorpresa continua del giro inesperado incapaz de resistirse a la sonrisa cómplice. Todos y cada uno de los personajes que se van sumando a la escena tienen su sentido y gozan de una personalidad bien definida. Nada sobra en esta deslumbrante novela que se cierra con una maestría tan sorprendente como para no creerse que estamos ante una autora primeriza en el campo de la narrativa.

La novela rezuma Mendoza por todos lados (y la alumna trata de tú a tú al maestro) pero también sabe a las conjuras de John Kennedy Toole, al lado satírico de Evelyn Waugh y, seguramente, Almodóvar o Álex de la Iglesia matarían por haber firmado personajes como el de Natalia o el de Federico.

Una novela pletórica de aciertos y de imaginación, escrita con diferentes registros, con descaro, desvergüenza y mucho oficio, y en la que merecen mención aparte las citas que abren cada uno de los capítulos. Su inclusión es, sin duda, la mejor tarjeta de visita que nos puede ofrecer: desde el cantautor Ismael Serrano o el protagonista masculino de la serie “Cuéntame” hasta un extracto de la Rayuela de Julio Cortázar, pasando por un artículo de la Constitución Española de 1978, un poema de Antonio Machado, un diálogo del guión de la película Amanece que no es poco de José Luis Cuerda y un misceláneo etcétera.

Les recomiendo encarecidamente que, aunque sea por un momento, se conviertan en gatos y se peleen con quien haga falta por conseguir un ejemplar de estas Tres maneras de inducir un coma. Saldrán victoriosos… y con siete vidas (tantas como personajes principales contiene la novela) De nada.

Tres maneras de inducir un coma (Seix Barral, 2019) | Alba Carballal | 288 pags. | 18€

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