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Romper lo roto

vestido azul

LEONOR RUIZ | Necesito librarme de la inquietud y congoja que me ha provocado la lectura de esta obra. Puede que incluso sea el motivo principal de esta reseña. Que no te dé la vida todo aquello que eres capaz de soportar. Que no se te acumulen las desgracias.

Michèle Desbordes (1940-2006), escritora francesa poco traducida aún al castellano, da forma, a través de un exquisito yo abstracto, al más recóndito interior de Camille Claudel.

Camille (1864-1943), «pequeña y menuda, con aquella belleza de la que todo el mundo hablaba» y Paul Claudel (1868-1955), aquel alma tan parecida a la suya y que tendrá una existencia tan diferente, fueron hermanos. Él sería el único familiar que la visitaría —cada vez más espaciadamente— en los sanatorios en los que fue encerrada de por vida (Cille-Évrard primero, luego Montdevergues). De todas las miserias posibles, Camille padeció una generosa porción.

La compenetración que sentían Camille y Paul en la infancia —y que conservaron después— mitigaba los peligros de una madre dura y fría, sometida a las apariencias. Una vez muerto el padre, envió de inmediato a su hija a un manicomio. Nunca fue a verla.

Las memorias de Paul y Camille van dando cuenta de ese pasado común, de sus almas afines y de «aquella especie de sufrimiento con que contemplaban el mundo». Recuerdan la plenitud de la dicha juntos; a la par, surge entre ellos una distancia cargada de pesar.

Todo hijo herido emprende una huida. Paul se marcha, Camille crea su arte. El hermano parte lejos como cónsul viviendo ella aún en París: a América, a Tokio, a China. Las despedidas dejan profunda huella en Camille. Más adelante, cuando la encierren, el contraste entre el vasto mundo y su reclusión se hará todavía mayor.

A la pasión vivida con Rodin también nos da acceso la novela. «Temibles son el amor y el fervor, el deseo que destruye y que trastorna». La perdición con el maestro llega después de aquello a lo que ninguno de los dos quiso renunciar durante un tiempo. Rilke, de paso por París, elogia la efervescencia de Rodin. Mientras tanto, Camille se aísla en su taller, mendiga sobras de comida a sus vecinos y destruye sus obras. Debussy, que la conoció en casa de Mallarmé y llegó a amarla, conservó su «vals magnífico».

Llega su ingreso psiquiátrico, que durará hasta el final de sus días, «treinta interminables años durante los cuales no vería más que a las otras locas a las que paseaban por aquellos caminos y que de noche gritaban por los corredores y los refectorios».

Pide cuadernos, anota las visitas de Paul y el dolor de su ausencia. Manda cartas a casa pidiendo que la saquen de allí, una súplica nunca escuchada. Cuando siente que no conocerá otra vida que esa, la indefensión se apodera de ella y se sume en el silencio, deja de luchar. Cuanto podía suceder había sucedido. Incluso Paul. Incluso Paul la ha abandonado.

El vestido azul no es para impacientes. Densa, desgarrada, de difícil entrada, exige abrirse paso con lentitud y entereza. Su intensidad no está exenta de ira. Tampoco de empatía y compasión.

La vida normal no es sino un intento de camino recto. En él siguen cabiendo todos los miedos. A veces, te azotan irremediablemente en plena cara. Otras —las peores—, como en el caso de Camille Claudel, se hacen realidad.

El vestido azul (Periférica, 2018) | Michèle Desbordes | 152 páginas | 16,00 euros | Traducción de David Martín Copé.

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